Capítulo 14 Un favor por un favor #2
Al final del pasadizo, una gran puerta ancha semicircular de madera y metal les cerraba el paso.
Medía al menos siete codos de alto, con dos teas clavadas en los muros a cada lado.
Dos trozos de tela con el dibujo de un roedor sujetando una moneda con la boca pendían a izquierda y derecha.
En medio, una mujer de cabello muy corto y constitución robusta montaba guardia.
Su mano descansaba sobre la empuñadura de una espada, pero sus ojos ya se habían clavado en ellos antes de que dieran el último paso.
—Alto ahí —ordenó con firmeza—. Aquí no se os ha perdido nada. Dad media vuelta y volved por donde habéis venido.
Renek se detuvo al instante, con una palma abierta en señal de paz.
Mantuvo la distancia.
—Venimos a ver a Nando Pez —dijo, con tono sereno.
A la escasa luz de las teas, reparó en un pequeño fragmento de cristal engarzado a la ceja izquierda de la mujer, que capturaba los reflejos como una joya puntiaguda.
—Me imagino que no habéis venido a tomar el sol. Todo el mundo quiere ver a Nando. Pero ya no recibe visitas.
—¿Por qué? —preguntó, y dio un paso adelante.
La mujer no retrocedió.
—Los nox presionan desde arriba, los Coyotes Rojos desde abajo — explicó ella sin dejar de estudiarlos—. Demasiados peligros. Nando no arriesgará la seguridad de los suyos por unos desconocidos.
—No venimos con malas intenciones. Podríamos ser aliados contra ambos —insistió Renek.
Egon puso los ojos en blanco, exasperado por la facilidad con la que su compañero adquiría compromisos.
La mujer les miró las manos, el cuello y el pecho. Comprobó una a una las razones para no abrirles la puerta.
—No mostráis nada que os delate como miembros de ninguna banda —concedió, sin suavizar el tono—.
Y no sois nox, eso está claro — hizo una pausa—.
Que sea Nando quien os eche un vistazo y mida si le podéis servir para algo —se acercó a la gran puerta y golpeó cinco veces en un patrón rítmico.
Desde el otro lado, resonó un engranaje—. Eso no significa que me fíe.
La puerta se abrió con un gruñido profundo y reveló un tramo más de túnel, mal iluminado por lámparas de aceite. Al fondo, otra puerta idéntica aguardaba.
—Entrad. Que hable con vosotros. Pero cuidad vuestras palabras y vuestros gestos. Si dais un solo motivo, yo misma os mataré.
Un hombre se hallaba entre ambas puertas. Repitió el patrón de golpes sobre la segunda puerta, que respondió tras unos segundos. Luego se hizo a un lado para dejarles paso. La mujer caminaba tras Renek y Egon. El hombre de la segunda puerta retrocedió para tomar su puesto anterior.
Al cruzar la segunda puerta, los recibió una sala amplia de techo bajo, excavada en la roca.
En el lado opuesto, otra puerta semicircular permanecía cerrada.
A un lado de esta, una mesa de trabajo rebosaba de herramientas, astillas y fragmentos de cuerda.
Un hombre de cabello rizado canoso y anteojos montaba con dedos hábiles una estructura que tomaba forma de baúl de madera.
Dos mastines dormían a lado y lado del hombre.
Algunos cargadores cruzaban la sala de un pasillo a otro con cajas a cuestas, sin detenerse demasiado.
La mujer que los había escoltado se adelantó y se plantó frente al hombre de la mesa.
—¿Has visto, Emila? ¡Anda que no cabrán caracoles en esta jaula!
—Nando, estos dos quieren verte.
—Hola, Nando, somos…
—¡Silencio! —les cortó en seco la mujer. Los dos perros estiraron el cuello de golpe—. Nando no os ha dado la palabra. Aquí no sois invitados. Solo visitantes.
El hombre dejó a un lado la caja a medio construir y se limpió las manos en el delantal marrón de trabajo. Sus ojos, velados por años de desvelo, se posaron sobre ellos con una mezcla de cansancio y curiosidad. La mujer seguía rígida, alerta como una trampa de muelle.
—Tranquila, Emila —dijo Nando sin perder la calma—. No hay necesidad de tanta hostilidad con quien no nos ha dado motivos para ello.
No era lo que Renek había imaginado. Nando Pez tenía el porte de un viejo artesano más que el de un cabecilla rebelde.
Su pelo gris le caía de manera descuidada en forma de greñas por la parte trasera.
La barriga se le perfilaba bajo su delantal de trabajo.
Pero había firmeza en él. Su postura y movimientos sugerían que aún mantenía cierta agilidad.
—Eres demasiado confiado, Nando —murmuró Emila, sin apartar la vista de los recién llegados—. Sabes cuántos te quieren muerto.
—Por eso —respondió él con serenidad—, no pienso parecerme a ellos. Siempre estaré dispuesto a dialogar —se volvió hacia ella—. Déjanos hablar.
Emila soltó un resoplido y cruzó los brazos.
—Como quieras. Pero que sepan que si hacen el más mínimo movimiento...
—Les caerás encima —completó Nando con una sonrisa—. Lo sé. No me lo recuerdes a cada instante. Disculpad la bienvenida tan... cautelosa. Las cosas no están fáciles, con más bandas que nunca atacándose entre sí. Y los nox... bueno, digamos que no ayudan.
—¿Qué relación tenéis con ellos? —preguntó Renek.
Nando entrecerró los ojos, y su voz perdió toda docilidad.
—¿Relación? —repitió con amargura—. Han saqueado almacenes, extorsionado a comerciantes, intimidado a familias enteras, incluso a mis hijos... Si bajan hasta aquí, no os quepa duda: hasta los grupos más enfrentados encontrarán un motivo para unirse.
Egon dejó escapar una risa escéptica.
—Supones demasiado —intervino Egon, con tono escéptico—. Los nox son demasiado astutos para dejarse caer por aquí. Creedme, si quisieran, se harían con el Distrito Subterráneo en un abrir y cerrar de ojos.
—Puede ser —concedió Nando—, pero hasta ahora no se han atrevido a bajar. Aunque tampoco es fácil negociar con ciertas bandas. Los Coyotes Rojos, por ejemplo, no atienden a razón.
—Alguien nos dijo que tenías información sobre los soldados de la Unión que llegaron a Dampus en busca de refugio —intervino Renek, directo — ¿Qué sabes al respecto?
Nando lanzó una mirada fugaz a Emila antes de responder. Su expresión era cauta.
—Los nox los han rastreado por toda la ciudad —dijo al final—. Y no parecen dispuestos a dejar de buscar.
—Nando, podrían ser espías... —murmuró Emila, lo bastante alto como para que todos la oyeran.
—¿Espías? —Nando negó con la cabeza con escepticismo—. Si los nox quisieran infiltrarse, habrían enviado cincuenta hombres, no dos. Y mucho mejor armados.
—No tenemos nada que ver con ellos —aseguró Renek—. Seguimos nuestro propio camino.
Nando asintió con lentitud, aunque sus ojos no perdieron del todo el recelo.
—Los Coyotes Rojos capturaron a algunos soldados que buscaban refugio aquí abajo —continuó—. Entre ellos había una oficial. Kida, creí escuchar que se llamaba.
A Egon se le abrieron los ojos de par en par al escuchar el nombre.
—¿Kida? Entonces está viva... —susurró. El nombre le había abierto una puerta cerrada a cal y canto—. ¿Qué sabes de ella?
El semblante de Nando se oscureció.
—Lo siento, compañero. Hasta donde sé, está cautiva en su campamento. Y con esos hombres... solo los dystheos saben para qué la retienen.
—¿Para qué iban a querer los Coyotes Rojos a una prisionera, una boca más que alimentar? —preguntó Renek.
—Para pelar patatas —dejó ir Emila, cargada de mordacidad.
Nando lo miró, valorando si en realidad era una pregunta sincera.
—Son una banda de desalmados. Les da igual todo, y su máxima preocupación es beber y vivir un día más.
Por lo general, se aprovechan de la gente que se aventura en el distrito y los convierten en sus esclavos.
A algunos les hacen cargar cajas pesadas, a otros les hacen hacer el trabajo sucio...
—hizo una pausa, en la que miró a Egon y después otra vez a Renek— y es de sobra sabido que fuerzan a algunas mujeres a hacerles compañía.
La mayoría de las veces las venden a otros postores, como Polvo.
Guardó silencio unos segundos, hasta que recuperó contacto visual con Egon.
—Pero una oficial de la Unión... eso es otra cosa. Puede que Yvegger, su líder, tenga otros planes.
Egon apretó la mandíbula. Su tono fue bajo, cargado de rabia contenida.