El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 19 Sombras en la frontera
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Capítulo 19 Sombras en la frontera

Malgo se removió en la silla, inquieto, aunque no por incomodidad. Era una inquietud viva, hecha de entusiasmo y expectativas. Había llegado la hora de probar su valía, de demostrar que algún día sería un buen candidato para liderar las fuerzas de Hiclaria.

A lo lejos, las torres de vigilancia de Valendare asomaban sobre la línea de colinas, como dedos de piedra que saludan desde el confín.

El día era espléndido, inmaculado. El cielo, de un azul profundo y sin nubes, lucía casi abrillantado a conciencia para la ocasión.

Parecía que los cielos mismos quisieran celebrar su primera misión.

Una brisa ligera y fragante descendía desde los pinares lejanos, acariciando su tez con el frescor de los territorios altos.

El corazón le latía con fuerza. Los pómulos en ascenso captaban la luz y guardaban el brillo de esa expectación; y los labios, bien dibujados pero tensos, revelaban la mezcla de orgullo y nervios que intentaba disimular.

Se había vestido con esmero para aquella jornada, con un atuendo que daba la impresión de querer contar su historia antes de que él mismo la escribiera.

La túnica, de un blanco hueso pulido, resaltaba aún más el tono vivo de su piel joven y la estructura recta de sus hombros.

Los hilos finísimos reflejaban destellos dorados al menor movimiento, como si quisieran competir con el brillo vivaz de sus ojos marrón nogal.

El tejido se ceñía con elegancia a un cuerpo todavía en desarrollo, pero ya marcado por las horas de entrenamiento, y lo envolvía evocando la celestialidad de un paladín de antaño.

Sus brazales y grebas, de un gris plateado, contrastaban con la blancura de la capa.

Estaban adornados con grabados dorados, lo bastante sutiles para no resultar ostentosos, pero trabajados de forma tan delicada que el ojo no podía evitar detenerse a contemplarlos.

Tanto la hebilla del cinturón como el broche que sujetaba la capa representaban el mismo símbolo: el emblema de Hiclaria.

Una estrella de cuatro puntas, inspirada en el cráneo de labra.

La superior e inferior, más largas, simbolizaban la conexión entre lo divino y lo terrenal; mientras las laterales, más cortas, evocaban la estabilidad y el orden.

A su lado, Guldan cabalgaba en silencio, con la espalda recta y los ojos atentos a cada detalle del camino.

Llevaba una indumentaria muy parecida a la de su hermano, pero, como siempre, en negro absoluto.

Negro como la noche antes del amanecer. La túnica y la capa eran de un tejido opaco, mate, sin bordados visibles, y sin embargo irradiaban autoridad.

Si Malgo evocaba a un heraldo de luz, Guldan era su sombra: sobrio, impenetrable, dueño de una serenidad similar a la de una espada en su vaina, y su porte transmitía madurez y temple.

La estrella de Hiclaria brillaba también sobre su pecho y cinturón.

Lo cierto era que no le gustaba llamar la atención.

Aunque la visión de ambos con sus respectivos atuendos no les hacía precisamente pasar inadvertidos.

Aun así, Guldan no le daba demasiada importancia. Su mente estaba centrada en la misión.

A Malgo le ponía nervioso esa actitud de constante cautela en su hermano, esa manía de vigilar incluso en suelo seguro. Hiclaria era, el corazón firme de la Unión, ¿qué iba a pasar?

—No te vayan a tomar por un maniquí en la entrada, hermano — bromeó Malgo mientras se ajustaba la espada con un leve movimiento de cadera.

Guldan no respondió, pero esbozó una ligera sonrisa, apenas un pliegue en la comisura del labio.

Sobre un montículo coronado de cipreses, descollaba el Castillo de la Serpiente, una silueta dentada e imponente que Malgo había visto solo en grabados. Le habían contado muchas historias de ese lugar, ninguna igual a la otra, pero todas envueltas en misterio.

Los guardias del puesto de entrada extendieron la mano en señal de alto al verlos aproximarse, reconociendo enseguida los broches y colores de su uniforme. Les franquearon el paso sin demora, con saludos respetuosos.

En el barrio de los mercaderes encontraron al resto del destacamento esperándolos.

Dos soldados hiclariotas, escasos años mayores que ellos, se mantenían junto a unas cuantas carretas.

Llevaban petos blanco hueso, pulidos con esmero, pero poco marcados por el uso; y no faltaba la estrella de Hiclaria en el centro del pecho.

No obstante, su postura delataba su inexperiencia: rígida, demasiado perfecta.

Uno de ellos quizás recién graduado a los veinte.

No todo el mundo tenía la suerte de ser hijo del Primer Ministro.

Ambos se cuadraron al ver a los hermanos acercarse. Con un gesto sincronizado, colocaron la mano derecha sobre el pecho izquierdo, en diagonal, saludando con la fórmula militar de rigor.

Junto a ellos, seis comerciantes ajustaban correas, revisaban ejes y aseguraban arneses.

Uno mascullaba maldiciones mientras ataba un saco que no quería cerrar; otro, con más calma, observaba el cielo tratando de leer en él señales de fortuna.

Entre todos, el grupo era la estampa viva de la incertidumbre: veteranos curtidos junto a novatos nerviosos, todos a punto de emprender un viaje que, con suerte, sería breve y sin incidentes.

El pecho de Malgo se hinchó con orgullo al poner pie en tierra. Había sido elegido para esa misión. Acarició el morro de Tarn, su caballo, en un gesto de gratitud silenciosa, y se ajustó el faldellín. Su atuendo también celebraba su primer destino oficial.

Un hombre de porte hosco se acercó e interrumpió sus pensamientos. Llevaba una barba larga y rizada, tan espesa como el nudo que parecía habitar en su garganta. Bajo un sombrero de ala ancha, sus ojos eran dos carbones humeantes.

—Honorables —saludó, con una reverencia breve y una aspereza en el decir, curtida en el bullicio de los mercados—. Un placer conocerlos en persona. Me llamo Piltrim. Los mercaderes de acero nos esperan esta semana en Kamarga.

No había oído demasiado sobre el puesto comercial de Kamarga, hasta que Lander les dio las instrucciones de la misión antes de partir de Illenard.

A su alrededor, los demás comerciantes se agruparon enseguida, enfrascados en un torbellino de rutas, tiempos y riesgos.

Unos hablaban de los pasos de frontera con naturalidad, como quien conoce cada piedra del camino; otros se arremangaban con inquietud, dejando que sus pensamientos vagasen hacia el horizonte occidental.

Esperaban que de allí brotara una revelación.

Observó a Guldan, que analizaba al grupo con atención meticulosa.

Medía cada palabra con la precisión de quien descifra un mapa oculto bajo la piel de los hombres.

Típico de él, siempre tan metódico, tan serio.

Un pellizco de irritación le subió por la garganta al ver a su hermano mayor interrogar al comerciante sobre los detalles específicos de la ruta.

—¿Y si tomamos el camino del norte? —sugirió de pronto Malgo mientras posaba un dedo sobre un mapa que descansaba desplegado sobre una de las carretas—. Es más directo.

La mirada que Guldan le dirigió era una vieja conocida. La misma que solía dedicarle cuando, de niño, proponía escalar los muros del palacio o bañarse en el estanque de los jueces.

—El camino del norte está demasiado expuesto —respondió Guldan con tono paciente—. Cualquier bandido podría vernos desde leguas.

—No creo que se atrevan con un grupo armado —replicó Malgo, sin poder evitar que su frase sonara más a reto que a sugerencia—. Llegaríamos en la mitad de tiempo.

Piltrim, el comerciante del sombrero, asintió, considerando la idea. Pero Guldan negó con la cabeza, y en su mandíbula apareció una tensión casi imperceptible. Malgo la conocía bien: era la forma que tenía su hermano de morderse una réplica.

—No estamos de paseo, Malgo —dijo al fin, en un tono bajo, casi confidencial—. Esta es una misión real. La seguridad de estas personas depende de nosotros.

Las palabras fueron estacas que le atravesaron el pecho.

¿Creía Guldan que él no lo sabía? Reprimió la réplica y se alejó unos pasos, fingiendo revisar las alforjas de Tarn.

No quería que nadie vislumbrara la frustración en sus ojos.

Apretó los labios, decidido a no dejarse rebajar: había llegado el momento de demostrar que era más que «el hermano pequeño de Guldan Chessan».

La caravana comenzó a organizarse. Las carretas, aún vacías, crujieron al alinearse.

Los dos soldados hiclariotas tomaron posición en la retaguardia.

Guldan recorría la formación mientras inspeccionaba ruedas, monturas y arneses, y daba el visto bueno a cada comerciante.

Cuando hubo terminado, se reunió con su hermano al frente del convoy.

El sol caía a plomo cuando abandonaron Valendare.

El entusiasmo matutino se había evaporado bajo el peso del calor y la tierra reseca.

Malgo se secó la frente con la manga, añorando la brisa fresca que los había acompañado al salir.

El ritmo constante de los cascos y el traqueteo dictaban una cadencia litúrgica, rota solo por el crujido de los ejes o el ocasional chirrido de los arneses.

Incluso los comerciantes, parlanchines al inicio, se habían ido apagando conforme se alejaban de los muros de la ciudad.

Piltrim, antes inagotable, murmuraba ahora alguna palabra suelta al hombre de la carreta trasera, como si las frases fueran monedas que no quería gastar.

Un graznido puso al grupo en alerta. Pero el sobresalto quedó en nada al conectar el sonido a su origen.

Un trazo oscuro rasgaba el cielo: una igrava, con las alas abiertas en señal de presagio.

Malgo quedó prendido al movimiento del ave rapaz dorada, y sintió como la seguridad que intentaba proyectar se deshacía poco a poco con cada paso hacia la frontera con Librark.