Capítulo 20 Así que esto es Librark
Tiró con suavidad de las riendas y aplicó una leve presión en la boca de su caballo.
Tarn obedeció con docilidad y redujo el paso.
Ahí estaba, el puesto fronterizo de Kamarga, una imponente obra de arquitectura que desafiaba la monotonía del paisaje con una presencia majestuosa y amenazadora.
Su estructura abarcaba a ambos lados hasta donde alcanzaba la vista, formando un colmillo de piedra que hendía el horizonte y formaba una frontera tangible entre dos mundos.
El muro estaba compuesto por un patrón rítmico de enormes anillos de piedra tallados y ensamblados con gran cuidado.
A cada uno le faltaba el segmento superior, lo que dejaba una amplia plataforma horizontal desde la que patrullaban los guardias.
Banderas bicolor divididas horizontalmente, con la mitad superior de color amarillo mostaza y la mitad inferior de color negro, ondeaban con una solemnidad serena en lo alto y desafiaban al viento del valle.
En la base, los semicírculos se adaptaban al terreno con tal perfección que uno hubiera creído que el muro brotaba del lecho de la tierra, parido por las montañas.
Las losas, de un gris oscuro jaspeado con vetas más claras, delataban la juventud de la estructura.
Malgo calculó que la fortificación no debía de tener más de una década.
Entre cada sección se alzaban extensiones angulosas, como púas de una corona gigantesca, que sobresalían del muro con una agresividad calculada.
Sus extremos afilados cortaban el viento y disuadían al visitante más osado con su sola silueta.
Servían tanto de atalayas estratégicas, ofreciendo a los vigilantes una visión privilegiada del terreno más allá del muro, como de defensa y advertencia muda de la fortaleza y determinación de aquellos que residían detrás de esa barrera.
Las tierras de más allá de la muralla no formaban parte de la Unión.
Las gentes de más allá de la muralla no obedecían a ningún gobierno. Detrás de la muralla estaba Librark.
Mientras los comerciantes presentaban sus credenciales, Malgo observó con creciente interés la interacción entre ellos y los guardias librarkanos.
Piltrim, siempre el primero en hablar, extrajo un grueso fajo de documentos de su zurrón de cuero.
Los guardias los examinaron con una eficiencia metódica, sin perder tiempo en florituras ni confusión, que le resultó desconcertante.
En Hiclaria, estos trámites solían ser lentos y traer confusión.
De ahí, en parte, el acuerdo entre territorios de la Unión para facilitar el comercio de mercancías.
Notó el escrutinio de los soldados fronterizos.
Lo evaluaban sin disimulo: su postura, su armadura, el brillo de su capa.
El movimiento de aquellos hombres era un engranaje engrasado a la perfección.
Incluso la manera en que sostenían sus armas: picas de diseño estilizado, de doble filo, mezcla de lanza de guerra y alabarda; y espadas enfundadas en sus cintos, hablaba de disciplina, de años de adiestramiento.
Al coincidir con la línea de visión de uno de ellos, recibió un levísimo asentimiento cortés.
Malgo le devolvió el saludo casi por instinto, antes de desviar la vista hacia Guldan, que permanecía inmóvil en su montura y escudriñaba los detalles con su habitual atención silenciosa.
Uno de los guardias tomaba nota mientras otro conversaba con Piltrim, que en ese momento señalaba las carretas.
El ritmo del intercambio, la exactitud de las preguntas...
todo en ellos sugería una cultura donde la eficiencia se había elevado casi a principio moral.
Los procedimientos hiclariotas, por comparación, daban la impresión de ser un ejercicio de improvisación constante.
Un jinete se separó del grupo de guardias y avanzó hacia los hermanos Chessan.
Montaba un corcel vigoroso, de pelaje oscuro y bien adiestrado, cuyo paso se desplegaba con una precisión hecha para infundir respeto.
Una capa mostaza, cruzada en diagonal sobre el torso y prendida con un broche en el cuello, descendía por su espalda como un río de oro.
Detrás, un armazón ornamentado en forma de alas, que parecía la huella petrificada de un ave de guerra, emergía rígido y solemne.
En su cabeza llevaba el inconfundible yelmo librarkano: una pieza de acero ennegrecido.
La visera estrecha en forma de T ocultaba el rostro en penumbra, pero dejaba asomar un destello de tenacidad en la mirada.
Sobre la cima, una cresta de crin amarilla se erguía paralela a la línea de visión, semejante a un rayo de sol congelado en mitad del amanecer.
Por la dirección de la cresta, de oreja a oreja en lugar de desde la frente a la nuca, dedujo que se trataba de un efectivo de rango superior.
—¿Qué trae a dos aprendices de arconte a las puertas de Librark? —preguntó, su voz resonaba con claridad y nitidez.
Malgo tensó la mandíbula. Había en el tono de aquel capitán librarkano una amalgama de orgullo, sospecha y condescendencia, y aquello le irritaba.
—¿No tenéis suficiente en Hiclaria? — añadió el guardia a la pregunta, esta vez con una clara intención de provocar.
Guldan, que tampoco sentía demasiada simpatía por los librarkanos, se apresuró a contestar antes de que Malgo dijera nada que comprometiera su misión.
—Corren tiempos inciertos —dijo con compostura—. Solo queremos asegurarnos de que estos comerciantes llegan a casa sanos y salvos. Sabéis bien lo codiciado que puede ser un cargamento de acero.
El capitán evaluó a ambos como un maestro de esgrima valora a sus contrincantes antes del primer cruce de espadas.
—Podéis continuar —dijo al final—. Pero recordad: en Librark las reglas son estrictas. —Su mirada recorrió cada integrante del grupo antes de rematar— La libertad viene con responsabilidad.
Malgo abrió mucho los ojos cuando la carretera se abrió ante ellos y expuso la inesperada magnificencia de Kamarga.
El marrón oscuro de sus iris se encendió bajo la luz que bañaba la ciudad y reveló un brillo curioso que le hacía parecer más niño que adulto.
El esplendor de aquella urbe, insospechado y deslumbrante, lo dejó atrapado en un instante de asombro, incapaz de articular pensamiento alguno.
Los demás ya estaban desmontando sus caballos para dejarlos en el establo, pero él seguía montado; sus ojos vagaban, incrédulos, por los detalles de aquel espectáculo, y una sensación de pequeñez lo invadió.
Nada en su experiencia justificaba llamar «puesto» a semejante lugar.
Kamarga era una ciudad en toda regla, con una red urbana de piedra e ingenio que sugería generaciones de trabajo devoto.
Los edificios, altos y esbeltos, se alzaban con la elegancia sobria de una civilización práctica, sin llegar a la monumentalidad de Illenard, pero igual de orgullosos.
Sus fachadas, bañadas en tonos cálidos que oscilaban entre el marfil y el salmón, exhibían una arquitectura marcada por líneas rectas, ángulos bien definidos y una simetría casi reverencial, en contraste con las formas curvas y fluidas de las ciudades hiclariotas.
Las ventanas, algunas cuadradas, pero la mayoría estilizadas con arcos elevados que terminaban en un punto fino, dejaban entrever cortinas de brocado movidas por la brisa.
Balcones de hierro forjado, varios decorados con filigrana en forma de enredaderas y otros con símbolos heráldicos, estaban atestados de macetas rebosantes de buganvillas y flores que caían en cascadas de color.
Algunas esquinas estaban flanqueadas por torres en forma de prisma cuadrangular con cúpulas de teja color galleta.
Entre los balcones colgaban hileras de banderines multicolores que cruzaban las calles a modo de festones, insinuando que algún tipo de celebración se aproximaba.
Los guardias librarkanos, reconocibles con facilidad por las prendas amarillas de sus armaduras, patrullaban con paso relajado.
No relajado de holgazán, sino tranquilo.
Solo unos pocos vestían con armadura más pesada, y todos ellos sostenían picas o llevaban espadas al cinto, una práctica inusual en la guardia de Hiclaria, al menos en la guardia rasa de a pie.
Llegaron al centro palpitante de la ciudad: el mercado.
Una gran plaza rectangular, pavimentada con losas claras, se extendía entre edificios y torres.
Aromas de carnes ahumadas y guisos flotaban en el aire, mezclados con el perfume floral que descendía de balcones y tiestos.
Desde marquesinas de colores chillones, mercaderes intercambiaban producto por moneda, mientras un grupo de artistas hipnotizaban a la multitud con acrobacias y música.
Alrededor de mesas de madera, peregrinos y vecinos compartían risas y comida, y levantaban copas de un fermentado negro. Más ciro por aquí, por favor, dijo uno.
Los comerciantes de Valendare pasaron de largo. Algunos señalaron con la barbilla ciertas estructuras: grúas articuladas que descargaban mercancías en los muelles, o extraños artefactos que bombeaban agua hacia los niveles superiores de algunos edificios.
—Mira eso —murmuró Dorlin, el más joven de los comerciantes, a uno de sus compañeros—. Tienen elevadores de agua.
Guldan caminaba muy serio.
—Con recursos así —masculló Malgo, apenas audible—, podrían armar un ejército que rivalizara con las fuerzas de la Unión en cuestión de lunas.
La observación, pronunciada sin dramatismo, flotó entre ellos como una brizna de ceniza. Malgo veía que, bajo el esplendor de la ciudad, latía una energía contenida, una potencia en ciernes. Pese al tratado de paz, Librark seguía siendo un rival.