El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 18 Gritos en la distancia #2
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Capítulo 18 Gritos en la distancia #2

Al volverse, notó que la respiración del superviviente se había vuelto errática, agitada. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con una intensidad perturbadora. La expresión de su rostro cambió de forma drástica, deformándose en una mueca espantosa, mezcla de rabia y dolor.

—¡Cuidado! —gritó Deetra, que empujó a Egon hacia atrás con toda su fuerza.

El soldado se enderezó con una celeridad que desafiaba su deterioro.

Un rugido profundo se desprendió de su garganta, y espuma comenzó a brotar y mezclarse con la saliva que le caía por la barbilla.

Se lanzó contra Renek con una fuerza bruta y descontrolada, y lo derribó de espaldas sobre la roca húmeda.

El impacto le vació los pulmones y le arrancó un gemido ahogado.

Deetra y Egon se abalanzaron sobre el infectado, lo asieron por los costados y tiraron de él con todas sus fuerzas.

Entre los dos consiguieron apartarlo de Renek, que se incorporó jadeando, aún sin aire.

Pero el soldado no cedía. Se agitaba como un poseso, retorciéndose con una violencia febril.

Movía los brazos sin dominio alguno, con espasmos erráticos y peligrosos.

En un instante de desconcierto, sus dientes se clavaron en el brazo de Deetra.

Ella gritó, con agudez y desgarro, mientras intentaba zafarse.

El enfermo lanzó un golpe que impactó en su costado y la hizo tambalearse. Su bocafuego, que llevaba en el cinturón, se soltó y rebotó en el suelo de la cueva.

Egon no dudó. Le propinó un puñetazo en la mandíbula, se agachó de inmediato y recogió el arma caída. Apuntó al pecho del infectado y apretó el gatillo.

El disparo fue un trueno en la caverna.

El cuerpo del soldado convulsionó un segundo y luego se desplomó. El tiro, limpio y mortal, había dado en el corazón.

Un silencio tenso siguió al estruendo, pero pronto se vio mancillado por rugidos que emergían desde las grietas invisibles de la gruta. Ecos de voces. Gritos. Un disparo. Pasos a esprint.

—Tenemos que irnos —advirtió Renek.

Deetra apenas lo escuchó, demasiado centrada en su herida, examinándola con los labios apretados por el dolor, pero Egon la arrancó de su ensimismamiento.

Mientras ellos se reagrupaban, Renek se arrodilló junto a los cuerpos de los soldados caídos. Registró sus pertenencias con rapidez. Solo halló algunos vendajes y un par de monedas. No había tiempo para más: los pasos se acercaban, veloces, más de lo que había anticipado.

El resplandor anaranjado de fuego errante comenzó a asomar por uno de los pasillos de la gruta.

Renek buscaba un lugar donde ocultarse, pero cuatro varones irrumpieron de súbito con jadeos entrecortados y caras crispadas por el esfuerzo.

Al percatarse de la presencia de Renek y los demás, uno de los hombres les apuntó con un arcabuz.

—¡Eh! ¿Quiénes sois? —gritó, el aliento entrecortando las sílabas, agotado de la carrera.

Los otros dos lo imitaron y apuntaron al grupo con gestos bruscos. El cuarto permaneció en el umbral del túnel, vigilante. Un quinto varón surgió de la oscuridad: ancho de hombros, rostro curtido, mirada conocida.

Era Batur.

Al reconocerlos, hizo un ademán imperioso con la mano.

—Bajad las armas —ordenó a los suyos.

Los hombres obedecieron, aunque no relajaron del todo el agarre. Batur se acercó con pasos pesados.

—Si habéis venido a por el botín de los Coyotes, olvidaos de ello y largaos de aquí —dijo, con un tono que rozaba la amenaza.

—¿Por qué? —preguntó Renek, que ignoró de forma deliberada la advertencia.

—La Boca del Gato ya es peligrosa de por sí —respondió Batur—. Ahora es peor con todos esos infectados merodeando por ella.

Un movimiento en las sombras hizo que Deetra interrumpiera el vendaje de su brazo.

Batur se volvió. Otra persona se asomó desde el túnel, arrastrando los pies con lentitud.

Pero el mercenario reaccionó con rapidez.

Usando su corpulencia, se interpuso entre el grupo y el enfermo, descargó un cabezazo brutal sobre el deforme y, en un solo movimiento, extrajo un arcabuz de mano y le disparó en la cabeza.

—Fantástico —masculló Egon—. Aquí todo el mundo tiene armas de avancarga menos nosotros.

Batur guardó su arma y se limpió un hilillo de sangre que le manaba de la frente.

—Polvo nos ha enviado a un encargo suicidia —miró a sus hombres con amargura—. Vinimos nueve. Quedamos cinco...

—No lo entiendo. ¿Para qué quiere más dinero? —preguntó Renek.

—Los coyotes guardan más que dinero en sus criptas. Polvo no busca solo oro. Busca mercancía. Cosas que se venden bien en la Telaraña. Pero otros sin futuro ya se han paseado por estas cuevas y han saboteado un poco su plan.

—¿Y cuál es el vuestro? —inquirió Egon.

Batur miró hacia el túnel oscuro y luego a sus hombres.

—Nos vamos —respondió, seco—. Esto no está bien pagado.

Y sin decir más, Batur y sus hombres se alejaron por el túnel por donde Renek y los demás habían llegado. El cascabeleo de sus protecciones metálicas se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo.

Deetra reanudó la marcha sin una palabra y los guio por un nuevo pasadizo que ascendía de forma gradual.

El suelo era traicionero: irregular, cubierto de limo resbaladizo, con pequeñas grietas de las que manaban hilos de agua mudos.

Renek iba detrás de ella, atento a cada paso, y Egon cerraba la formación.

Cuanto más avanzaban, más empapada estaba la piedra, hasta que el sonido de agua cayendo comenzó a hacerse más nítido.

Al final del pasaje, se abrió ante ellos otra galería de grandes dimensiones.

Desde una fisura en el techo, una cascada caía en forma de velo de plata y nutría una laguna de aguas oscuras.

Una columna de piedra caliza, robusta, crecía junto al lago y se convertía en vértebra de la montaña, conectando suelo y techo.

En el piso inferior, a unos veinte pies, dos túneles se abrían a ambos lados, fauces abiertas que aguardaban el paso de los incautos.

—Tenemos que bajar por ahí —indicó Deetra mientras señalaba la columna. Con dedos firmes, les mostró dónde anclar los pies y las manos. —¿Podrás? —le preguntó Renek, en referencia a su brazo malherido.

—Sí, no es nada.

Le pasó la antorcha, se ajustó el arco corto a la espalda y descendió ágil como un felino. Egon la siguió con movimientos más prudentes y seguros.

Antes de iniciar su propio descenso, un detalle en la laguna le llamó la atención.

Le lanzó la antorcha de nuevo a Deetra, y la lumbre iluminó los contornos de algo en la orilla. Tres cuerpos yacían inertes. Dos llevaban ropajes nox. El tercero, con un manto harapiento, era un desconocido.

O eso creyó al principio.

Una vez abajo, Renek se unió a los otros para examinar los cadáveres, en lo que fue un vistazo perturbador.

Al primero, que yacía boca arriba, le faltaba una extremidad.

Le habían arrancado con violencia la pierna derecha, y en su lugar se veía un muñón sangriento.

Donde debía estar la articulación solo había carne rasgada y hueso astillado.

—Este era oficial —murmuró Egon mientras golpeaba con la bota la hombrera negra que lucía en el lado derecho.

Su compañero no había corrido mejor suerte: un mordisco profundo desfiguraba su hombro, y largos arañazos recorrían desde las orejas hasta la cintura. Una herida fatal en la cabeza completaba el macabro cuadro.

El tercer cadáver estaba boca abajo. Con un físico enclenque, llevaba una coleta mal hecha.

A simple vista, ofrecía menos lesiones, pero la quietud absoluta de sus extremidades hablaba por sí sola.

Deetra, con la llama en alto, seguía un rastro de sangre que se alejaba por uno de los túneles cuando divisó un objeto pequeño, tiznado de polvo y salpicado de sangre seca. Se detuvo y lo recogió.

Era un cuadernillo maltratado.

Lo abrió con cuidado y hojeó unas páginas mientras volvía hacia ellos. Parecía un diario. Después de leer un par de ellas con detenimiento, contempló a los difuntos, inquieta. Su reacción no pasó inadvertida.

Renek volteó el cuerpo.