Capítulo 22 Con uñas y dientes #2
—Y eso te une a mí también. Donde quiera que vaya Juza, yo iré con él —dijo Deetra con actitud mandona. Luego miró al lagarth—. Casi lo pierdo una vez... No va a volver a suceder, Juza.
El lagarth no dijo nada; bastó el modo en que su presencia se detuvo sobre ella para revelar la hondura de su agradecimiento.
Egon se cruzó de brazos. Suspiró con resignación y movió los ojos como si acabaran de entregarle a un cachorro que no había pedido.
—Me alegra tenerte con nosotros pues, Deetra —dijo Renek.
—Bueno —Deetra chocó y frotó sus manos, recuperando el tono vivaz y resuelto que la caracterizaba—. Queríais colaros en el campamento de los Coyotes Rojos, ¿no? — miró a Renek y a Egon con energía—. ¡Pues vamos a ello!
El grupo emprendió la marcha de regreso, dejando atrás la luz quieta de los luminíferos. Pero, a los pocos pasos, Renek notó que Deetra empezaba a quedarse rezagada. Sus movimientos eran ahora lentos y torpes. El peso de su cuerpo tiraba de ella con fuerza descendente y la hundía hacia el suelo.
Juzaontux se detuvo. Su cola se agitó con un leve chasquido.
Caminó hacia ella y, sin decir nada, la olfateó hasta llegar a su brazo.
Le quitó el vendaje sin que ella se resistiera.
La herida recibida durante el rescate se había inflamado y supuraba.
La piel alrededor estaba violácea, con vetas oscuras que ascendían con lentitud por su antebrazo. La expresión del lagarth se endureció.
—Esto no es una infección corriente —murmuró mientras palpaba el área.
Egon ató cabos.
—Nos topamos con varios infectados de camino a tu celda. Uno de ellos la hirió cuando intentábamos proteger a Renek.
Renek recordó de pronto los viales que había hallado junto al cadáver de aquel nox y los extrajo.
—Encontramos esto en una de las cámaras. ¿Sabes lo que son? Quizás sirvan de algo.
Juzaontux los tomó con sumo cuidado. Temía que el mero tacto pudiera perturbar su contenido.
Alzando uno de los frascos a la altura de los ojos, examinó con atención el líquido grisáceo que se movía con lentitud, denso como la ceniza disuelta en aceite.
Luego, destapó un vial y lo inclinó hasta saborear unas gotas.
Sin decir palabra, se volvió hacia Deetra y le tendió el recipiente.
Deetra obedeció, aunque una mueca amarga le torció los rasgos al primer sorbo. El sabor era de agua de tumba, con un regusto a hierro marchito. Sin embargo, casi de inmediato, el color comenzó a regresar a sus mejillas, y sus labios recuperaron un matiz de su tono natural.
—¿Dónde los encontraste? —preguntó Juzaontux.
—Los llevaban encima un par de centinelas nox. ¿Por qué?
—Saben igual que los brebajes de un viejo conocido de mi tierra. Esto puede ir bien para la gorvosis. Hay que llevarlos al Campamento del Gato. Muchos enfermos llevan semanas sufriendo sin remedio.
Renek analizó la expresión del lagarth, y en ella leyó una resolución que no necesitaba palabras.
—Ve —intervino Deetra, aún débil—. Yo me quedaré con ellos y los guiaré hasta la base de los Coyotes Rojos. Estaremos bien.
Juzaontux escrutó a Renek, quien confirmó el mandato de Deetra. El lagarth se guardó con cuidado los viales restantes.
—Nos veremos en el Campamento del Gato —dijo al fin e hizo un gesto que abarcaba a los tres—. Cuidad bien de ella.
Deetra murmuró una protesta, casi por costumbre, pero no insistió.
Juzaontux le posó la garra en el hombro y le dedicó una mirada grave, bañada de fraternidad, antes de volverse y desaparecer en la oscuridad.
Sus pasos se desvanecieron con rapidez y se llevaron consigo la esperanza de salvación para los enfermos del Campamento del Gato.
Poco a poco, el color regresó al rostro de Deetra, y su respiración se tornó más regular. Renek la ayudó a ponerse en pie. Ella se sacudió el polvo de la ropa, se ajustó la capa y señaló con la antorcha hacia uno de los túneles que se abría frente a ellos.
—Por aquí —indicó—. El campamento de los Coyotes queda a una tramo corto.
La observó mientras caminaba. Sus pasos, aunque aún cautelosos, habían recuperado parte de su agilidad natural.
Durante un buen trecho caminaron sin decir palabra.
El suelo irregular castigaba sus plantas y sus rodillas.
Era la caverna recordándoles que estaban muy lejos de cualquier descanso.
Renek, que cerraba la marcha, sentía cada piedra como una punzada de realidad y ansiaba el momento en que el terreno se suavizara.
Fue Deetra quien rompió el silencio. Se volvió hacia Egon con la antorcha en alto.
—Oye, Egon...
—¿Mmm?
—Sobre lo de antes…
—¿Vamos a tener otra pataleta infantil? Porque de verdad, Deetra, que ahora mismo no estoy de humor.
—¿Pataleta infantil? Oye, chatarrero de la Unión...
—Deetra se detuvo al darse cuenta de que la situación escalaba de nuevo—.
Tienes razón. Lo siento... Yo tampoco estoy ni estaba de humor.
Solo quería pedirte disculpas por mi reacción de antes.
No me gusta que me traten como a una cría, y cada vez que conozco a alguien es lo mismo.
La expresión de Egon se suavizó.
—Gracias, Deetra. Acepta también mis disculpas. No pienso que seas una niña inútil, ni mucho menos. Creo que los dos... —miró a Renek y se corrigió— que los tres estamos al límite por todo lo que está pasando. Pero bueno, sea como sea, no debí descargarlo contigo.
—Cuánta disculpa junta —intervino Renek—. Y yo que pensaba que amenizaríais la excursión con otra pelea —bromeó para quitarle drama a la situación.
Egon ni se inmutó.
—Juzaontux sigue con vida gracias a ti. Renek no ha muerto gracias a ti. Y si ahora nos dirigimos hacia el campamento de los coyotes rojos en lugar de deambular perdidos por túneles asquerosos como pollos sin cabeza es, de nuevo, gracias a ti. No pienso para nada que seas una cría incapaz.
Deetra no respondió enseguida. Pero una sonrisa leve, honesta y casi infantil, se dibujó en sus labios.
Sus ojos brillaron con un orgullo tímido, cálido.
Las palabras de Egon le habían tocado algo profundo, algo que no acostumbraba a mostrar.
Fueron medicina en su interior y desvanecieron por un instante el cansancio acumulado.
En ese gesto se concentró más gratitud de la que podrían haber expresado mil frases.
—¿De verdad piensas eso? —preguntó, sin apartar la vista del camino—. Nadie me había dicho algo así antes. Ni siquiera Juza... Quizás lo piense, pero él es más bien de pocas palabras. En fin. Gracias, Egon.
—No hay de qué. A veces unas cuantas palabras de ánimo hacen más que una venda bien puesta. Sobre todo para los críos.
—¿Para los críos? Mira, vejestorio...
Pero Deetra dejó su frase a medias al caer en el tono burlón de Egon. Se detuvo y se volvió hacia él, que la observaba con una expresión divertida.
—Vale, me la he tragado —admitió, con una mueca que reflejaba resignación y un toque de vergüenza—. Eres muy gracioso. Para ser un abuelo.
Lejos de molestarse, Egon soltó una pequeña risotada y dejó entrever una sonrisa aún más amplia esta vez.
—Queda poco para llegar. Debemos de estar…
Un estruendo grave, como el gruñido de una garganta antinatural mezclado con el reptar de algo pesado contra la roca, interrumpió a Deetra.
El sonido fue un escalofrío vivo que se propagó por las paredes de piedra.
Renek se detuvo en seco y aguzó el oído.
Venía de todas partes y de ninguna a la vez.
—¿Habéis oído eso? —susurró.
Deetra tenía los hombros rígidos.
Un segundo sonido, más cercano: un roce áspero, como garras arañando roca, seguido de una respiración húmeda y pesada. El ruido aumentaba, creciente, y reptaba desde lo profundo de la oscuridad que habían dejado atrás. Renek creyó ver un leve movimiento más allá del alcance de la luz.
La fricción áspera contra la roca se intensificó.
Deetra se pegó a la pared con la mandíbula apretada.
Egon desenvainó su espada. Entonces llegó el chillido.
Una nota disonante que rasgó el aire con violencia, aguda, desquiciante, tan cercana que les vibraron los huesos.
El grito se multiplicó en una cacofonía ensordecedora. Se desplazaba hacia ellos.
Apretó con fuerza la empuñadura de su espada, intentando penetrar la oscuridad con la vista. Los ruidos seguían intensificándose, rodeándolos como si los cercara una multitud de buitres histéricos.
—No deberíamos estar aquí... —murmuró Deetra, su voz apenas un aliento.
Silencio absoluto.
Y, de pronto, el mundo se quebró en un rugido.