Capítulo 19 Sombras en la frontera #2
—¿Primera vez cruzando? —le preguntó un joven de perfil afilado que conducía la primera carreta.
Malgo asintió y enredó las riendas entre los dedos.
—Mi padre dice que el mejor momento para empezar algo es ahora —añadió el comerciante, que repitió sin saberlo una de las frases que Lander solía recitar durante los entrenamientos.
En su flanco, Guldan cabalgaba con la firmeza de un fresno joven. No se había dado la vuelta una sola vez. El terreno comenzaba a mostrarse más agreste: surcos secos de antiguas lluvias atravesaban el camino, sacudiendo las ruedas a cada paso.
Un estrépito metálico hizo que todos se tensaran. El nerviosismo se posó en la comitiva. Malgo no fue el único en llevar de forma instintiva la mano a la empuñadura de su espada.
Solo era una olla, mal asegurada en el fondo de una carreta.
—Tranquilos —dijo Piltrim en voz alta—. El único peligro aquí es morir de aburrimiento.
Algunas risas nerviosas afloraron entre los demás.
Pero el silencio regresó pronto. Solo el crujido irregular de las ruedas y los relinchos esporádicos de los caballos rompían la monotonía del avance.
Las sombras se alargaban poco a poco, deslizándose como lenguas de tinta por el camino polvoriento, mientras el grupo se adentraba en tierras que ya olían a extranjero.
Guldan detuvo su montura con un tirón seco de las riendas.
Su mirada se clavó en la distancia. El viento había cambiado de humor y arrastraba consigo un aire pesado que agitaba los árboles y enfriaba la piel.
Las ramas comenzaron a sacudirse con una energía inquieta.
A medida que avanzaban hacia Librark, las nubes habían conquistado el cielo poco a poco y con disimulo, cubriéndolo de un gris plomizo que apagaba la luz y sumía el paisaje en un aire de melancolía.
Levantó el puño, y la caravana se detuvo de inmediato.
A Malgo se le aceleró el corazón. Siguió la dirección de los ojos de su hermano hacia el valle de Lec, donde el camino desaparecía entre colinas.
Forzó la vista hacia lo que pudiera ocultarse tras el muro de árboles.
Guldan le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera.
—Os esperamos aquí —se apresuró a decir Piltrim, con un tono más bajo que de costumbre.
Ambos hermanos desmontaron y abandonaron el sendero. Se adentraron en la maleza que flanqueaba la ruta. Guldan avanzaba con paso firme mientras sorteaba ramas y raíces con la facilidad del que sabe lo que busca. Malgo le seguía sin comprender del todo qué esperaba encontrar.
Pronto alcanzaron una zona rocosa donde los árboles se abrían y daban paso a un precipicio.
Desde aquel claro elevado, el bosque se descolgaba hacia el valle, que se extendía ante ellos con la forma serena y engañosa de un ocho trazado por un dios ocioso.
Al principio, Malgo solo vio paisaje. Prados apagados, colinas suaves y la misma tristeza gris del cielo.
Iba a decir algo cuando Guldan le tocó el hombro y le hizo corregir su trayectoria visual al arranque del valle, cerca de donde estaban.
Entonces los vio.
A lo lejos varias manchas surcaban el valle como espectros, montando en formación cuña cerrada.
Malgo contó cinco jinetes. Sus armaduras negras absorbían la escasa luz como si bebieran del propio día.
Un escalofrío recorrió su espalda. Las historias sobre los guerreros caídos volvieron a su memoria con una claridad que no esperaba: caballeros corrompidos, soldados que se deleitaban en la masacre.
Por primera vez desde que salieron de Illenard, comprendió que esto no era un entrenamiento.
La posibilidad de cruzarse con siniestros hizo que la emoción anterior fuera reemplazada por un nudo en el estómago.
Guldan le hizo una seña para volver al camino.
Volvieron a la caravana con paso rápido.
Se acercaron a sus caballos. Detrás de ellos, los comerciantes comenzaron a murmurar.
Piltrim, que había estado tan locuaz esa mañana, ahora apenas susurraba.
Los dos soldados de Hiclaria se enderezaron en sus monturas, pero Malgo percibió el miedo en su postura rígida.
De vuelta encima de los caballos, Guldan se volvió hacia el grupo:
—Nada de gestos bruscos —dijo con una calma férrea—. No llaméis la atención.
El grupo reanudó la marcha con lentitud.
Cada crujido llegaba más hondo. La quietud se volvió insoportable.
Incluso el crujir de las ruedas parecía amplificado.
Los cascos de los caballos eran un martilleo en sus oídos.
Malgo escaneaba los márgenes del camino, convencido de que los observaban.
El silencio era tan denso que el ruido de los cascos y las ruedas le martilleaban los oídos.
Apretó las riendas de su caballo, cómo tratando de contener las palabras atoradas en su garganta.
Quería preguntar. Quería saber qué harían si los alcanzaban. Pero su voz se negaba a salir.
Espió de reojo a su hermano, que mantenía la vista fija en el horizonte. Se preguntaba por qué se limitaban a avanzar como si nada. Habían entrenado durante años, ambos destacaban en la academia. Sus dedos rozaron la empuñadura de la espada, buscando confort en el familiar tacto del acero.
—Deberíamos seguirlos —susurró al fin mientras se inclinaba hacia Guldan—. Averiguar qué traman.
Su hermano volvió el rostro y lo miró con ojos de otoño gélido. Era la misma mirada con la que lo había reprendido mil veces en la academia, cuando se lanzaba antes de pensar.
—El valor sin prudencia es temeridad —dijo Guldan en un susurro firme—. Nuestra misión es entregar el acero.
Malgo se tiñó de calor.
—Pero si los seguimos... —insistió.
—A veces —le interrumpió Guldan, que suavizó el tono— lo más valiente es mantenerse con vida. En especial cuando te superan en número.
—Suenas como Kida —murmuró Malgo, sin poder evitar la acidez en el tono—. Ulter no dudaría en seguirlos.
Guldan no respondió.
Las palabras de su hermano se le habían clavado como flechas. Sabía que tenía razón. Y, sin embargo, algo en su interior se resistía a la idea de evitar el enfrentamiento. ¿No era ese el deber de un soldado hiclariota? ¿No se suponía que debían defender a Hiclaria y a la Unión?
Observó las carretas tras ellos, las expresiones tensas de los comerciantes, la postura rígida de los soldados novatos. Entendía el peso de la responsabilidad en sus hombros, pero una parte de él seguía ansiando demostrar su valía.
El silencio volvió a caer entre ellos mientras continuaban la marcha.