Capítulo 20 Así que esto es Librark #2
Los puestos del mercado llenaban la plaza en todas direcciones, rebosantes de mercancías que Malgo nunca había visto en Hiclaria. Telas de colores tan intensos que tenían vida propia en su fulgor, artefactos mecánicos cuyo propósito no podía ni imaginar. La abundancia era abrumadora, casi obscena.
—El nuevo sistema de purificación de agua —señaló uno de los comerciantes hacia una estructura cilíndrica metálica que se levantaba junto al canal principal—. Dicen que con solo unas gotas de una sustancia pueden limpiar el agua más sucia en cuestión de horas.
A pesar de la marea de transeúntes, Malgo era incapaz de apartar la vista de las calles de Kamarga.
La gente se movía con determinación, envuelta en ropas de factura refinada pero sin ostentación, tejidas con propósito más que con vanidad.
Nada en su atuendo gritaba riqueza, y sin embargo todo en ellos hablaba de ella.
Había eficiencia en su andar, una economía de movimiento que impregnaba la ciudad con un pulso invisible.
Todo en Kamarga llevaba la huella de un diseño propio, un arte que resultaba admirable e inquietante a la vez.
Era otro mundo. Uno donde todo parecía funcionar.
Las historias que había escuchado sobre Librark la retrataban como una tierra sin orden, una frontera deshilachada, un territorio anárquico y caótico.
Pero ahora, inmerso en las calles de una de sus ciudades, Malgo se descubría enfrentado a una contradicción incómoda: allí donde esperaba desorden, hallaba un orden casi ofensivo.
Y allí donde aguardaba ruina, encontraba prosperidad.
Se mantuvo cerca de Guldan, buscando en su compañía el anclaje ante un territorio que lo desafiaba con cada piedra de su calzada.
Algunos ciudadanos les lanzaban miradas fugaces; otros se apartaban sin disimulo.
Su sola presencia parecía una ofensa. Aquí y allá, voces apagadas cuchicheaban con desconfianza.
No era una hostilidad abierta, pero sí palpable.
Malgo lo sintió en la piel, similar a un cambio de temperatura.
No todos los miraban con recelo, pero bastaban unos pocos para hacerle sentir que no eran bienvenidos.
El bullicio festivo del mercado le revolvió el estómago como si hubiera bebido agua estancada.
Por todas partes se desplegaba una imagen de abundancia, de vida despreocupada, que le resultaba insoportable.
Una niña con un vestido digno de la antigua nobleza, con toda probabilidad más valioso que el salario bisemanal de un herrero de Illenard, perseguía a su amiga entre risas que rebotaban del mismo modo que las campanas.
Algunos comerciantes bromeaban con sus clientes mientras las monedas de oro tintineaban con una ligereza insultante.
Una pareja de ancianos compartía un pastel humeante en un banco, sus rostros iluminados por una paz ajena al mundo.
La sangre de Malgo ardía como hierro recién forjado.
¿Cómo podían sonreír? ¿Cómo podían vivir así, haciendo ver que nada había pasado?
¿Habían olvidado ya las aldeas quemadas, las madres llorando sobre cuerpos sin nombre, y todas las demás atrocidades que cometieron no hacía ni tres años?
Y ahí estaban esos librarkanos, como si nada hubiera pasado, como si la sangre de Hiclaria, Dasteura, Osmesh o Tusquia no manchara sus manos.
Un mercader obeso, envuelto en terciopelo oscuro, pasó a su lado jugueteando con un objeto dorado.
—Es asqueroso —espetó Malgo, sin apenas contener la voz, al pasar junto a una orfebrería donde cristales resplandecían con piedras preciosas—. Se quedan con todo el oro para ellos mismos mientras hay gente muriendo de hambre en otras tierras. Son como ratas gordas que se revuelcan en sus riquezas.
Su hermano se inclinó un poco hacia él.
—Baja la voz —le advirtió con severidad—. No es momento ni lugar para esto. Tenemos una misión.
Pero el veneno ya se había derramado en el corazón de Malgo. Cada muestra de lujo se le antojaba una burla.
—¿Has visto sus casas? Podrían vivir tres familias en una sola —murmuró mientras señalaba una de las casas con la cabeza, escupiendo las palabras con dolor.
—¿No vives tú en un palacio? —le recordó su hermano mayor.
La pregunta lo descolocó.
—Pero eso no cuenta. No es nuestro. Nuestro padre es el Primer Ministro de Hiclaria. Todo Primer Ministro y su familia tienen derecho a vivir en el palacio ministerial durante su mandato. Esto es distinto. Aquí son todos unos egoístas, unos...
—Malgo —cortó Guldan, su tono afilado—. Ya basta. Recuerda por qué estamos aquí.
Los comerciantes se adelantaron hacia una plaza adyacente, conocida como la Plaza del Corcel.
Allí dominaba el gran almacén de metal, una construcción de piedra gris, rematada por enormes puertas de madera reforzada con hierro.
El espacio que la rodeaba estaba poblado por puestos que no ofrecían frutas ni telas, sino armas, armaduras y herramientas.
Sobre mesas de madera se alineaban espadas relucientes, hachas de doble filo y mazas decoradas.
Corazas completas descansaban sobre maniquíes, y arneses y monturas colgaban expuestos, invitando a los transeúntes a comprobar su calidad.
Un pequeño tumulto al fondo atrajo su atención.
Malgo se abrió paso entre la multitud, la curiosidad le picaba cual espina bajo la piel.
En el centro de la aglomeración, tres artesanos trabajaban sobre una tarima de madera y rodeaban una máquina que no se parecía a nada que hubiera visto antes.
Hecha de metal bruñido y madera pulida, era más voluminosa que un telar común.
Sus engranajes giraban con ritmo constante mientras entrelazaban anillos por un patrón complejo de carriles y ganchos.
El dispositivo producía una malla perfecta, anillo tras anillo, cayendo en una cascada argenta que brillaba bajo la luz de la plaza.
Era cota de malla, ensamblada con una velocidad y exactitud digna de los mejores herreros.
El patrón era hermoso: cada anillo enlazado con otros cuatro, formando una red flexible y resistente.
Uno de los artesanos, cubierto con un delantal manchado de aceite, explicaba los mecanismos con entusiasmo técnico a la vez que accionaba unos pedales.
Malgo escuchaba con atención, en parte con recelo, pero en el fondo fascinado por la forma en que describía cómo cada parte del artilugio trabajaba en perfecta armonía con las demás.
Aquella máquina transformaba la artesanía en una sinfonía de eficiencia.
Tenía el aspecto de tecnología dasteuria, pero no contempló preguntarle al artesano por el origen de esa máquina.
Una mano le apretó el hombro.
Sobresaltado, se volvió y se encontró con los ojos de su hermano, tensos como un arco a punto de disparar. Guldan lo apartó con disimulada brusquedad del gentío, sin soltarle el brazo.
—¿Qué crees que estás haciendo? —susurró Guldan entre dientes, sus ojos escudriñaban los alrededores—. No estamos aquí para admirar sus chismes.
Se sacudió el agarre y sintió que el calor le subía a las mejillas. Por un momento se había dejado llevar y había olvidado todo lo que representaba aquella ciudad.
—Solo estaba…
—No te dejes engañar. No olvides quiénes son. Y no olvides por qué hemos venido.
Tuvo que tragarse la vergüenza. Su hermano tenía razón. No podían permitirse bajar la guardia en territorio bajo tregua.
Guldan lo rodeó por los hombros con un gesto fraternal y lo apretó contra sí mientras avanzaban tras los comerciantes y los soldados hacia el almacén. Llevaba dibujada una sonrisa amplia y franca.
—¡Hermanito! —exclamó, y acentuó la broma con una ligera sacudida—. Estoy muerto de hambre. Cuando terminemos con el cargamento, busquemos algo decente que echarnos al cuerpo. He oído que aquí preparan unas patas de cordero que hacen llorar a los fantasmas.
Malgo sonrió sin querer, atrapado entre la vergüenza y el alivio. Un gruñido traicionero brotó de su estómago: el cuerpo entero aprobaba la propuesta con entusiasmo. Guldan soltó una risita y le dio una palmada en el pecho que selló un pacto silencioso entre hermanos.
Justo antes de alcanzar las puertas del almacén, un grupo de librarkanos atrajo su atención desde la terraza de una de las tasquerras, como llamaban ahí a las tabernas. Estaban medio reclinados sobre bancos de madera, con jarras de hidromiel en la mano y carcajadas que retumbaban.
—¿Y habéis oído lo último de Hiclaria? —dijo uno de ellos—. ¡Suben los tributos otra vez! Dicen que es para «fomentar la producción» —añadió, remarcando las palabras con gestos de comillas en el aire.
El grupo estalló en risas.
Apretó los puños, los nudillos blanqueándose con el gesto.
El calor le subió por el cuello. Quería volverse, encarar a aquellos hombres, explicarles la importancia de ayudar al prójimo, de contribuir todos al bienestar del pueblo...
Pero, antes de que pudiera hacer un solo movimiento, la mano de Guldan volvió a posarse sobre su hombro, esta vez con gentileza, para recordarle su deber.
No necesitó más. Bajó la cabeza, aunque las risas se transformaron en un séquito burlón que lo seguía por la calle.
Cruzaron el umbral del almacén. Un olor a hierro y encierro se apoderó del aire.
La luz caía desde estrechas ventanas en lo alto y se derramaba en haces oblicuos que cortaban la penumbra como espadas doradas.
El edificio era mucho más vasto de lo que dejaba entrever desde fuera.
Dos de los comerciantes apresuraron el paso al reconocer a los hombres que aguardaban junto a una mesa de trabajo. Las voces irrumpieron jubilosas.
—¡Hermanos! ¡Cuánto tiempo sin veros!
Malgo se detuvo, sorprendido. El acento, inconfundible, era el de casa. No esperaba encontrar compatriotas entre los trabajadores de Librark, y menos aún en un lugar como aquel. Observó cómo intercambiaban saludos y noticias de casa, y sintió una punzada de nostalgia.