El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 16 Tragedia y decadencia #3
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Capítulo 16 Tragedia y decadencia #3

El impacto derribó a Corl, que cayó al suelo con un gruñido ahogado.

El enfermo se retorcía sobre él con una fuerza antinatural, sus dedos destrozados arañaban el aire.

Renek llegó de un salto y lo apartó de una patada.

Pero, antes de recuperar el equilibrio, otro de los enfermos se le echó encima.

La fuerza del impacto lo sorprendió y lo hizo trastabillar hacia atrás.

Egon se lanzó en su ayuda, pero el tercero le interceptó por la espalda. El infectado le cerró los brazos alrededor del pecho como un cepo, y Egon soltó un gruñido de dolor.

Corl, tirado en el suelo, sofocado por el terror, se rehízo con un grito ahogado.

Sin pensar, pateó con todas sus fuerzas la cabeza del enfermo que forcejeaba con Renek.

El cráneo cedió con un ruido seco. Aturdido, el infectado se tambaleó.

Aprovechando el momento, Renek recuperó su espada del suelo y la hundió sin vacilar en el pecho del condenado.

El acero atravesó vísceras con un sonido húmedo.

Los ojos de Renek se dirigieron hacia Egon, que seguía luchando contra el agarre del infectado.

Pero no tuvo tiempo de volverse.

El primer infectado se había recuperado del aturdimiento y se arrojó sobre él con una violencia animal.

Rodaron por el suelo.

El antes humano y ahora engendro rugía sobre él, buscando carne con sus uñas ennegrecidas. Renek se cubrió con los brazos para frenarlo, con los ojos fijos en aquella mueca desfigurada por la corrupción.

Egon también había caído al suelo. Luchaba por liberarse, pero el peso del infectado lo mantenía aplastado contra el suelo. Su tez enrojecida temblaba por el esfuerzo de resistir la fuerza bruta del enfermo.

Fausto, que vigilaba desde la verja, intentó cerrarla, pero el mecanismo se trabó. El hierro oxidado chirrió y la puerta quedó a medio cerrar.

El infectado sobre Renek rugía tan próximo que cada espasmo de su mandíbula prometía cerrarse sobre él. Hilos de saliva espesa le resbalaban de los labios, y su aliento fétido era casi una mordida en sí mismo.

Una explosión atravesó el aire.

El cráneo del infectado estalló en una lluvia oscura. El peso muerto del enfermo cayó sobre Renek, un saco de carne inerte. Lo empujó a un lado, rodó para ponerse en pie y se enderezó encarando a Egon.

—¡Toma! —gritó Corl mientras lanzaba un cuchillo al aire.

Renek lo atrapó al vuelo. En un solo movimiento, se lanzó hacia Egon y hundió la hoja en el cuello del último enemigo.

El cuchillo cortó carne, tráquea y vasos con precisión letal.

El cuerpo del infectado se estremeció, y luego se desplomó, vomitando un chorro de sangre oscura que recordaba a tinta.

Todo quedó en silencio, salvo por las respiraciones agitadas de los tres hombres. Se incorporó con esfuerzo, sus manos empapadas en sangre, su pecho subiendo y bajando como un fuelle maltratado. Egon se apoyó en un codo, aun jadeando.

Patrica corrió hacia Corl con un grito entrecortado y se lanzó a sus brazos. Él la estrechó con fuerza, los ojos cerrados, el cuerpo aún tembloroso mientras murmuraba palabras de agradecimiento. Se asemejaban a dos ramas vencidas por el mismo vendaval, unidas por la gratitud y el miedo.

Egon, todavía en el suelo, se volvió con un quejido y alzó la vista.

Sus ojos se posaron en un perfil menudo que destacaba por su determinación serena: una chica de cabello rojo intenso, la piel pálida y mirada calculadora.

Bajaba con lentitud un arma que aún humeaba, sus dedos envueltos en la calidez del disparo reciente.

Era Deetra, y en ella se percibía una diferencia clara, una expresión muy distinta a la que mostró en su primer encuentro con ellos.

—¿Estás bien? —preguntó Renek, que le tendió la mano a Egon.

—Sí —respondió este, que aceptó la ayuda para incorporarse—. Solo magullado.

Patrica se acercó a Renek, con los ojos brillando bajo un velo de lágrimas. Su voz tembló cuando habló:

—Gracias... De verdad, gracias. No sé qué habría hecho si a Corl le hubiera pasado algo. Crecimos juntos. Es... mi mejor amigo.

Corl, aún pálido, se acercó también y tendió la mano a Renek con solemnidad.

Mientras el grupo se desplazaba de nuevo hacia el campamento, Fausto y dos hombres más examinaban la verja trabada mientras discutían en murmullos sobre el óxido del mecanismo.

Deetra se acercó a Renek y Egon con pasos rápidos, su rostro contraído por la preocupación.

—Necesito vuestra ayuda —dijo sin rodeos—. Tienen a Juzaontux.

—Dame un momento para respirar —pidió Renek, que trataba de recuperar el aliento.

—Lo siento —dijo ella, y bajó la mirada por un instante—. ¿Estáis bien?

—Gracias a ti, sí —respondió él.

—No ha sido nada —replicó ella, quitándole importancia.

Egon reparó en el arma que aún sostenía. Era un cañón corto dasteurio.

—¿De dónde lo has sacado?

—¿La bocafuego? —Deetra contempló el arma compacta de cañón corto con cierto cariño—.

Es uno de los pocos recuerdos que tengo de mi padre —luego volvió a alzar la mirada con renovada tensión—.

Por favor, Juzaontux está en peligro. Estábamos recogiendo algunas cosas para llevar al campamento misu cuando se nos echaron encima —dijo, con la voz quebrada—.

Lo ataron como a un animal y se lo llevaron. No pude detenerlos...

—Deetra, nosotros también intentamos rescatar a alguien —le interrumpió el capitán—. Llevamos tres días sin descanso y sin resultados. Cada retraso la acerca al abismo —dijo con gravedad—. Tenemos que encontrarla. Un lagarth puede cuidar de sí mismo.

—¡Lo drogaron! —exclamó ella con los ojos abiertos de angustia—. No tiene forma de defenderse. Lo matarán para arrancarle las escamas o lo venderán como esclavo. Os lo suplico... Si me ayudáis a salvarlo, os ayudaré en lo que necesitéis.

El intercambio con Egon fue mudo. Ambos sabían que sin la ayuda de Deetra sería imposible infiltrarse en el territorio de los Coyotes Rojos, y Kida seguía en paradero desconocido.

Aun así, Egon permanecía reacio, con ese gesto cansado de quien no quiere quedar atrapado, una vez más, en los asuntos de otros.

—¿Por qué no pides ayuda a los misu? —preguntó Renek.

—Ya lo he intentado —respondió ella mientras apretaba los labios—. Tienen sus propios problemas. No pueden permitirse arriesgar a nadie.

—¿Sabes dónde lo tienen?

—Los coyotes usan una parte de la Boca del Gato. Allí guardan todo lo que roban. Y a quienes capturan... hasta decidir qué hacer con ellos.

Renek sopesó sus opciones. Sus músculos dolían como si llevara días cargando piedras.

—Si te echamos una mano, debes ayudarnos a infiltrarnos en la guarida de los coyotes.

Egon suspiró y negó con la cabeza, para sí mismo, mientras se limpiaba la frente y la barba con el dorso de la mano.

—¡Vale, vale! —aceptó Deetra, desesperada.

—Necesitamos comer y dormir antes —prosiguió Renek—. No serviremos de mucha ayuda si apenas podemos mantenernos en pie. Podemos partir al amanecer. Estaremos más frescos.

Un atisbo de protesta cruzó el semblante de Deetra, pero se dio cuenta de que no serviría de nada. No quería reconocerlo, pero sabía que exponerse a los peligros de la Boca del Gato con el estómago vacío y sin haber descansado era bastante insensato.

—Podéis usar mi tienda —dijo al fin, y acto seguido se acomodó el corsé y señaló con la cabeza hacia una esquina más apartada del campamento—. Bueno, no es mía, pero es donde paso la noche cuando necesito descansar entre mis idas y venidas. A Montsa y Rubort no les importa.

Los guio por un sendero estrecho entre las demás tiendas de lonas deshilachadas hasta llegar a un rincón más tranquilo. La tienda era humilde, con la lona remendada en varios puntos, pero lo bastante grande para cobijar a ambos.

—Yo no la usaré esta noche —añadió mientras apartaba la tela de la entrada—. Tengo que preparar algunas cosas para cuando salgamos.