El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 21 Proteger el cargamento
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Capítulo 21 Proteger el cargamento

Supervisaba el proceso de carga y contaba cada barra de acero que los comerciantes subían a los carros, uno tras otro, en una coreografía repetitiva y casi somnolienta.

Mientras sus ojos seguían el vaivén de los brazos cansados que trasladaban las barras, su mente viajaba muy lejos, hacia Illenard, imaginando el recibimiento: los saludos de camaradas, el apretón de manos de su padre…

Cephas, uno de los dos soldados que los acompañaban, se le acercó y desplegó un mapa.

—La ruta más segura nos lleva de nuevo por el bosque de Lec —dijo mientras señalaba con el índice una línea delgada—. Es más larga, pero no tan expuesta. Mejor evitar el valle.

Malgo aceptó la recomendación, aunque su atención ya se deslizaba hacia el último carro, que recibía las últimas barras. Tiró de las riendas para dirigir a Tarn hacia su hermano.

—¿Qué haremos cuando lleguemos? —preguntó, con tono entre curioso y ansioso—. ¿Crees que padre nos asignará otra misión?

Guldan lo miró de reojo, sin detener el avance de su montura.

—Piensa primero en volver. Lo que venga después ya llegará.

La caravana partió. Las murallas de Kamarga quedaron cada vez más lejanas, engullidas por la polvareda.

Pasaron junto a verdes praderas, con algunas casas dispersas aquí y allá.

El viento peinaba la hierba alta con dedos invisibles.

El estruendo apagado de la ciudad se deshacía a sus espaldas, sustituido por el silencio amable del campo.

A medida que avanzaban, el paisaje mutaba. Las llanuras se ondulaban en colinas suaves y, más adelante, comenzaban a brotar los primeros árboles del bosque de Lec, vigías mudos de un umbral verde y sombrío.

Algo le hizo tensar el cuello. A la derecha del camino, frente a una granja solitaria, tres hombres.

No se movían. Dos de ellos cruzaban los brazos; el tercero descansaba una mano sobre el lomo de una mula.

No hablaban. Solo observaban el tránsito de la caravana.

Aflojó las riendas apenas un poco, para que su caballo redujera el paso, y mantuvo la vigilancia concentrada en los desconocidos.

Los hombres no se removieron un pelo, pero su mirada inalterable causó angustia en el joven aprendiz de arconte.

Los comerciantes también los habían visto. Una orden muda recorrió la columna y la charla de la comitiva cesó de golpe. Algunos comerciantes volvieron la cabeza sin disimulo, otros fingieron que no los habían notado.

Acercó su montura a la de su hermano.

—Guldan…

El mayor no lo miró. Permanecía encarado hacia delante, firme y sereno. Pero subió el tono lo justo para hacerse oír:

—No os preocupéis. Mantened el paso firme. Estamos preparados para cualquier eventualidad.

Luego, sin brusquedad, apoyó la mano en el pomo de su espada. Un gesto simple, casi natural, pero que infundió una oleada de seguridad entre los suyos. Malgo lo imitó, y sintió el cuero del mango bajo sus dedos sudados.

—Quédate cerca —añadió Guldan, esta vez en un murmullo solo para él.

Los comerciantes empezaron a reagruparse y acercaron sus carros, lo que reforzó el conjunto como si el mero hecho de estar más próximos ofreciera protección.

Los primeros árboles se erguían ya a ambos lados del camino, la sombra bajo sus copas se espesaba, y con ella crecía una incómoda sensación de alerta.

Echó un último vistazo hacia la granja. Los campesinos seguían allí, inmóviles, petrificados en la torpeza de esculturas mal talladas. No hacían ademán de acercarse, pero tampoco se marchaban. Los dos soldados que cerraban la retaguardia intercambiaron una mirada tácita.

Ya dentro del bosque, Malgo cabalgaba junto al primer carro, aferrado a la espesura que se cerraba a ambos lados del sendero con todos los sentidos.

Cada rumor entre las ramas, cada hoja que se agitaba al paso del viento, retumbaba con una intensidad desproporcionada.

Daba la sensación de que el bosque respiraba a su alrededor.

En esa calma suspendida, todo cobraba un significado.

Respiró hondo, evocando las palabras que Guldan solía repetir durante las sesiones de instrucción: «La disciplina es lo único que separa a un soldado del caos».

Intentó adoptar su misma postura: espalda erguida, mentón alzado, los sentidos atentos, pero no tensos.

En situaciones así, admiraba en su hermano esa serenidad natural que parecía impermeable a la incertidumbre.

Y ahora, tratando de imitarla, comprendía por qué era tan difícil sostenerla, y por qué tanto él como sus instructores eran tan insistentes al respecto.

—¡Señor! —gritó Torben desde su asiento en el carro—. ¿Sabéis por qué los librarkanos nunca ganan una guerra?

Hizo una pausa dramática y luego remató:

—¡Porque cuando oyen el cuerno de batalla creen que es el inicio de una subasta!

La carcajada ronca del comerciante rebotó entre los troncos. Varios de los demás rieron con alegría. A Guldan se le escapó una risa corta y Malgo sonrió de forma tímida. Dorlin añadió a la broma:

—En lugar de cargar, empiezan a pujar por quién se lleva las mejores posiciones del frente.

—Y, si por milagro cargan, lo hacen con contratos de deuda —añadió Torben, y volvió a estallar en carcajadas.

Pero, tras aquel breve estallido de humor, el silencio regresó. Hasta el canto de los pájaros cesó. El camino, ahora más estrecho y umbrío, obligaba a la caravana a moverse en formación compacta. Las ruedas se hundían en la tierra blanda, dejando tras de sí un surco oscuro.

Un crujido en la frondosidad disparó su alterta. Luego otro, en el lado opuesto. Se arrimó a su hermano.

—Guldan…

Este levantó el puño. El grupo se detuvo. Su hermano desmontó con un movimiento suave. Sus botas se posaron en el suelo como si temiera despertarlo. Examinó los árboles que flanqueaban el sendero y rastreó entre las sombras del follaje.

—Algo no va bien —murmuró Torben desde lo alto de su carro.

Un zumbido cortó el aire con un silbido agudo. Una ráfaga de flechas emergió de entre los matorrales como una bandada de avispas rabiosas. Guldan giró justo a tiempo para ver una flecha pasar a dos dedos de su rostro.

—¡A cubierto! —rugió mientras se lanzaba a la cuneta.

El caballo de Malgo relinchó con violencia, encabritado sobre las patas traseras.

—¡Tarn! —gritó, aferrado a las riendas del animal, que giraba enloquecido.

Logró recuperar el control con esfuerzo y, cuando miró abajo, el caos ya lo envolvía. Dorlin yacía en el suelo gimoteando, con el hombro atravesado por una flecha. Torben, inclinado sobre las riendas, tenía una flecha clavada en el costado. Su aliento era débil, entrecortado.

Los caballos protestaban mientras corcoveaban desbocados. Los comerciantes forcejeaban con las bestias para buscar protección tras los carros.

—¡Malgo! ¡Al frente! —gritó Guldan mientras señalaba con la espada a los atacantes que emergían de los árboles.

Hombres con ropajes de caza y armas cortas surgieron entre los troncos. Arcos, cuchillos, espadas burdas. Se deslizaban por el bosque con la soltura de quien conoce el terreno. Desenvainó su espada y contó para sus adentros. Nueve hombres, tal vez más, los rodeaban.

—Ese acero no os pertenece —gruñó uno de ellos—. Devolvedlo o sufriréis las consecuencias.

Guldan, que se había colocado frente al primer carro junto a su hermano, respondió con voz clara y firme:

—Este cargamento y este camino están bajo protección de la Unión. Lo estipula el tratado de paz. Cualquier agresión será interpretada como un acto hostil.

El cabecilla rio, una risa seca, carente de humor.

—La Unión no tiene voz en estas tierras —escupió—. Esto es Librark.

El pánico de Malgo dio paso a la rabia. Una corriente de furia le recorrió el cuerpo al escuchar las acusaciones del librarkano sobre el supuesto robo del acero.

Los tendones de sus antebrazos destacaban bajo la piel mientras apretaba la empuñadura de la espada.

Parecía que intentara fundirla con su propia fuerza.

Guldan, en cambio, mantenía una calma que Malgo no lograba comprender. Dio un paso al frente, desarmado, con las manos bien visibles y el gesto sereno. Sacó de su cinturón un pequeño estuche de cuero, extrajo los documentos y los desplegó.

—Aquí constan los términos de la transacción —dijo—. Firmados por ambas partes. Nadie está robando nada.

Los librarkanos no se molestaron ni en fingir interés.

Rebosaban desprecio. Malgo los miraba uno a uno, leía en sus ojos la certeza de que no pensaban irse sin sangre.

El desprecio que exhalaban era un látigo para él.

Y cada réplica burlona, cada mueca desdeñosa, era otra gota de veneno.

¿Diálogo? ¿Para qué servía el diálogo cuando era obvio que solo entendían el lenguaje de la violencia?

—Suficiente, arconte —interrumpió el cabecilla librarkano—. Deja tu palabrería para otro necio. Marchaos sin el acero y no os haremos daño.

—Defenderé a los míos si os atrevéis a levantar las armas —respondió Guldan, sin apartarse un palmo.

—Lo intentaréis —replicó el hombre, que ajustó con calma el agarre de su arma.

—No sabéis lo que habéis hecho —gruñó Malgo, y bajó la barbilla en un gesto que no ocultaba su ansia por el combate.

Sus ojos centellearon con una satisfacción sombría, saboreando por adelantado la victoria ante aquellas personas que tanto daño le habían hecho a la gente de la Unión. Por fin, había un cauce legítimo para todo aquello que lo consumía. Y, sin más, se lanzó al combate.