El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 22 Con uñas y dientes #3
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Capítulo 22 Con uñas y dientes #3

Una criatura se desprendió de las entrañas de la oscuridad, curvada y abominable, su cuerpo compuesto de extremidades largas y retorcidas que se doblaban en ángulos imposibles.

La piel pálida y translúcida dejaba entrever músculos y tendones, y su cabeza, una calavera alargada coronada por una cresta ósea horizontal, se ladeó mientras los estudiaba.

Sus ojos eran blancos y vidriosos y devolvían la luz de la antorcha como si quisieran expulsarla.

Desplegó sus garras hacia ellos.

—¡Corred! —bramó Egon, que se abrió paso para empujar a Deetra por delante.

Echó a correr tras ellos. Deetra abría paso con la antorcha aún encendida, su respiración agitada, no solo por la herida, sino por el terror.

Detrás, los pasos de la criatura eran erráticos y descompensados, un reptar caótico, y resonaban a lo largo de las paredes en un estruendo viviente.

Parecía que cada una de sus cuatro extremidades obedeciera a una voluntad distinta.

El chillido volvió, más desgarrador aún. La criatura no los perseguía. Los cazaba. Se deslizaba por las paredes y el techo como un insecto de pesadilla.

—¡Por aquí! —gritó Deetra con el pulso disparado mientras giraba hacia una bifurcación.

Doblaron una esquina y entraron en una galería amplia que le resultó algo familiar. El camino se dividía en cinco túneles oscuros, como dedos que brotaban de una mano monstruosa. Podía sentir que las vibraciones en la roca se intensificaban, como si la criatura estuviera en todas partes a la vez.

Sin pensárselo, Deetra corrió hacia uno de los túneles.

Pero sus botas resbalaron en la piedra húmeda y cayó al suelo.

La antorcha rodó unos pies antes de detenerse.

En ese momento, la criatura irrumpió en la galería, erigiéndose en toda su imponente magnitud.

Su silueta lo llenó todo. Medía igual que dos personas una encima de la otra, y cada parte de su cuerpo estaba concebida para desgarrar y quebrar.

Renek levantó a Deetra de un tirón, la empujó hacia el túnel y la siguió.

Corrían sin mirar atrás, jadeando, hasta que se toparon con una estrecha grieta en la roca, tan exigua que a duras penas les permitía continuar.

Deetra descolgó su arco y lo lanzó a través de la abertura.

Se deslizó por ella con esfuerzo y gimió de dolor al arrastrar el brazo por la superficie mineral.

Renek la imitó, y se raspó los hombros y el pecho con las aristas filosas.

El grito de la criatura estalló una vez más, tan próximo que le hizo vibrar los dientes.

—¡Rápido, Egon! —llamó Deetra desde el otro lado.

Renek miró atrás. Escuchó a Egon maldiciendo mientras forcejeaba con el cuerpo entumecido. El ingeniero era más corpulento, y cada palmo a través de la grieta le costaba un esfuerzo titánico.

Las garras de la bestia arañaban la roca, intentando alcanzarlos. Renek se pegó a la pared e introdujo los brazos en la grieta para ayudar a Egon.

Un aullido de dolor atravesó el túnel. La criatura había alcanzado el tobillo de Egon. Este lanzó una maldición, luchando por liberarse, pataleando con furia, pero la bestia tiraba de él hacia atrás con fuerza.

Sin pensarlo, Renek desenvainó la espada. El espacio era demasiado estrecho para maniobrar, pero no necesitaba hacer un gran movimiento. Empuñó el arma con ambas manos y la clavó a través del agujero apuntando a la pata de la criatura.

Sintió cómo la hoja se hundía en carne densa.

El chillido que siguió fue infernal. La bestia soltó a Egon, que se arrastró como pudo a través del hueco y cayó al otro lado.

Renek retiró la espada, cubierta de sangre negruzca y viscosa.

Los alaridos se alejaron con lentitud, reverberando por los túneles con menor intensidad, hasta desvanecerse.

Los tres se alejaron tambaleándose de la grieta, exhaustos.

Renek sentía que sus piernas eran columnas huecas y temblorosas.

Su corazón latía tan fuerte que parecía querer escapar del pecho.

Se dejó caer junto a la pared y se deslizó hasta quedar sentado.

Deetra hizo lo mismo y cayó hombro con hombro, respiraba con dificultad.

Egon se apoyó enfrente, una mano apretando su tobillo ensangrentado.

Cada exhalación regresaba de inmediato, amortiguada.

Estaban en una cavidad estrecha. Cuando su respiración empezó a asentarse, Renek dejó que su frente se elevara con lentitud.

La oscuridad seguía siendo total, pero en la pared opuesta distinguió una débil línea de luz: fina, recta, demasiado regular para ser natural.

Al adaptarse sus pupilas a la penumbra, lo vio. Allí había una puerta.

—Deetra... —murmuró Renek, aún con la voz entrecortada por el esfuerzo—. ¿Sabes dónde estamos?

No podía ver su rostro en la oscuridad, pero el ritmo de su aliento y la curva imperceptible de su tono le hizo imaginar una sonrisa agotada en los labios.

—Bienvenidos... —susurró la joven, que jadeaba— al campamento de los Coyotes Rojos.

Renek sintió una chispa de alivio encenderse dentro de él, breve pero reconfortante. Egon, tumbado en el suelo e intentando calmar su respiración agitada, ni respondió.