El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 22 Con uñas y dientes
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Capítulo 22 Con uñas y dientes

El eco del rugido se propagó por el túnel cual lamento atrapado en la piedra y reverberó entre las paredes húmedas y gastadas. Deetra se volvió hacia Renek, los ojos grandes y encendidos por la urgencia, el rostro tenso bajo la semipenumbra que los envolvía.

—¡Tenemos que darnos prisa! —exclamó mientras rebuscaba en su bolsa raída.

Sacó un pequeño estuche de cuero. Lo abrió y este reveló un juego de ganzúas forjadas a partir de viejas horquillas y fragmentos de metal.

Se arrodilló ante la reja y comenzó a trabajar sobre la cerradura oxidada.

Sus dedos, aunque entorpecidos por la premura, se movían con la firmeza de quien ha pasado más tiempo forzando cerraduras que abriéndolas con llave.

Egon se volvía a menudo para asegurarse de que nada ni nadie los pillaba desprevenidos.

Renek observaba a Deetra, la concentración furiosa que bailaba entre sus cejas.

Tras unos segundos de forcejeo, la cerradura cedió con un chasquido.

La reja se abrió con un chirrido largo que atravesó todo el túnel.

Deetra fue la primera en cruzarla. Al doblar el túnel, sus pasos los condujeron a una estancia que a ellos les robó el aliento.

El espacio se abría en una cámara hundida en la roca viva, una cámara subterránea que, más que tallada, surgía como revelada, como si siempre hubiera estado allí, esperando.

Sus muros estaban cubiertos de inscripciones olvidadas.

Resultaban antiguas y deliberadamente ajenas para aquellos poco dados a supersticiones.

No obstante, atrajeron la mirada de Renek casi sin que se diera cuenta.

Eran fragmentos de una historia que nadie vivo recordaba, trazados en piedra surcada por grietas como venas secas.

Entre ellas asomaban relieves erosionados que sugerían procesiones, figuras humanoides y bestias de contorno serpenteante.

En el centro de la estancia, una gran estalactita colgaba del techo abovedado, de forma redondeada y con orificios ovalados cubiertos de una especie de resina translúcida.

De ella brotaba una luz entre verdosa y amarillenta, pálida pero constante, que descendía en línea recta sobre una estructura en el centro de la sala, como si el cielo nocturno hubiera depositado allí una fracción de estrella.

La estructura era un bloque macizo de piedra antigua, de base ancha y bordes suavizados por siglos de roce, que evocaba la forma de un altar.

Su superficie estaba surcada de hendiduras y rebordes pensados para sostener un objeto de importancia.

El pedestal conservaba cicatrices de uso: arañazos, marcas y restos de inscripciones que el tiempo había desgastado, pero no borrado del todo.

Desde su perímetro nacían diez pasarelas radiales.

Renek, Egon y Deetra se encontraban en una de ellas.

Las paredes de la estancia, elevadas en anillos concéntricos, albergaban asientos vacíos tallados en la roca.

Algunos pasajes entre los anillos estaban colapsados; otros, taponados con escombros.

Uno de los asientos destacaba por su tamaño y posición: un asiento prominente con líneas talladas que irradiaban hacia el centro.

Dos decenas de codos por debajo, el suelo de la cámara yacía cubierto de polvo, bloques caídos y columnas rotas.

Mas no era un lugar muerto. Era un vestigio, un recordatorio de una era que alguna vez había estado llena de significado y propósito, pero que ahora solo era la madriguera de una banda de delincuentes.

El grupo cruzó el puente con cautela. Para su sorpresa, nadie vigilaba aquel lugar. Renek contempló la estalactita y su aliento se detuvo un instante. No era un cristal lo que brillaba

—¿De dónde sale esa luz? —preguntó Egon.

—Brilláridos —respondió Deetra—. Emiten esa luz para atraer bichitos más pequeños y comérselos.

El esplendor de aquella protuberáncia calcárea disminuyó, solo para volverse inmediatamente más intenso con el movimiento de millares de insectos aglutinados en torno a ella.

—¿En serio eso son brilláridos? Parece una colmena —añadió Egon.

—Será mejor que no los molestemos. Pueden ser peligrosos en enjambre. Su cola está muy caliente y pueden dejarte la piel igual que cuero quemado.

Un nuevo bramido hendió el aire, más cercano y cargado de furia. Un mismo pensamiento corrió del uno al otro y reflejó la tensión en ambos. Deetra galopó hacia el sonido, que provenía de una de las puertas laterales. Era Juzaontux.

—¡Aguanta, Juza! ¡Ya voy! —gritó mientras manipulaba la cerradura, que opuso más resistencia que la anterior.

Renek se colocó pegado a ella, listo para actuar si algo salía mal. Al final, el cerrojo cedió y la puerta se abrió de par en par.

Dos pequeñas luces amarillo abejorro flotaban en la oscuridad como dos esferas primordiales de un brillo depredador. De la sombra emergió una silueta alta y escamosa, encorvada bajo el techo de la celda, obligada a plegar sus hombros enormes.

Juzaontux.

Sus escamas lucían apagadas, con los cuernos rozando la techumbre. Su cuerpo mostraba señales de violencia reciente, aunque en su mirada ardía una resolución indomable.

—¡Juza!

Deetra se abalanzó sobre él en un cálido y sentido abrazo. El lagarth la envolvió contra sí. A su lado, ella se reducía a la figura de una niña, pequeña y frágil.

—Gracias, Deetra.

—No pensabas que me iba a olvidar de ti, ¿verdad, Juza? —replicó ella, con una sonrisa entre granuja y afectuosa.

Este le acarició el vendaje.

—¿Qué te ha pasado? ¿Y quiénes te acompañan?

—No es nada. Estos son mis nuevos amigos. Sin su ayuda, jamás habría llegado hasta ti.

—Nos vimos en la taberna de Nit. Encantado de conocerte, Juzaontux. Soy Renek.

El lagarth lo observó con intensidad, calibrando lo que se esconde más allá de las palabras.

—No percibo inseguridad en tu voz. Me impresiona. No parece la primera vez que cruzas mirada con un lagarth. ¿Lo es? —preguntó Juzaontux.

—Sí que lo es, que yo recuerde.

Juzaontux prolongó su observación unos segundos más.

—Me has salvado la vida. Quién sabe qué me hubieran hecho si llegan a venderme a la Telaraña —el lagarth se volvió hacia su compañera y extendió la mano—. Deetra...

Ella lo miró con desconcierto, inclinando apenas la cabeza.

—¿Estás seguro, Juza? Es algo muy gordo.

Una chispa de incomprensión viajó entre Renek y Egon, incapaces de entender del todo lo que ocurría.

—Estoy seguro, Deetra.

De una funda oculta a lo largo de su muslo extrajo una daga singular, de metal oscuro con un brillo rojizo. La hoja estaba tallada de manera asimétrica y con un solo filo. Se la ofreció.

La tomó con reverencia.

—Aunque no tengamos fama de ello, los lagarth honramos el coraje y la virtud.

Desde hace generaciones se nos caza, se nos esclaviza, se nos reduce a fuerza bruta encadenada.

Eso el que tiene la suerte de no ser degollado de primeras para convertirse en trofeo de algún cazador, o ser despojado de sus cuernos y escamas...

Y sé lo que me esperaba a mí si llegaban a venderme a la Telaraña.

Su voz creció en gravedad, y cada palabra resonaba con una dignidad incorruptible.

—Desde que acabó la guerra, no han sido pocos los grupos de individuos de carne blanda como vosotros que se han adentrado en los desiertos de Dacra para esclavizar a mi gente.

Para ellos somos animales, salvajes e impredecibles...

—Juzaontux alzó los brazos en horizontal, con la hoja de la daga encerrada en su puño izquierdo—.

Cuando me capturaron, pensaba que me pasaría la vida picando piedra para algún déspota hasta perder el aliento.

Pero tú me has librado de ese destino. Por ello, yo, Juzaontux de Stitsumijsh —dijo esa palabra en una lengua ajena, con largos siseos y consonantes fricativas—, por mi sangre y por mi honor, juro con ello lealtad eterna a Renek...

Hizo una pausa. Sus ojos, gualdos y fieros, buscaron los de Renek. Deetra también lo miró, esperando. Renek les devolvió la mirada, confuso.

—Renek, sin más —dijo él, que se encogió de hombros.

—Juro lealtad eterna a Renek de Sinmás.

Juzaontux sostuvo la daga en alto con ritualidad, que brilló con un destello rojizo bajo la luz temblorosa de los brilláridos.

Luego presionó el filo contra su propia palma con una firmeza ceremonial.

La hoja cortó con facilidad la carne escamosa y sangre manó de la herida como tinta recién derramada.

Renek no se movió cuando el lagarth se acercó.

Las gotas de sangre marcaban su avance. Juzaontux irguió la zarpa ensangrentada y la posó sobre el hombro derecho de Renek.

La tela se empapó al instante, pero Renek no retrocedió.

Soportó sin desvío aquel contacto. A pesar de lo bizarro de la situación, una extraña calma lo invadió.

No sentía miedo ni repulsión, solo la sensación honda de que estaba teniendo lugar un hecho trascendental.

—Vaya... —murmuró Deetra—. Juza te acaba de entregar su sangre. ¿Sabes lo que eso significa?

—¿Que ahora tendré un guardaespaldas escamoso siguiéndome a todas partes? —bromeó Renek.

A Deetra no le hizo gracia el comentario. Juzaontux ni se inmutó.

—No deberías tomártelo a la ligera —dijo ella con firmeza—.

Entre los lagarth, un juramento de sangre es sagrado.

Significa que Juza estará contigo hasta el final.

Pase lo que pase. Donde tú vayas, él irá.

Donde tú luches, él luchará. Cuando mueras...

velará por tu alma hasta que cruce al otro lado.

—Y que todos los aquí presentes lo atestigüen —añadió Juzaontux con solemnidad—. Hasta el último día de tu existencia, velaré por ti, Renek de Sinmás.

—Renek, solo Renek —repitió este.

—Renek, entonces. Mi juramento será tan eterno como las estrellas del firmamento.

Renek marcó una escueta reverencia con la cabeza en señal de reconocimiento de la magnitud del gesto.

—Es un honor para mí aceptar tu juramento, Juza.