Capítulo 18 Gritos en la distancia #3
Deetra soltó un suspiro quebrado, y sus labios temblaron al reconocer al hombre.
—Es... Abren... —murmuró. Su voz se rompió en un susurro lleno de rabia—. Bastardos...
Tomó el diario que ella le tendía y lo guardó. Luego, se arrodilló junto a los cuerpos de los siniestros para registrar sus pertenencias, dándole a Deetra espacio para despedirse. Egon se acercó a la laguna para explorar los bordes.
Entre las pertenencias del oficial sin pierna, Renek halló algo extraño: tres frascos pequeños, con un líquido grisáceo de brillo metálico.
Al elevarlos en la mano, la luz reveló un resplandor tenue.
No supo qué eran, pero decidió conservarlos, junto con unas pocas monedas que aún no habían sido saqueadas.
Un golpe seco resonó en algún lugar del túnel, una sacudida que venía de lo profundo. Se irguió y miró a sus compañeros. Nadie más pareció haberlo notado.
—Debemos seguir —le dijo a Deetra, que asintió mientras se secaba los ojos.
Reemprendieron la marcha por el túnel de la izquierda. Pero aquel golpe sordo no abandonaba a Renek. Algo no encajaba desde que pusieron pie en esa cueva.
—Deetra, —dijo al fin— ¿hay algo sobre la Boca del Gato que no nos hayas contado?
Ella siguió caminando unos pasos más antes de responder. Cuando habló, lo hizo sin volverse.
—La Boca es peligrosa por su tamaño. Puedes caminar durante días sin volver al mismo sitio. Hay bifurcaciones, trampas naturales, zonas inundadas...
No añadió nada más.
—Eso ya lo sabíamos —replicó—. No es a eso a lo que me refiero.
Deetra redujo el ritmo.
—La gente habla —acabó diciendo—. Ya sabes cómo es esto.
—¿Habla de qué? —insistió Egon.
Deetra suspiró, casi con fastidio.
—De historias. Leyendas que se cuentan para asustar a los niños... y a los que no saben orientarse —guardó silencio un instante más—. Dicen que algo mora en estas cavernas. Un ser que no ve ni oye, pero todo lo percibe.
Renek se acercó más a ella.
—Lo llaman el merodeador.
—¿El merodeador?
—Así lo llaman, sí. Pero es solo un cuento.
No os lo conté antes porque pensé que os negaríais a venir.
Yo he recorrido buena parte de la cueva y nunca he visto nada más grande que un murciélago.
A parte de los infectados, claro. Pero no os preocupéis —Deetra giró apenas la cabeza, dejando entrever una media sonrisa pícara—, ni somos niños ni nos falta orientación.
Pronto llegaron a una cámara abovedada donde cinco túneles se abrían como dedos extendidos. Deetra puso la antorcha en alto y señaló uno de ellos.
—Ese de ahí rodea la gruta central. Lleva al Distrito Subterráneo, donde está el campamento de los Coyotes Rojos.
Renek se detuvo un instante. Consideró ir tras Kida en vez de continuar con Deetra. Pero no conocía el camino, y la idea de perderse en aquel laberinto lo disuadió. Por ahora, ir con ella seguía siendo la opción más sensata.
Avanzaban callados, sus respiraciones se entrelazaban con el compás de sus pasos. Pliegues negros, por la casi inexistente iluminación, se enroscaban en los sobresalientes de las rocas, avanzando a la par que ellos, compañeros silenciosos en su marcha hacia lo desconocido.
Renek tropezó con un bulto blando. Se detuvo en seco.
La luz trémula de la antorcha de Deetra reveló una pierna cercenada.
Al lado, un cuerpo tendido con el rostro contraído en una mueca de dolor congelada por la muerte.
Los ojos, abiertos y vidriosos, miraban hacia la nada, y las venas oscuras que surcaban su cuello y mejillas eran señales inconfundibles de gorvosis.
Mas el cuerpo conservaba todos los miembros.
Más adelante encontraron otros dos cadáveres, enteros también.
Uno estaba casi desnudo, el cuerpo desplomado boca abajo sobre la piedra, con las yemas de los dedos destrozadas.
El otro yacía apoyado contra la pared, lleno de arañazos profundos en brazos y torso, y con el cuello torcido en un ángulo imposible.
El aire se volvió algo más cálido. Renek percibió un cambio sutil en las paredes: las formas irregulares de la roca daban paso a cortes más limpios, superficies más regulares.
El suelo también cambió, volviéndose más firme y uniforme bajo sus botas.
Al fondo del pasaje, una reja de hierro se imponía y sellaba el paso.
Los barrotes eran gruesos, oxidados, y trepaban desde el suelo hasta el techo.
Más allá de los barrotes, donde el túnel giraba hacia la derecha, un resplandor suave de brasa se reflejaba en la piedra.
—Por fin... —murmuró Deetra, con alivio contenido.
Renek se acercó a la reja y posó ambas manos sobre los barrotes.
El hierro estaba helado y áspero al tacto.
Empujó con fuerza, luego tiró hacia sí mismo, probando la resistencia de la estructura.
La puerta no encajaba a la perfección con el marco, y eso hizo que un coro de chirridos duros invadiera el espacio.
Un rugido escabroso y potente respondió desde más allá del recodo iluminado, lo que hizo que Renek soltara los barrotes de golpe.
—¡Juzaontux! —gritó Deetra.