El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 23 Infiltración
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Capítulo 23 Infiltración

Se adentraron en la guarida de los Coyotes Rojos: un refugio mugriento excavado en los márgenes sombríos del subsuelo de Dampus. Unas cuantas teas moribundas, encajadas en soportes corroídos, proyectaban temblores de luz sobre las paredes de piedra rugosa.

Egon ajustó el agarre sobre la empuñadura de su espada. La hoja, al girar, captó un destello fugaz de una llama cercana antes de volver a fundirse con la penumbra.

—Esto apesta —murmuró.

Renek avanzaba unos pasos detrás, con el rostro semienterrado en la bufanda.

Cada inspiración traía consigo una punzada de frío que se filtraba hasta los huesos.

Escudriñaba las paredes, atento a cualquier trampa o sombra disonante.

El crujido de su armadura de cuero, amplificado por el silencio absoluto, se convertía en señal delatora.

Delante de ellos, se desplegaba una red de corredores, pasillos y puertas gastadas. Dar con Kida en aquel enredo confuso sería una tarea ardua y con toda probabilidad mucho más peligrosa de lo que habían anticipado.

En un cruce de pasillos, Egon se asomó y retrocedió con apuro.

Se pegó contra la pared e hizo una señal sutil con la mano.

Deetra se deslizó con la ligereza de un susurro hasta el borde del pasadizo.

Descolgó su arco con cuidado, lo tensó con dedos precisos y apuntó.

El hombre al que tenía en la mira caminaba de espaldas, despreocupado.

Deetra entrecerró un ojo y aguantó la respiración de tal manera que su pecho apenas se movía.

La flecha partió con un zumbido agudo, y el astil se hundió justo bajo el pañuelo del hombre, en la base de la nuca.

La quietud volvió al pasillo. Ya no había vuelta atrás, los Coyotes Rojos no mostrarían piedad si los descubrían.

Avanzaron con cautela, con Egon cojeando por la lesión en su pierna.

A cada lado del corredor se alineaban celdas vacías, oscuras como bocas hambrientas.

En el suelo había marcas de arrastre, señales de que estas celdas no siempre habían estado vacías.

Al fondo, una puerta robusta de madera y hierro destacaba por su solidez.

A través de la ranura inferior, se filtraban risas apagadas y el tintinear de botellas.

Renek miró a Egon. El capitán asintió con gesto serio.

Sin embargo, un detalle le llamó la atención justo antes de llegar a la puerta.

La última celda del pasillo no estaba vacía.

Dos muchachos, harapientos, se acurrucaban uno junto al otro en la penumbra.

Vestían camisetas y pantalones grises manchados y desgarrados, y yacían inmóviles en una esquina, como si quisieran borrarse del mundo en el refugio de sus brazos.

Chistó, en un intento de llamar su atención.

Nada. No respiraban. No se movían. Ni siquiera temblaban.

Habían muerto en aquel rincón, quizás por frío o inanición. O ambas.

No quedaba más remedio que entrar en la sala.

Al empujar la puerta, un hedor a alcohol rancio y tabaco viejo los recibió cual muro invisible.

Tres hombres ocupaban la estancia: dos bebedores corpulentos sentados junto a una mesa maltrecha y un tercero que ordenaba botellas tras un mostrador cochambroso.

Las conversaciones cesaron. Los bebedores se volvieron.

Durante unos segundos, solo reinó el reconocimiento lento.

Les tomó su tiempo pasar de su posado tranquilo a uno de alerta. Luego llegó el enfrentamiento.

Uno de los hombres se levantó con brusquedad y se lanzó hacia Renek blandiendo una daga.

Esquivó el tajo con facilidad. El segundo arrojó su botella, que se estrelló contra la pared.

El tabernero, sin mediar palabra, sacó un garrote del mostrador y se colocó detrás de los dos hombres.

Deetra, desde la entrada, mantenía el arco tensado, pero no tenía un ángulo limpio: los cuerpos en movimiento se interponían, eran una maraña impredecible.

Renek interceptó la siguiente embestida del primer agresor y lo desvió con un quiebro ágil.

Aprovechó el desequilibrio y le hundió la espada en el costado.

El cuero podrido no ofreció resistencia.

El hombre cayó. Sin detenerse, giró justo a tiempo para interceptar al tabernero.

El garrote le impactó en el hombro y le arrancó un gruñido de dolor, pero mantuvo el equilibrio.

Con un golpe ascendente, la hoja encontró la barbilla del enemigo.

Un surtidor de sangre salpicó la madera ennegrecida del mostrador.

Egon logró neutralizar al tercer hombre con más esfuerzo de lo habitual, considerando su estado de embriaguez.

Un puñetazo en el estómago, seguido de otro en la sien, hicieron que el cuerpo cayera sobre la mesa y volcara botellas y jarras, que se hicieron añicos contra el suelo.

Deetra bajó el arco sin haber disparado una sola flecha. Se la veía intranquila.

—Estamos haciendo demasiado ruido. Nos van a matar.

Ambos la miraron, pero no dijeron nada. En vez de eso, dirigieron la vista a los tres cuerpos en el suelo. Ninguno se movía. Ninguno hablaría.

Egon echó un vistazo a su tobillo.

—¿Cómo vas? —preguntó Renek.

Las cejas del capitán subieron y bajaron en un movimiento rápido.

—Voy... —. Escuece, pero no está roto. Puedo continuar.

Renek empujó con lentitud la puerta contigua.

Cedió y reveló una sala más amplia, desordenada, con mesas desperdigadas y sillas desplazadas sin cuidado.

El olor que reinaba allí era el de humedad estancada mezclado con plantas aromáticas, el vano disfraz con el que alguien intentaba cubrir décadas de miseria mediante gestos inútiles.

Una mujer menuda, con un delantal raído y el cabello recogido en un moño deshecho, frotaba sin convicción una de las mesas con un trapo viejo.

Su mirada estaba ausente, y limpiaba con la mecánica de un reflejo automático, desprovista de propósito.

Apenas había entreabierto la puerta cuando una figura emergió cual víbora desde el resguardo detrás de esta.

Un coyote, oculto tras el marco, se abalanzó sobre él, cuchillo en mano, y le clavó la hoja por la espalda.

El acero perforó cuero y carne con un chasquido sordo.

Un relámpago de dolor silencioso recorrió la espalda de Renek desde el omóplato hasta el pecho, robándole el aliento.

—¡Renek! —la voz de Deetra sonó lejana, como si viniera del fondo de un pozo.

Aturdido, se tambaleó hacia el interior de la sala y se apoyó contra una mesa para no desplomarse.

Sus dedos se aferraron al borde con desesperación, las uñas arañaban la madera.

La visión le palpitaba. Vio a la mujer soltar el trapo y cubrirse la boca con manos temblorosas en una mueca de horror.

Detrás de él, se oyó el fragor del acero entrechocando, y luego el golpe seco de un cuerpo cayendo al suelo.

Renek se irguió un poco para buscar a su atacante, intentando comprender si aquello había sido un intento aislado o el principio de una emboscada fatal.

Mas la sala había recuperado su aparente calma. Solo quedaban Deetra, Egon, la mujer y un hombre en el suelo.

Deetra fue quien se acercó primero. Sus manos pequeñas lo ayudaron hasta una silla, donde Renek se dejó caer, sintiendo que el agotamiento comenzaba a reclamar su cuerpo.

La joven desabrochó el cinturón de su espada con rapidez y lo dejó sobre la mesa más próxima.

Sus dedos trabajaron rápido para desabrochar las correas del chaleco de cuero ajustado que llevaba sobre la camisa.

La prenda emitió un crujido cuando logró desprenderla de sus hombros.

Bajo este, la camisa de lino blanco, ahora arrugada y húmeda, estaba pegada a la piel allí donde la sangre había empapado el tejido.

Con su pequeña y rara daga rojiza, Deetra rasgó aún más la tela alrededor de la herida.

Cada corte dejaba al descubierto más de las cicatrices y los músculos tensos de Renek, testigos de batallas pasadas.

Limpió la herida con un líquido acuoso que sacó de un frasco.

Renek apretó los dientes. Luego Deetra se dirigió a la otra sala y, después de unos segundos, volvió con una botella.

Vertió el líquido sobre el hombro del herido, quien cerró los ojos con fuerza y dejó escapar un quejido seco y áspero al sentir el ardor, de esos que nacen desde la columna vertebral y no alcanzan a volverse grito.

—Quieto —ordenó ella, apaciguadora pero rigurosa, mientras enhebraba una aguja—. Esto va a doler más.

Y así fue. Cada puntada era una nueva oleada de agonía. Por suerte, la herida no era larga, medio dedo como mucho, pero se abría justo en un punto traicionero.

—Hay que cerrarla o se te infectará enseguida.

Entretanto, Egon había arrinconado a la mujer contra una de las paredes desconchadas. Ella temblaba, las manos alzadas en un gesto que era tanto súplica como rendición. Sus ojos iban del cadáver del Coyote a la espada, que aún goteaba en la mano de Egon.

—Por favor... —suplicó con voz rota—. Solo soy una esclava. Me obligan a limpiar y a servir.

—Más te vale que eso sea cierto —gruñó Egon—. Porque, si haces algo raro, acabarás como ese de ahí.

—Ya te lo he dicho... no es mi amigo —sollozó ella—. Mi padre le debía dinero a Polvo... y no podía pagarle. Una noche entraron en casa. Mataron a mi padre delante de nosotras... Me llevaron y me vendieron a los Coyotes para saldar la deuda. No sé qué fue de mi madre ni de mi hermana...

—Parece sincera —intervino Renek, que se incorporó con dificultad pese a la protesta de Deetra—. Tranquila. No vamos a hacerte daño. Solo queremos respuestas.

—Pero yo no sé nada... —lloró la mujer—. Soy la esclava de los Coyotes. No me cuentan nada. Me tienen aquí, limpiando, cocinando... Si algo está sucio, me golpean. Si la comida no les gusta, me escupen en la cara. Solo quiero salir de aquí...