Capítulo 16 Tragedia y decadencia
El hambre se enroscaba en el estómago de Renek como un puño, y sus pies protestaban por las horas de caminata sobre el terreno irregular.
El trayecto hasta el extremo norte de la caverna había sido más largo de lo esperado.
El ambiente de la cueva, siempre fresco, empezaba a tornarse aún más frío conforme iban pasando las horas.
Las construcciones, ya de por sí escuetas y decadentes, empeoraban según avanzaban.
Las casas, si es que aún podían llamarse así, se asemejaban más a caparazones deformes de madera y piedra desmigajada, sostenidas por voluntad o por resignación.
Había lugares donde las paredes se curvaban hacia dentro, como intentando huir de la cueva misma.
Separado de aquellas viviendas miserables, un muro bajo y tosco, hecho de piedras encajadas de forma rudimentaria y barro seco, marcaba el umbral hacia una zona aislada.
Unos seis o siete codos de altura lo hacían parecer más simbólico que defensivo.
A un lado, una verja de hierro oxidado y torcida por el tiempo servía de entrada.
Un centinela nox, ataviado con un uniforme oscuro, montaba guardia con el gesto abotargado y los párpados a medio cerrar.
Egon interpuso la mano para detener de forma discreta a Renek. Se ocultaron tras una esquina ennegrecida por la humedad, donde el musgo trepaba por la piedra y parecía una costra enferma.
—Tengo una idea —susurró, sin apartar la vista del centinela.
Observó sus movimientos. El nox mantenía la compostura, pero sus hombros vencidos delataban el cansancio de una guardia demasiado larga o de una vida que ya no empujaba con fuerza.
—Le diré que venimos de parte del médico del Distrito Popular. Que estamos aquí para recoger muestras de enfermos de gorvosis.
Renek torció el gesto.
—¿Muestras?
—Sí, que él no puede venir y nos ha pagado unas monedas para encargarnos. Es creíble que un médico necesite muestras —palmeó el bolsillo de Renek— Con eso y el pase de la oficial, debería dejarnos pasar.
—¿Y si no cuela? —preguntó mientras recuperaba el documento.
Inspiró hondo, como quien se prepara para saltar a un río helado.
—Improvisaremos.
Se acercaron a la verja con paso firme. Egon levantó la mano a modo de saludo y procuró no mostrarse ni demasiado casual ni demasiado marcial. El centinela enderezó la postura y agarró su lanza con más fuerza.
—Documentación —les exigió.
Explicó el supuesto encargo con tono convincente y le tendió el pase. El nox lo tomó y lo examinó bajo la tenue luz de una lámpara de aceite.
—Aquí dice «comercio con especias» —dijo el centinela con recelo—. ¿Acaso intentáis...?
Renek fue a intervenir, pero antes de que pudiera hilar una excusa, un movimiento rápido cruzó el aire. El puño de Egon impactó con violencia contra la mandíbula del guardia. Se desplomó con un crujido sordo.
Renek se quedó atónito y miró a su compañero con asombro.
—Ni una palabra —masculló Egon, y cruzó la verja con la indiferencia más natural del mundo.
Parpadeó un par de veces antes de seguirlo, aun procesando el giro inesperado de los acontecimientos.
Desde lo alto de una pequeña elevación, la vista del campamento se abría ante ellos, una llaga expuesta en la tierra.
Chabolas destartaladas se amontonaban unas contra otras, dando lugar a callejones que recordaban a madrigueras.
Levitaba humo ralo de hogueras improvisadas, y el olor de la enfermedad y la miseria se pegaba al paladar.
—¿Esto es...? —musitó Egon, pero la frase murió en su garganta.
Un golpe repentino casi derribó a Renek. Un hombre huesudo, apenas un esqueleto envuelto en piel, se había aferrado a él con manos temblorosas. Renek lo apartó con reflejo instintivo. El mendigo cayó de rodillas, con las palmas abiertas en súplica.
—Por favor, señor... unas monedas, lo que sea...
Dudó. Luego rebuscó en su bolsillo y le lanzó la única moneda que llevaba encima. El hombre la atrapó con un temblor de emoción.
—¡Que Sargoth lo bendiga, señor! ¡Mil gracias! ¡Mil gracias!
—¿Sargoth? —preguntó Renek mientras se volvía hacia Egon. Pero, antes de obtener respuesta, una muchacha surgió entre dos tiendas.
—¡Fuera de aquí! —espetó una mujer, espantando al mendigo como a un perro flaco—. Disculpad a este pobre hombre. No penséis que todos somos así en el Campamento del Gato. Me llamo Patrica.
Iba mal vestida, pero se mantenía erguida. Su voz tenía firmeza, y sus ojos, aunque cansados, no habían perdido la claridad.
—No veo a muchos gatos —ironizó Egon mientras miraba a uno y otro lado.
—Así llamamos a este lugar —explicó ella, sin ofenderse—.
Se dice que, hace siglos, en los tiempos de la Lluvia Interminable, un gato guio a un grupo de peregrinos hasta esta cueva.
Puesto que no tenían adónde ir, terminaron asentándose aquí.
Con el tiempo, se expandieron por toda la caverna hasta poblar de nuevo la superficie.
De hecho —señaló una grieta enorme en la pared de roca—, a eso le llaman la Boca del Gato.
Se pierde hacia el fondo de la montaña, nadie sabe hasta dónde llega.
Se rumorea que los primeros peregrinos se adentraron en la Boca y la tomaron como espacio de culto.
Ahora es solo el lugar donde llevamos a los enfermos de gorvosis para tratarlos sin que supongan un peligro para los demás.
—¿O sea que los expulsáis del campamento sin más? ¿Para enviarlos... adónde exactamente? —preguntó Egon, incrédulo.
—La gorvosis es una enfermedad traicionera —explicó Patrica con gravedad—.
A veces solo provoca fiebre y debilidad extrema.
Pero en otras ocasiones... transforma a las personas.
Les arrebata la razón. Se tornan agresivos, impredecibles, como bestias acorraladas.
Actúan con una violencia ciega. No siempre es así, pero cuando ocurre... hay que tomar decisiones difíciles.
—Pero algo se podrá hacer por ellos. No me digas que la única opción es mandarlos fuera y esperar a que mueran —dijo Egon.
—¿Qué vamos a hacer? —respondió Patrica con un suspiro denso—.
No hay cura para la gorvosis. Hay rumores de un brebaje que podría llegar a funcionar, pero debe de costar cientos de zaires.
Además, nadie en el campamento va a arriesgar su vida para administrarles nada a unos individuos que es posible que te revienten el pescuezo sin querer.
—Suena un poco cobarde por vuestra parte abandonar a vuestra gente para morir de ese modo.
Patrica miró a Egon, también Renek. Por un instante, la fortaleza en el rostro de la muchacha se quebró. Respondió más bajo y con el tono roto.
—¿Y qué puedo hacer yo para ayudarlos? —Bajó la vista, contemplando el polvo a sus pies como si en él se escondieran las respuestas de alguien que lleva mucho tiempo enfrentando dilemas imposibles—.
Dejarlos aquí sería condenar al resto de nosotros.
Y así lo vemos todos. Ahí, la falta de luz los mantiene tranquilos, y sin ruidos que les provoquen...
Tal vez seamos cobardes, sí. Pero al menos reducimos el número de hermanos que mueren.
—Alzó la mirada. Tenía los ojos enrojecidos, a punto de llorar—.
Eso es lo que nos decimos para poder dormir por las noches.
Hubo un silencio. Entonces Patrica se fijó bien en sus ropajes y los observó con repentina curiosidad.
—Venís de arriba, ¿verdad? ¿Cómo es? ¿Cómo es el mundo allá fuera?
—Bueno... —empezó Egon, que no sabía del todo como recuperar el tono después de la anterior respuesta de la joven.
—Sueño con ver el sol algún día —lo interrumpió ella, teñida de melancolía—. Y oler las flores de verdad.
—¿Nunca has salido de aquí? —preguntó Renek, con una mezcla de sorpresa y compasión.
—No. Pero Rubort sí. Él y Montsa son los más viejos del campamento.
Ella cuida de todos, y él... —Patrica sonrió con afecto— bueno, él sabe cosas.
Es sabio. Vino del exterior. A veces nos cuenta historias, aunque dice que allá arriba no todo es tan hermoso como creemos.
Siempre me repite que deje de soñar tanto con salir y me centre en los que tengo cerca. Que eso también es esperanza.
—¿Recibís muchas visitas del exterior?
Patrica negó con la cabeza.
—Casi nunca. Y los que vienen están solo de paso. Ninguno se detiene a hablar. Vosotros sois la excepción.
A Renek el hambre le mordía el estómago. Sentía el cansancio acumulado en cada hueso, y la idea de seguir charlando le parecía, de pronto, innecesaria.
—Lo siento, Patrica. Debemos continuar.
—Oh... —dijo ella, desinflándose un poco—. Bueno, si alguna vez necesitáis descansar..., esa es mi tienda. —Señaló una estructura modesta, con los pliegues remendados y cuerdas bien tensadas—. No tengo mucho, pero me encanta escuchar historias del mundo exterior. Y ayudar, si puedo.
—Gracias —respondió Renek con un leve gesto de cabeza.
A lo lejos, una pequeña multitud se arremolinaba alrededor de una anciana menuda.
Repartía con gestos pausados lo que parecían raciones de comida.
Renek se acercó mientras los últimos sujetos del grupo se alejaban con sus raciones.
La abuela sostenía los últimos mendrugos cuando orientó el rostro hacia ellos y se quedó quieta.
Bajo sus cejas ralas temblaban dos lunas apagadas, veladas por la neblina de los años.
Iris y pupila se fundían en una capa blanquecina opaca.
Cuando notó a Renek al alcance, alargó una mano y tentó su ropa.
Su expresión se tornó dubitativa al palpar prendas gruesas y pesadas, en lugar de los harapos habituales del campamento.
Luego, siguió leyéndolo con la mano hasta acariciarle la cara, como si sus dedos buscaran sentido en un tejido de signos invisibles.
—Benditos sean los dystheos... —susurró la anciana, más para sí misma que para ellos—. ¿Será posible? ¿Eres tú? ¿Has venido a llevarnos hacia la salvación? —su voz se oía algo trémula.
Renek vaciló, incómodo, pero la anciana no apartaba sus dos orbes lechosos de él. De entre todos los lugares, ¿ahí encontraría una pista?
—¿La conozco?