El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 15 Accidente
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Capítulo 15 Accidente

El aire viciado del Distrito Subterráneo se adhería a la garganta como una lengua sucia de humedad.

Emergieron del túnel que los había llevado al campamento misu.

Por las calles oscuras tenían que esquivar piedras y barriles podridos.

También sacos de tela y cajas de madera se apilaban contra las paredes, lo que dificultaba un poco su paso.

Un crujido repentino los obligó a alzar la vista.

Dos tejas negras, debilitadas por el moho y los hongos, se soltaron del borde de un tejado y cayeron con violencia.

Una de ellas rozó el pómulo de Renek antes de hacerse añicos contra el suelo.

Los fragmentos de cerámica se dispersaron a sus pies, pedazos que recordaban la forma de dientes de fiera rotos.

Se pasó los dedos por la cara. No sangraba, pero le quedó una línea roja y caliente en la piel.

Al doblar una esquina angosta, divisaron a alguien agazapado tras un arcón maltrecho, observando algo al fondo de la calle. Era una mujer de mejillas chupadas y ropas harapientas. Al oír sus pasos, se levantó de golpe y les cortó el camino con una postura tensa y amenazante.

—Esta calle está cerrada.

Renek frunció el ceño, irritado.

—¿Quién eres? ¿Y por qué está cerrada una calle?

La mujer respondió desenfundando un cuchillo.

—Está cerrada y punto. ¿Qué queréis?

—Nada, solo damos un paseo —respondió Renek, que avanzó de forma deliberada.

—Mira que os he avisado.

Se abalanzó sobre él con la violencia de una fiera acorralada.

Renek, anticipando el movimiento, eludió el ataque.

Atrapó su muñeca en pleno impulso. Con un giro brusco, redirigió su propia fuerza contra ella.

El cuchillo se clavó entre su clavícula y el cuello con un sonido húmedo, y la mujer emitió un quejido seco antes de desplomarse, deshecha en un peso blando y sin forma.

—¡Por todos los avernos! —ahogó Egon entre dientes mirando a todos lados para asegurarse de que nadie había sido testigo de aquella escena.

Renek notó un vacío en el estómago. Miró a la mujer a sus pies. No terminaba de reconocer lo que había hecho.

—¿¡Era necesario matarla!?

La escena se recomponía en su mente a destiempo. ¿Cómo había reaccionado así de rápido? La mujer ya no se movía.

—Ella me atacó primero... ¡Se me echó encima!

—¿Qué necesidad había de continuar por esta calle? Podríamos haber tomado otra —protestó Egon, aún nervioso por la situación.

—De nada por salvarte la vida —respondió mientras se limpiaba las manos en su pantalón y continuaba su camino, dejando el cuerpo atrás.

Avanzó por la callejuela, molesto por el reproche de Egon. Detrás, el ingeniero lo seguía con la mandíbula apretada y lanzaba miradas acusadoras a su espalda, como si cada paso que daban fuera una afrenta personal contra su sentido del deber.

Pero pronto un murmullo apenas perceptible rompió el silencio. Renek levantó una mano, señal de alerta, y se volvió para pedirle discreción con un dedo sobre los labios. Ambos se deslizaron con sigilo hasta refugiarse tras unas urnas de mimbre apiladas contra la pared.

Desde la intersección próxima, una claridad escasa delineaba tres figuras que discutían en voz baja pero tensa.

Un hombre delgado y de estatura media enfrentaba a otros dos con un pañuelo rojo al cuello.

El hombre delgado mantenía una postura relajada.

En cambio, los otros dos gesticulaban con agitación.

—No tenéis derecho a exigirnos nada —gruñó uno de los coyotes rojos—. ¿O acaso queréis que involucremos a Yvegger en esto?

El hombre ni se inmutó ante la intimidación.

Pero de la calle perpendicular surgió un desconocido.

La piel curtida de su cráneo rapado quedó al descubierto, marcada por pequeñas muescas blancas, cada una memoria muda de un golpe.

Sus hombros, tan anchos que ocupaban media callejuela, se movían con la calma de un toro que sabe que nada se interpone en su paso.

Sostenía una maza, y se plantó junto al primer hombre sin decir palabra, sus ojos fijos en los coyotes rojos. Les sacaba una cabeza a todos.

—Ah, vaya por dónde —escupió uno de los coyotes—. Batur, la escoria mercenaria. ¿Ahora haces de perro faldero para Polvo?

El otro coyote sacó un puñado de monedas y las arrojó al suelo frente al matón.

—Ahí tenéis vuestro pago. Que Polvo no se queje.

Ambos se marcharon a toda prisa, escudriñando con recelo lo que dejaban atrás, movidos por la desconfianza aguda de sabuesos frente al rastro del lobo. El hombre que había hablado con ellos sonrió y murmuró:

—Qué lástima, Batur. Con lo que disfrutas una buena pelea.

El mercenario observó con atención como los coyotes se alejaban.

Renek y Egon decidieron que era momento de moverse. Pero el crujido de sus botas traicionó su presencia. Batur se volvió hacia ellos con calma glacial, como un oso despertado a medias. Sus ojos recorrieron sus cuellos. No vio pañuelos rojos.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó con voz grave.

— No estamos dando un paseo —respondió Egon con sarcasmo, cruzando con Renek una mirada elocuente—. Tampoco buscamos pelea. Oímos la discusión y no quisimos meter la nariz donde no nos llaman.

—Sabia decisión —dijo Batur con aire de suficiencia—. Los Coyotes Rojos pueden ser... molestos cuando se les nubla la razón. Son patéticos. Por suerte, Polvo los mantiene a raya.

Se dio la vuelta para marcharse. Pero Renek, recordando lo que Sonne le había contado, no lo dejó ir con tanta facilidad.

—¿Quién eres?

El mercenario lo miró por encima del hombro.

—Alguien con quien no queréis tener problemas. El resto no es asunto vuestro.

Y, sin más palabras, desapareció entre los recodos del distrito.