El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 20 Así que esto es Librark #3
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Capítulo 20 Así que esto es Librark #3

Uno de los hombres, de complexión robusta y delantal ceñido a la cintura, los guio hacia el fondo del almacén, donde pilas de barras de acero cubiertas de polvo descansaban bajo la tenue luz que entraba por las ventanas.

El hombre pasó la palma por la superficie de uno de ellos con una especie de reverencia semejante a la caricia que se le da a la espalda de un animal sagrado.

—Contemplad esta belleza —dijo, cargado de orgullo—. El hierro y el carbón de estas tierras son únicos. Nunca había trabajado con materiales de tal pureza.

Examinaron los bloques con atención. Su superficie lisa, uniforme, sin defectos, hablaba de su calidad superior.

Malgo se apartó del bullicio de la tasquerra y encontró refugio en un rincón modesto de la calle, donde unas cajas apiladas junto a unas macetas polvorientas le ofrecieron asiento improvisado.

Cerca, un brasero chisporroteaba y esparcía su calor hacia el aire nocturno.

Las luces de Kamarga eran como luciérnagas suspendidas entre tejados, hiladas en la urdimbre viva de una ciudad que aún se resistía a dormirse.

El viento nocturno le besaba la cara con suavidad mientras repasaba cada detalle de lo que había presenciado ese día.

Las calles del puesto aún palpitaban con una vida templada, menos efusiva que durante el día, pero igual de constante.

Los paseantes se movían con calma entre los establecimientos que seguían abiertos, deteniéndose bajo los faroles para intercambiar palabras, compartir alguna risa o alargar el último trago antes del descanso.

Las tasquerras desbordaban voces, brindis y canciones viejas entonadas sin vergüenza.

Y aunque no era el caos alegre de Illenard, aquel bullicio nocturno tenía un ritmo propio, sosegado, casi armonioso.

Él, sin embargo, se entretenía arrancando briznas de hierba que crecían entre las losas, y las deslizaba entre los dedos como si cada hebra pudiera disipar una preocupación.

Pero las palabras de aquellos hombres cerca del almacén, cargadas de desprecio hacia Hiclaria, su hogar, persistían.

Resonaban en su mente con el mismo desdén con el que habían sido pronunciadas.

La sangre le hervía al recordar cómo se reían, cómo trivializaban el esfuerzo de su pueblo, el dolor de los que aún contaban las heridas de la guerra.

La filosofía librarkana, su culto al individuo, su indiferencia orgullosa, se le atragantaba como un veneno bien preparado.

Invisible, inoloro, pero al final amargo e inevitablemente letal.

El sonido de unos pasos lo sacó de sus pensamientos. Guldan se sentó a su vera, sin decir nada al principio. Compartieron un silencio que solo comparten los que se conocen desde siempre.

—Te noto denso de ideas —dijo al fin Guldan con voz serena.

—Estoy cansado. Eso es todo —respondió al cabo—. No me gusta este lugar.

—¿No tenías tantas ganas de ver mundo y probarte en tu primera misión? —dijo sin mirarlo—. Ya lo ves. No todo es gloria ni grandes decisiones. A veces, cumplir con el deber es ir a sitios que no nos gustan y hacer cosas que no nos placen.

—Sí, lo entiendo. Y estoy cómodo con eso. Ya te digo, solo estoy cansado. Y tengo ganas de volver a casa.

Guldan dejó escapar un leve resoplido por la nariz y relajó los hombros. Su jarra de hidromiel emitió un tintineo sordo al chocar con la madera.

—Sí... —dijo pensativo, mirando a la nada—. En ningún lugar como en casa.

Malgo arrugó el entrecejo.

—No entiendo cómo unas gentes tan egoístas pueden vivir tan tranquilas. Beber como beben... Con lo que cuesta una sola jarra aquí podrías darle de cenar a una familia entera en Hiclaria. Sin embargo, todo parece funcionar sin necesidad de...

—¿Sin necesidad de qué? —interrumpió Guldan, que se volvió hacia él—. ¿De orden? ¿De estructura?

Malgo se quedó callado.

—Primero —continuó su hermano—, recuerda dónde estamos.

Esto es un puesto comercial fronterizo. Aquí hay dinero, por eso todo es más caro.

Y segundo, buena parte del valle de Lec está cogobernada por la Unión.

Kamarga no debe su gloria solo a Librark.

Aun así, no te dejes engañar por las apariencias.

Librark es poderoso, sí. Pero el poder siempre esconde secretos. No todo lo que brilla es oro.

Miró con atención a su hermano. Fue a preguntarle algo, pero alguien lo llamó desde dentro de la tasquerra:

—¡Guldan, ven a ver esto! —gritó Torben, uno de los comerciantes de Valendare, entre risas.

Guldan alzó su jarra en dirección al comerciante.

—¡Ya voy!

Se incorporó con un gruñido leve y le dio dos palmadas suaves en el muslo a su hermano.

—Vente. Te despejará la cabeza. O ve a dormir si lo prefieres. Pero no te quedes aquí dando vueltas sobre lo mismo. Mañana partimos temprano.

—Ahora voy —dijo Malgo, sin mucha convicción.

—Muy bien —respondió Guldan, y antes de alejarse se inclinó, besó la cabeza de Malgo y lo despeinó con diversión—. Te quiero, hermano.

Malgo se apartó, fingiendo molestia.

—Déjame.

Pero una sonrisa cruzó fugaz su rostro cuando Guldan ya se alejaba.