El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 16 Tragedia y decadencia #2
33%

Capítulo 16 Tragedia y decadencia #2

—Hay algo en ti... —dijo—. Intuyo mirada de cazador. Te envuelven aires de triunfo y grandeza —su expresión destilaba una mezcla de esperanza y recelo—. ¿Serás tú quien nos guíe a través de la oscuridad? ¿O solo otro viajero con promesas vacías, otra falsa señal para desviarnos del camino?

Renek se removió, incómodo. No era una pista. Era demencia. Trató de encontrar las palabras adecuadas, pero ella insistió:

—¿Y bien? ¿Traes salvación o perdición?

—Solo busco a alguien.

La expresión de la anciana se suavizó.

—La humildad es una virtud escasa en estos tiempos oscuros —dijo mientras se limpiaba la mano derecha en el delantal—. Soy Montsa, y cuido del Campamento del Gato, en la medida que puedo. Sed bienvenidos a nuestra humilde morada.

Le tendió un trozo de pan a Renek, y luego otro al aire, destinado a Egon.

—Gracias —lo aceptó Renek—. Estamos buscando a Deetra. Ayudaremos por aquí tanto como podamos, mientras la encontramos.

—Ah, Deetra... Hace un par de días que no la oigo por el campamento —respondió con gesto serio—. Pero, ahora que mencionas lo de ayudar, hay algo que me preocupa. Abren, nuestro curandero, dejó el campamento hace unos días y todavía no ha regresado. Temo que le haya pasado algo.

—¿Por qué se fue?

—Fue a recoger raíces para sus remedios —contestó con pesar—.

Tomó prestado el sombrero de mi marido y se adentró en la Boca del Gato.

Los nox le dieron permiso para salir del campamento.

Pero ya hace días que se fue, y aún no ha vuelto.

Quizás se hartó de este agujero y se marchó para buscar una vida mejor...

aunque en el fondo temo que le haya ocurrido una desgracia.

—¿Cómo podríamos reconocerle? —preguntó Egon.

—Abren es un muchacho lleno de vida. Siempre lleva el pelo recogido en una coleta, y su rostro, pese a la hambruna, irradia ánimo. Salió con su poncho, y se lleva su diario a todas partes.

—Si vemos cualquier cosa, volveremos para decírtelo.

—Si encontráis a Abren, el campamento entero os estará para siempre agradecido —aseguró—.

Deberíais hablar con mi esposo, Rubort —añadió, y se volvió hacia él.

El anciano estaba a algunas zancadas de distancia, agachado junto a una fogata que trataba de avivar en medio de una esplanada—. Quizás él haya visto a Deetra.

Renek mordió el mendrugo de camino al fuego.

Estaba más duro que una piedra, pero cada bocado le parecía un manjar.

Rubort, encorvado y delgado como una caña seca, manipulaba con destreza unos maderos, alimentando un fuego naciente que ya se hacía agradecer.

Las llamas iluminaban la calva moteada que coronaba su cabeza y ofrecían un pequeño consuelo en la fría caverna.

—Foráneos... —saludó sin apartar la vista de las llamas—. Bienvenidos al Campamento del Gato. Soy Rubort. No es habitual ver gente del alto mundo por aquí.

—No me extraña — se le escapó a Egon—. Sin ofender, señor.

Rubort irguió con lentitud el semblante hacia Egon. Unas cejas nevadas y demasiado tupidas difuminaron el centelleo de dos cristales pálidos, frágil en apariencia, pero sostenido por un espíritu inquebrantable.

—¿Qué trae a dos hombres del exterior a este lugar olvidado por los dystheos?

—Buscamos a Deetra —respondió, y se agachó para ayudar al anciano con una gruesa tabla.

El contacto con aquella realidad tan desnuda le resultaba abrumador. La crudeza de la vida en el campamento lo golpeaba con fuerza.

—¿Por qué seguís aquí, en esta cueva? —preguntó Egon.

Rubort tardó en responder. Removió las brasas con una rama ennegrecida antes de hablar.

—La mayoría no tenemos otro lugar al que ir.

Algunos han nacido aquí, fruto de generaciones atrapadas entre estas paredes.

Otros llegaron huyendo de la ley, por deudas, hurtos...

Expulsados por una sociedad que ya no los quiere.

—Hizo una pausa larga y contempló el fuego—.

Allá arriba hay luz, sí..., pero también miseria.

Indiferencia. Gente obsesionada con el dinero. Aquí nos protegemos unos a otros.

—Suena como una forma muy triste de vivir —comentó Renek.

—No es fácil —admitió—, pero la vida sigue. Trabajando juntos, llegará el día en que nuestra gente prosperará —rio un instante—. Empiezo a sonar como Montsa. Esa mujer ve esperanza hasta en una piedra rota. Y por eso la amo.

Renek clavó los ojos en el fuego. Dudó un instante antes de hablar.

—Hablas de prosperidad a la vez que expulsáis a los enfermos de sus hogares —cuestionó Egon.

Rubort se volvió hacia él. Su actitud, antes amable, se endureció.

—Lo hacemos por el bien común. La gorvosis no perdona, y es muy contagiosa. Además, no hay cura. Sargoth nos la tiene jurada... —dijo para sí mismo—. ¿Qué harías tú? ¿Arriesgar a todo el campamento por unos pocos?

«Sargoth, ¿otro señor del crimen?», pensó Renek al escuchar el nombre por segunda vez.

«Averiguar dónde Yvegger y sus Coyotes Rojos tienen a Kida, hacerle el trabajo sucio a Nando para que los Misu accedan a ayudarles, y todo ello con cuidado de no tropezar con ninguno de los hilos de Polvo y la Telaraña...

». La cosa estaba peor de lo que se imaginaba.

—¿Quién es Sargoth? —preguntó de inmediato.

Rubort bufó con amargura.

—Ah, claro. Vosotros los de arriba estáis por otras cosas —dijo con una mueca de disgusto—.

Ya ni os acordáis de dónde venís, ni cómo se creó Eldava.

Quizás por eso Sargoth nos castiga de esta manera.

—Alzó una rama al cielo como si hablara con las piedras del techo—.

Sargoth es quien manda estas plagas para castigarnos por nuestra arrogancia, pero también quien nos protege del declive y la afección.

El dios de la enfermedad y la decadencia protege y obsequia a quienes lo respetan, a quienes le ofrecen lo que pide.

Egon se apartó en cuanto la conversación tomó ese derrotero. Se alejó sin decir palabra y comenzó a deambular por el campamento. Renek, aún arrodillado junto al fuego, se dispuso a marcharse también.

—Hace un par de días que no veo a Deetra —retomó Rubort, como si el tema anterior se hubiera evaporado—.

A veces baja a la Boca del Gato a ayudar a los enfermos...

Tiene agallas, esa mujercilla. Pero mentiría si os dijera que sé por dónde anda ahora mismo.

—Se incorporó con esfuerzo, dejando manchas de ceniza en su andrajoso clámide gris—.

No os recomiendo ir allí. Esa grieta... Solo encontraréis muerte y podredumbre.

—Gracias, Rubort. Agradezco la información y vuestra hospitalidad.

Se levantó y se alejó en busca de Egon, a quien distinguió a lo lejos, de espaldas, al otro extremo del campamento. El cansancio les colgaba del cuerpo cual abrigo mojado después de un día tan largo.

De repente, un grito desgarrador rasgó el aire e interrumpió toda palabra.

La exclamación femenina retumbó entre las paredes de roca del campamento.

La propia caverna se hizo eco de la desesperación.

En cuestión de segundos, las lonas de las tiendas comenzaron a agitarse, y curiosos y temerosos se asomaron al exterior.

Corrieron hacia el origen del alboroto. Al llegar, vieron a Patrica gesticulando con frenesí frente a la otra puerta del muro del campamento. Su rostro estaba contraído por el pánico mientras suplicaba al guardapuerta.

—¡Por favor, Fausto! ¡Ábrela! —gritaba, rota por la angustia—. ¡Viene corriendo! ¡Si no la abres, lo van a matar!

Más allá de la muralla, una persona corría por su vida en dirección contraria a la Boca del Gato.

Su silueta oscilaba como títere que huía de un destino inevitable.

A sus espaldas, tres ecos humanos lo perseguían con paso frenético.

Sus gritos de auxilio rebotaban en la roca con una urgencia que helaba la sangre.

—¡No puedo abrir la puerta! —replicó Fausto—. ¡El protocolo es claro! Si están infectados...

—¡Si Corl muere, será culpa tuya! —aulló Patrica, fuera de sí.

—¡Y, si abro la puerta, moriremos todos! —rugió Fausto—. ¡¿Eso es lo que quieres?!

El gentío congregado alrededor observaba, paralizados por el miedo y la indecisión. Nadie se atrevía a moverse. Nadie ofrecía ayuda. Patrica volvió la cabeza desesperada, frustrada por la inacción de los demás.

Hasta que sus ojos se posaron en Renek.

—¿Qué ocurre? —preguntó él mientras se acercaba.

—¡Es Corl! —sollozó Patrica—. ¡Los enfermos lo siguen! ¡Va a morir si no le abrimos! ¡Tienes que convencer a Fausto para que abra la puerta!

—Ni lo intentes —advirtió Fausto—. No voy a abrirla.

Renek evaluó la situación con rapidez.

—Ábrela. Yo me ocuparé de ellos.

Fausto dudó. Sus ojos se clavaron en la espada de Renek y en la postura decidida de Egon. Tras un largo segundo de tensión, asintió a regañadientes.

—La abriré solo unos segundos y quiero que salgáis del campamento —concedió—. La cerraré en cuanto paséis. No pienso arriesgar nada.

Liberó el mecanismo y la verja chirrió al abrirse con el quejido agrio de una protesta contra la osadía. Renek y Egon cruzaron el umbral a toda prisa. Patrica intentó seguirlos, pero él la detuvo con una mano alzada.

—Quédate dentro del campamento —ordenó con firmeza.

En la distancia, Corl corría con la respiración entrecortada.

Miró atrás. Los tres enfermos eran una visión grotesca.

Ojos inyectados en sangre, piel apergaminada cubierta de llagas supurantes, dentaduras incompletas, zonas calvas donde el pelo se había caído a mechones.

Rostros al límite de la humanidad. De la boca entreabierta goteaba saliva espesa, como brea.

Ese vistazo atrás fue un error fatal. Perdió el equilibrio de sus pasos. Uno de los infectados lo alcanzó. Se abalanzó sobre él con la brutalidad ciega de una fiera. Los otros dos le seguían de cerca.