El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 33 Algo inesperado #2
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Capítulo 33 Algo inesperado #2

Se dirigió al escritorio. Informes, propuestas legislativas, cartas de solicitud para audiencias...

Todo se volvía opaco y lejano en sus ojos.

Era incapaz de ver más allá de la niebla que sus pensamientos generaban.

Se dejó caer en la silla. Se recogió un mechón por detrás de su oreja con gesto ausente en un intento de despejar su tormenta interna.

¿Estaban sus decisiones verdaderamente guiando a Hiclaria por el sendero correcto?

Sus pensamientos, sin pedir permiso, derivaron hacia Annia.

¿Había sido demasiado dura? ¿Demasiado precipitada al reprenderla con tanta rapidez?

El miedo a que su hija fuera rechazada o, peor aún, temida se cernía sobre ella sin descanso.

¿La protegía demasiado? ¿O no lo suficiente?

Suspiró y, por pura inercia, sus sentidos vagaron por el despacho.

Fue entonces cuando sus ojos se posaron en un rincón del escritorio, donde un paquete de cartas descansaba bajo un pisapapeles de cristal, amontonados con un rigor casi militar.

Entre los sobres arrugados, asomaba la última carta de Bastius, el sobre ya hendido por las veces que lo había abierto, leído y releído.

La sola mención de su mentor evocaba recuerdos de noches enteras debatiendo teorías, planes y sueños para un país más próspero.

Ahora, sin Reyo y con la duda que le atenazaba el corazón, necesitaba más que nunca la visión clara de aquel hombre que siempre había sabido guiarla.

Los márgenes del papel parecían haber absorbido sus susurros y pensamientos más íntimos, esperando que de él surgieran respuestas a las dudas que se estaban acumulando.

De forma instintiva, sus dedos acariciaron la superficie del sobre como si estuviera por desenterrar un secreto olvidado.

Bastius siempre había tenido una manera peculiar de interpretar el caos.

Él veía todo en su lugar, el equilibrio entre la tradición y la innovación, entre los sacrificios y los logros.

Se detuvo un momento antes de volver a abrir la carta.

¿Qué diría él ahora? Bastius sostenía que la política era, ante todo, un medio para la conquista del poder.

Sin embargo, loaba a varios líderes del pasado que habían hecho cosas muy importantes para el pueblo.

¿Qué pensaría de sus recientes decisiones?

¿Compartiría la opinión de Reyo o le recordaría que los grandes cambios requieren sacrificios?

La imagen de Reyo, alzándose con solemnidad ante el Consejo, volvía a su mente.

Su reproche la atravesaba y hurgaba en inseguridades que prefería mantener ocultas.

Abró el sobre. En la primera línea de la carta, las palabras de Bastius la miraban expectantes.

Reverberando en sus pensamientos, la pregunta la acechaba: ¿estaba en realidad protegiendo a Annia?

La misma incertidumbre que sentía sobre el futuro de la nación la sentía sobre lo que podría ser o no ser el futuro de su hija.

Acercó la resma de papel y tomó una hoja. El tintero aguardaba a un lado. Apoyó la punta de la pluma sobre la hoja y dejó que la tinta fluyera sin prisa. «Querido maestro Bastius», escribió, y de pronto las frases comenzaron a brotar como si hubieran estado aguardando su momento:

Le escribo desde el mismo despacho que un día me animó a ocupar, cuando soñábamos con una Hiclaria prospera y fuerte, pero nunca implacable.

Hoy, sin embargo, siento que esa visión se difumina.

He perdido a Reyo, nuestro compañero de tantas batallas.

Ha dimitido, cansado de lo que considera una deriva de nuestras convicciones.

Usted, que siempre habló de equilibrio, de la necesidad de conjugar el progreso con la prudencia, ¿qué pensaría ahora de mis decisiones?

¿Diría, como Reyo, que me he dejado arrastrar por la corriente sobreprotectora de Sadro?

A veces temo que la línea entre garantizar la seguridad y ahogar la libertad sea más delgada de lo que imaginaba.

Debe saber que los nox han vuelto a abalanzarse sobre la Unión y se extienden desde el sur como una sombra en el horizonte.

Trato de sostenerme en la idea de que todo esto, cada reforma, cada impuesto, es para proteger a nuestro pueblo.

Pero el desgaste se siente en cada rincón del Consejo, en las miradas del pueblo, que se pregunta si en realidad avanzamos o solo contenemos el caos.

Por si fuera poco, mi hija Annia… tiene ese don que me asusta más de lo que quisiera admitir.

La vi manipular el pan con una energía que no sabría cómo explicar.

Usted me habló de este tipo de facultad.

Me aterra pensar que la gente la señale, que la repudie.

¿Estoy siendo demasiado estricta con ella?

¿O tal vez demasiado permisiva? En mi afán por protegerla, temo que no le dé el espacio para aprender a manejar sus capacidades sin culpa…

Mas no puedo ceder ni un palmo si aspiro a conseguir un auge real en el territorio.

Cualquier insensatez por su parte supondría el fin de mi trayectoria política.

Se detuvo un instante, y su atención se deslizó hasta la puerta cerrada de su despacho, temiendo que alguien pudiera irrumpir y descubrir la fragilidad que volcaba en aquella carta.

Sé que, si estuviera aquí, me diría que la incertidumbre es parte del liderazgo, que el progreso no es sino una danza de pasos torpes y aciertos efímeros.

Y, sin embargo, siento que cada día que pasa el margen de error se hace más estrecho.

Los gremios se quejan, los artesanos temen, los comerciantes exigen.

Y entre todo ello, Reyo ha decidido apartarse y se ha llevado con él el eco de nuestra vieja amistad.

Espero que, al leer estas líneas, encuentre la manera de devolverme algo de esa claridad que siempre supo ver en mí.

Ojalá pueda ayudarme a recordar por qué quise ocupar este puesto, por qué quise hacer de Hiclaria un país justo y próspero.

A veces, lo admito, temo haber olvidado las lecciones más importantes que nos legó.

Cuídese, maestro. Anhelo su consejo ahora más que nunca, y aunque no tenga las respuestas me bastaría con leer sus palabras recordándome que siempre hay esperanza. Con afecto y respeto,

Gellandyn Daiarella

La tinta de las primeras líneas ya se había secado.

Sintió que, de algún modo, cada frase escrita la acercaba un paso más a la claridad.

El acto de redactar, de abrir su alma en palabras dirigidas a Bastius, resultaba igual de necesario que el aire.

En su mente, la voz de su antiguo maestro seguía siendo un eco amable.

Soltó la pluma y releyó lo que había escrito.

Sus dudas seguían ahí, palpables en cada párrafo, pero ya no la asfixiaban con la misma fuerza.

Guardó la carta sin sellarla y la dejó sobre el escritorio, lista para enviarla.

El cansancio seguía en su cuerpo, pero ahora tenía la forma de un cansancio honesto, no de una desesperanza.

Se levantó de la silla y lanzó una última ojeada al pergamino.

Sintió que, pese a todo, aún quedaba espacio para la esperanza y para el valor de corregir el rumbo.

Su mirada se perdió en la ventana. Se juró que, pasara lo que pasara, no permitiría que sus ideales se convirtieran en meros recuerdos de un ayer más sencillo.