El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 21 Proteger el cargamento #2
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Capítulo 21 Proteger el cargamento #2

Su hoja trazó un arco amplio contra dos de los asaltantes.

Ambos esquivaron el ataque con la agilidad propia de quienes han vivido entre espinas.

El más alto contraatacó con un tajo lateral; Malgo lo interceptó, pero el impacto reverberó desde el antebrazo hasta el hombro.

El segundo librarkano intentó flanquearlo, pero Malgo se volvió con rapidez y logró evitar que este tomara una posición ventajosa sobre él.

Recordó, a medias, las lecciones sobre el estilo de combate de los librarkanos: eficiencia de movimientos, exactitud en sus golpes, determinación...

Todo ello nacido de años de formación, escaramuzas y su filosofía de «o comes o te comen».

Los soldados hiclariotas acudieron a la refriega. Trazaban estocadas rápidas, sin romper la formación. Detrás, los comerciantes se protegían como podían, arrastrando a Torben y Dorlin entre los carros.

Un segundo ataque se aproximó. Malgo esquivó por poco y devolvió una estocada fulminante.

Sintió la resistencia de la carne: la hoja se hundió en el costado del librarkano más bajo, que dio un último aliento entrecortado antes de caer sin fuerzas.

No hubo tiempo para saborear la victoria: otro librarkano redobló la ofensiva con golpes implacables.

La presión crecía. Malgo apenas podía seguir el ritmo. Bloqueaba y rechazaba a duras penas, pero sentía que el margen de error se estrechaba. Un segundo enemigo se sumó al asalto. Coordinados, los dos lo obligaron a retroceder, paso a paso, hasta que el barro le traicionó.

Resbaló.

Cayó de espaldas, y el golpe seco le sacó el aliento.

Trató de moverse, pero una bota pesada se plantó sobre su pecho y lo inmovilizó.

Alzó la mirada.

La silueta del enemigo recortada contra la maraña verde, la hoja elevada, lista para el golpe final. Todo sonido pareció desvanecerse, salvo el latido furioso de su propio corazón, que era un tambor de guerra en sus oídos.

El silbido cortante de una hoja desgarró el aire.

Un estrépito áspero, un quejido de acero. Y luego un grito desgarrador que devolvió a Malgo al presente. La presión sobre su pecho desapareció. El librarkano se desplomó a un lado con la garganta abierta. Un combatiente se impuso de pie junto a él.

Guldan, con el semblante pétreo, había desviado el ataque y derribado al enemigo con una fluidez extraordinaria y un golpe certero, un tajo limpio que no dejó margen para réplica.

Se volvió hacia él; sus ojos fuertes como los árboles albergaban un aplomo que calmaba el pulso, una hoguera en el centro de la tempestad, encendida solo para los suyos.

Otro paso calculado. Otra estocada. Y otro enemigo menos.

Su espada parecía moverse por voluntad propia, guiada por una mente entrenada para el combate como una tormenta se forma en los cielos: inevitable, despiadada, precisa.

Allí, bajo el dosel de los árboles, Malgo comprendió que su hermano ya no era un mero aprendiz.

Era todo un guerrero, un espectro de la batalla, implacable, con una destreza imposible de ignorar.

Parpadeó y acto seguido se incorporó con esfuerzo.

El zumbido de la lucha aún lo envolvía, pero ahora el ritmo había cambiado.

Guldan era el centro de aquella danza bélica, y todo giraba a su alrededor.

Aloy, uno de los soldados hiclariotas, resistía con fiereza frente a los carros junto a su hermano, mientras Cephas defendía a los comerciantes. La línea se mantenía.

Desde su posición, Malgo vio como uno de los asaltantes se lanzaba sobre Dorlin, que intentaba con desesperación arrastrarse bajo los carros en busca de refugio.

Sin pensarlo dos veces, apretó los dedos en torno a la empuñadura de su espada, listo para intervenir.

Pero, antes de que pudiera dar un paso, un sonido seco y vibrante captó su atención de súbito.

Una saeta se clavó en el hombro del atacante, cerca del corazón, y lo hizo tambalearse hacia atrás.

Al otro lado, Cephas recargaba a toda prisa su ballesta para prepararse para el siguiente disparo.

Guldan no había dejado de moverse. Se coordinaba con Aloy con gestos breves y eficaces, señalaba, avanzaba, replegaba. Frente a ellos, los últimos agresores vacilaron. El fuego ofensivo de la emboscada se apagaba.

El líder de los asaltantes gritó en su lengua natal y los atacantes restantes comenzaron a replegarse hacia el bosque. Malgo contuvo el impulso de perseguirlos. Lo deseaba, pero sabía que sería una insensatez abandonar la protección del grupo.

—¡Recordaremos este robo! —vociferó uno de los librarkanos, que se desvaneció entre los árboles—. ¡Librark no olvida!

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, una promesa envenenada. Cuando el último de los agresores desapareció entre la maleza, Malgo no pudo evitar que el resentimiento lo perforara de forma fugaz. Una vez más, había necesitado que su hermano mayor lo salvara. No había estado a la altura.

Los comerciantes, aún temblorosos, se apresuraron a socorrer a sus compañeros. Los dos soldados hiclariotas peinaban los flancos, atentos a cualquier nuevo movimiento entre los árboles.

Malgo, sin embargo, permanecía inmóvil. Sabía que debía ayudar, pero sus pies estaban anclados a la tierra húmeda, y sus manos, inservibles. El fracaso le apretaba el pecho con fuerza. Aquella bota librarkana aún pesaba sobre él.

—Necesitamos movernos —dijo Guldan—. Podrían volver con refuerzos.

Fue incapaz de mirarle a los ojos. Los músculos le dolían por el esfuerzo, pero más hondo era el dolor que le devoraba por dentro.

Caminó hasta donde Tarn pastaba con inquietud, le acarició la crin con movimientos automáticos y montó sin una palabra, como si el lomo del caballo pudiera sostener también la carga de su vergüenza.

Volvía una y otra vez a aquel instante congelado bajo la bota enemiga, a la certeza de la muerte acercándose.

Y volvía, también, a la imagen de Guldan salvándole la vida con la misma facilidad con la que otros despachan una mosca.

Le invadieron la rabia y la vergüenza, que le recordaban que aún le quedaba mucho camino por recorrer para considerarse un arconte.

Y, lo que era peor, aún le quedaba mucho camino para estar a la altura de las expectativas de su padre.

—Torben está muy mal —dijo uno de los comerciantes con nerviosismo. Se había arrodillado junto al carro y sostenía el torso del veterano con la ayuda de Piltrim—. Pierde mucha sangre.

Guldan se acercó de inmediato, rodilla en tierra.

Malgo lo siguió. Torben tenía la piel cenicienta, los labios resecos, los ojos vidriosos.

El vaivén de su pecho era irregular, como el parpadeo de una vela a punto de extinguirse.

La flecha seguía clavada en su costado izquierdo.

Su hermano palpó la herida con manos firmes y una calma casi quirúrgica.

Su mirada examinaba con precisión. Había sangre en la cavidad torácica, la suficiente para ahogar los pulmones.

—Le ha atravesado el pulmón izquierdo —diagnosticó con voz grave—. Está llenándose de sangre por dentro.

—¿¡No podéis hacer nada!? —preguntó uno de los comerciantes.

A Torben le dio un ataque de tos, acompañado de un borboteo húmedo, viscoso, cargado de un dolor que sacudía incluso al que lo oía. Todos se inclinaron por instinto, como si acercarse pudiera servir de algo.

—¿Qué dice? —preguntó Piltrim, mientras sujetaba el sombrero con manos temblorosas.

Guldan acercó la oreja a Torben, casi tocaba sus labios.

—Mi... esposa... —musitó el herido—. Amo... a mi esposa... A mi pequeña... quiero ver a mi pequeña...

Y entonces cerró los ojos.

No volvió a abrirlos.