El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 18 Gritos en la distancia
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Capítulo 18 Gritos en la distancia

Abrió los ojos al escuchar un sonido casi rítmico que venía del exterior de la tienda.

Parpadeó un instante en la penumbra y tanteó el suelo hasta encontrar sus botas.

Se las calzó, y el movimiento hizo que Egon se removiera en su jergón, mascullando un balbuceo ininteligible antes de darse la vuelta, aún sumido en un sueño ligero.

Al salir de la tienda, encontró a Deetra junto a una bolsa de cuero gastado, inclinada sobre sí misma mientras forcejeaba con los cordones de su corsé.

La negrura cubría el campamento como una capa opresiva y le dificultaba distinguir bien las lazadas.

Frunció los labios con determinación y, tras un tirón seco, lo ajustó contra su cuerpo.

Se incorporó con agilidad.

—¿Listos? —preguntó con apremio.

Egon emergió de la tienda, todavía somnoliento.

Deetra se agachó, se colgó un arco al hombro y elevó dos cuencos humeantes.

El olor era peculiar, terroso y especiado, difícil de definir.

En el caldo flotaban fragmentos de setas, legumbres descoloridas, rodajas de rábano y trozos de pan empapado y deshecho.

Egon escrutó su cuenco con cautela, pero al final bebió sin decir palabra.

Renek lo imitó y tragó el líquido caliente más por necesidad que por gusto.

Al terminarse la sopa, Renek se excusó y se alejó hacia un rincón apartado del campamento, dejando a Egon y Deetra frente a frente. La joven, incómoda con los silencios prolongados, fue la primera en romperlo.

—Egon, ¿verdad?

—Sí —respondió él, con la somnolencia colándose en su respuesta.

—Eres un ingeniero de la Unión, ¿no?

—Ingeniero capitán, sí.

—Ingeniero capitán, guau. La verdad es que tienes porte de capitán. Debes de haber viajado mucho entonces. ¿Habías estado en Dampus antes?

—Solo de paso.

—Y ¿qué te parece?

Egon, que no estaba de humor para conversaciones banales, fue claro y directo.

—La verdad, Deetra, no es el lugar más acogedor que he conocido. Dejando a un lado a los nox, la prepotencia de algunos, el crimen y el hecho de que hay una ciudad entera enterrada bajo la otra mientras arriba viven en villas y se hartan de lagrimal... no me parece demasiado atrayente, la verdad.

—No está tan mal. Uno se acostumbra —replicó ella mientras se encogía de hombros.

Él arqueó una ceja.

—Encuentro triste tener que acostumbrarse a algo así. No te conozco de nada, no sé qué otros lugares habrás visitado, pero créeme que hay muchos sitios mucho más agradables y acogedores para una cría. Incluso para una cría con niñera.

—¡Eh, no soy una cría! —replicó Deetra, y dejó escapar la protesta a voz en cuello—.

Sé cuidarme sola y no necesito a nadie. Juzaontux es mi amigo, no mi cuidador.

—Miró al suelo, afligida—. Cuida de mí tanto como yo cuido de él...

—pero enseguida volvió a la carga—. Eres un poco antipático, ¿sabes?

Te pregunto qué opinas de la ciudad y me saltas encima como si tuviera dos años.

—Calma, jovencita. ¿Sabes por qué creo que aún eres una cría? Porque te enciendes a la mínima con cualquier comentario inofensivo.

—Uuh... —se coló la chanza de alguien.

Renek regresaba, los brazos cruzados y una sonrisa torcida en los labios.

—¿Vas a dejar que esto se quede así, Deetra? — añadió en tono burlón.

Deetra cayó en su provocación y se volvió de nuevo hacia Egon.

—¿Pero quién te crees que eres? —dijo a la vez que levantaba los hombros—. Mira, dejémoslo. Aunque tengas edad para serlo, no eres mi padre. Así que guárdate tus sermones impertinentes para ti porque yo no los necesito.

—Créeme, no tenía intención de darte ninguno —dijo Egon, que se puso la chaqueta sin mirarla—. Volvamos a lo nuestro.

Renek observó el intercambio en silencio mientras ambos se preparaban. Luego emprendieron los tres la marcha y cruzaron el campamento con paso decidido. Encontraron una hoguera donde un par de personas removían el contenido de un caldero. El olor era similar al de la sopa que acababan de ingerir.

La verja, que la noche anterior había quedado abierta, ahora estaba cerrada. No era Fausto quien la custodiaba, sino otro joven delgado y taciturno, que les abrió sin decir una palabra.

Al otro lado, la Boca del Gato se alzaba, una hendidura en la roca, imponente y amenazadora en la oscuridad del falso amanecer.

Las dos estalactitas que sobresalían de la parte superior se asemejaban a colmillos afilados, y un par de orificios más arriba en la pared sugerían una nariz pétrea, como si la montaña estuviera a punto de despertar de un largo sueño. Era fácil ver de dónde venía el nombre.

Al adentrarse en la cueva, pisando con cautela el terreno mojado, un grito gutural vibró en la distancia, resonó contra las paredes rocosas y se multiplicó en ecos perturbadores.

Renek y Egon, que caminaban con la vista fija en el suelo irregular para evitar resbalar, levantaron la cabeza al unísono, aguzando el oído, y templaron de forma instintiva los músculos.

Deetra, quien portaba la antorcha, continuó avanzando sin mostrar la menor reacción, con esa temeridad que parecía caracterizarla.

La Boca del Gato se estrechaba poco a poco, hasta convertirse en un pasadizo tan angosto que la roca caliza rozaba los hombros de Renek a cada paso, fría como un cadáver al tacto.

Avanzaba detrás de Deetra, que abría la marcha con paso ágil y seguro.

Egon cerraba la retaguardia, lanzando miradas furtivas hacia la negrura que dejaban atrás.

Bajo sus pies, las botas chapoteaban de vez en cuando en charcos.

—Cuidado con el desnivel —advirtió Deetra mientras señalaba una grieta en el suelo.

Renek tropezó, pero logró mantenerse en pie. Desde atrás, Egon masculló entre dientes.

El pasaje se alargaba con cada zancada, como si los devorase, como si la montaña quisiera tragarlos en su vientre mineral.

Tras un lapso que se les antojó eterno, sin referencias ni horizonte, el túnel desembocó en una gruta de dimensiones colosales.

La luz temblorosa de la antorcha apenas arañaba las alturas de la bóveda, pero el goteo intermitente del agua desnudaba la vastedad del lugar.

Un arroyo subterráneo, estrecho y oscuro, serpenteaba entre estalagmitas y afloramientos de piedra húmeda.

—Esto es solo el principio de la boca —anunció Deetra mientras elevaba el fuego para revelar más del entorno—. Al tramo estrecho lo llamo «la garganta». La cueva se extiende más de dos leguas. Hay partes que ni siquiera yo conozco.

—¿Cómo conoces tan bien este lugar? —preguntó Renek.

—Cuando llegué a Dampus, lo exploré durante mucho tiempo. La gente evita estas cuevas, tiene miedo de perderse. —Deetra se detuvo junto a una formación de roca con la apariencia de un asiento—. Pero yo... yo encontré refugio en ellas. Además, el agua de aquí se puede beber.

El sonido del agua goteando creaba una extraña melodía que resonaba por toda la caverna. Algunas de las formaciones rocosas emitían un brillo tenue al recibir la luz, destellos que parecían surgir de cristales incrustados en la piedra.

Un gruñido reverberó en la oscuridad, más cercano esta vez.

La calma en Renek se desvaneció. A su lado, Egon y Deetra también se pusieron en alerta, pero continuaron avanzando con cautela.

Pocos pasos más adelante, la llama vacilante reveló una figura sentada junto a la pared.

Era un hombre, medio reclinado contra la piedra, con la cabeza ladeada y la respiración pesada. Junto a él, otro cuerpo yacía inmóvil.

Egon se adelantó. Reconoció al instante parte del uniforme del ejército de Hiclaria.

El hombre vivo alzó el rostro despacio, revelando unos ojos enrojecidos, la piel amarillenta y perlada de sudor, y unas mejillas hundidas con la profundidad de pozos oscuros.

Se arrodilló ante él, le apartó el cabello pegado por el sudor y le pasó una mano por la frente con cuidado.

—Tranquilo, tranquilo —le susurró—. Soy Egon, capitán del Batallón B.

—¿Capitán...?

El soldado enfocó los ojos con un esfuerzo visible. Su mirada vagaba, perdida, y no dio muestra de reconocer al hombre que tenía delante.

—¿Qué os ha pasado?

El hombre tragó saliva, y su voz emergió cargada de un roce que recordaba a una lija húmeda.

—Tras el ataque... algunos escapamos de Bruma —jadeó—. Nos dispersamos por Dampus para no atraer la atención.

—¿Cuántos erais? —preguntó Renek.

—Quince. La mayoría acabamos aquí abajo. —El soldado señaló a su alrededor—. Era más seguro que arriba, con los nox patrullando. —Hizo una pausa para respirar—. Pasamos días escondidos aquí. Dormíamos poco. Comíamos menos. Algunos hablaban de buscar una salida...

Una tos violenta interrumpió su relato. La expectoración, pesada y cargada de moco, se hizo oír por toda la gruta. Deetra se acercó, y Renek pudo sentir pena y desasosiego en su cara. Cuando la tos remitió, el soldado continuó con voz más débil.

—Uno de nosotros... perdió la cabeza. Empezó a atacarnos sin razón. Tuvimos que... —cerró los ojos un momento— matarlo.

—¿Qué pasó con los demás?

—Cayeron uno a uno —continuó—. El hambre, el cansancio, la fiebre...

Unos cuantos decidimos adentrarnos en la cueva, pensando que podríamos encontrar una salida.

Pero algo... algo nos afectó. Algunos creían ver luces.

Voces. Dijeron que algo les había picado.

Que algo los perseguía. Todos empezaron a volverse locos, igual que el primero —se volvió un poco hacia el cadáver junto a él—.

Él solo se desvaneció. Su cuerpo no pudo más.

Aún cuando su estado era el que era, decrépito y decadente, la tentación de preguntar sobre él mismo fue demasiada. No quiso desaprovechar la oportunidad y se apresuró a indagar:

—¿Y a mi me reconoces?

Otro ataque de tos volvió a apoderarse de él. Renek dio un paso atrás por instinto y topó con el cadáver. Egon y Deetra también se apartaron.

Mas un sonido entrecortado llamó la atención de ella.