El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 14 Un favor por un favor
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Capítulo 14 Un favor por un favor

Se detuvieron cerca de la barra. En una sala contigua, entre risas ebrias y golpes de jarra, Renek reparó en una silueta frágil que rompía la monotonía del lugar cual chispa en la oscuridad.

Era una chica muy joven, de estatura pequeña y piel de un tono blanco peculiar, como si el sol nunca hubiera osado quedarse mucho tiempo en ella.

Dos largas trenzas rojizas, más cercanas al rubí que al cobre, oscilaban de forma suave con sus movimientos, adornando un rostro salpicado de pecas diminutas sobre una nariz curva y algo respingona.

El contraste con el entorno grisáceo y mugriento del Distrito Subterráneo la hacía resaltar de manera casi irreal.

Pero, en ese momento, su porte grácil y juvenil estaba turbado por el acoso de dos hombres corpulentos que la habían arrinconado contra una mesa. Su vestimenta, para nada apropiada en una muchacha de su edad, no ayudaba en aquel ambiente.

—¿Qué hace una cosita tan bonita como tú en un sitio como este? —balbuceó uno mientras deslizaba un dedo bajo la cinta negra que le ceñía el cuello a modo de gargantilla, tirando de ella lo justo para acercarla.

La joven se apartó de un latigazo, con una agilidad instintiva que, en su delgadez fina, era más propia de un cervatillo que de una habitante de aquel distrito.

—No me toques.

El segundo hombre, que apestaba a tabaco barato y desesperación, se inclinó sobre ella.

—Este no es sitio para una niña. Quédate con nosotros, solo queremos jugar un poco.

—¿A quién llamas niña, cara salmón? —replicó la joven, con un timbre aún teñido de un matiz juvenil, y alzó la barbilla para ganar altura—.

Si no os apartáis ahora mismo, no solo jugaréis conmigo, sino también con Juzaontux —espetó, y luego se irguió sin una gota de miedo todo lo que su pequeña estatura le permitía, en una declaración tan afilada como su mirada verde gris.

Desde una mesa cercana se oyó un bufido resignado por encima del murmullo general.

—Deetra, estoy comiendo.

—¡Juzaontux! —insistió ella, con la irritación de quien acciona una palanca conocida y no funciona.

Con un suspiro que sonó como un siseo, un coloso de escamas se levantó con lentitud y ocupó el espacio con la solidez de una mole de piedra viva.

Sus hombros eran casi tan anchos como la mesa que dejaba atrás, y su cabeza, coronada por un par de cuernos cortos que nacían en la nuca, sobresalía por encima de todos en la taberna.

Las conversaciones cercanas se apagaron.

Su enorme cuerpo brilló bajo la luz que se deslizaba por un entramado de láminas grises salpicadas de vetas ocres.

Se acercó con desgana, arrastrando las piernas con una cadencia lenta y pesada.

Su cola, larga y musculosa, describía un vaivén que obligaba a los más cercanos a apartar los pies.

Sus ojos, amarillentos y rasgados como los de una bestia mitológica barrieron con calma el rincón donde los dos hombres retenían a la joven.

No había rabia en su expresión, sino una evaluación fría y precisa que bastó para que los dos hombres retrocedieran. Uno tropezó con sus propios pies.

—Esto no va contigo, lagarth —gruñó uno, aunque su disfraz de valentía se aguantaba por dos hilos.

Juzaontux no cambió el gesto. Solo se detuvo a una distancia que obligaba a los acosadores a mirarlo hacia arriba. La joven cruzó los brazos sobre su pecho, una media sonrisa asomaba en sus labios.

—No, pero ¡juguemos! —dijo con crecida confianza—. ¿No queríais jugar a no sé qué? ¡Cuántos más seamos mejor nos lo pasaremos!

Los hombres intercambiaron miradas nerviosas y murmuraron algo ininteligible entre dientes. Superados por la mordacidad de la joven y la presencia del lagarth, se retiraron.

La jovencita saboreó la victoria alzando el mentón y apoyando los puños en la cintura que su camisa y corsé dejaban al descubierto, como si aquel altercado no hubiese sido más que una trivialidad.

Solo cuando los intrusos se perdieron entre la negrura de la sala, sus hombros se relajaron, un respiro robado al miedo.

Renek y Egon se acercaron con cautela.

—¿Todo bien? —preguntó Renek, que mantenía una distancia prudente para no incomodarla.

—Mostraste mucho valor con esos dos —añadió Egon, admirado.

La joven se irguió aún más. Esas palabras le insuflaron altura, aunque sus ojos aún quedaban a más de un palmo de altura de los de Renek. Su mirada chispeó con una mezcla de orgullo y diversión mientras señalaba con el pulgar al lagarth, que se había quedado de pie junto a ella.

—¿Veis a este grandullón? Mi guardaespaldas personal. Con él cerca, nadie me toca ni un pelo —proclamó, con una seguridad que era mitad broma, mitad certeza.

En su tono juguetón, Renek notó un matiz de cariño genuino hacia la criatura.

El lagarth, inmutable, se quedó junto a ella cual torre silenciosa.

Solo el leve vaivén de su cola traicionaba su incomodidad ante aquella presentación tan ligera.

El examen de la chica se deslizó por las ropas de Renek y Egon con agudeza.

No se detuvo más de un segundo, pero Renek sintió que le había leído cada costura, cada arruga y cada pliegue; y que había descubierto que ellos, estaba claro, no pertenecían a aquel lugar.

—No me suenan vuestras caras. Tus cejas me parecen interesantes — dijo refiriéndose a Egon—. Son gruesas, largas y afiladas. Cómo tu nariz.

Egon miró a Renek sin saber qué decir.

—Permitidme daros la bienvenida al rincón más encantador y aromático de Dampus —anunció la muchacha con un sarcasmo desbordante—. Soy Deetra, y este es Juzaontux. Contadme, ¿qué trae a dos forasteros por estas galerías tan... perfumadas? —preguntó mientras ladeaba la cabeza.

Se preparó para responder, pero Egon se le adelantó con una explicación seca sobre asuntos comerciales, tan neutra y ensayada que habría encajado en cualquier interrogatorio oficial.

El gesto de Deetra se contagió de sospecha: su expresión aún conservaba el brillo del humor, pero sus ojos, grandes y penetrantes, adquirieron una sombra de desconfianza.

—¿Y qué hacen una niña de tu edad y un lagarth en un lugar como este? —se le escapó a Renek, sin malicia, pero también sin pensar. El efecto fue inmediato.

—¿Una niña? —Deetra alzó una ceja con teatral indignación y acomodó su cinturón—. Disculpa, cegato, pero tengo dieciséis años y de niña no tengo nada.

—Perdón, no quería...

—Es broma, no te preocupes —interrumpió ella mientras le guiñaba un ojo—. Me lo preguntan mucho. Aunque en general no lo vuelven a hacer después de mi patada de cortesía en la entrepierna. Pero con vosotros haré una excepción —añadió, con una sonrisa ladeada—. No tenéis pinta de mala gente.

—Vaya, me alegro —dijo Egon con una leve exhalación por la nariz—. Tenemos que irnos, pero me alegra que lo de antes no pasara a mayores. Un placer.

—Sí, nosotros también nos iremos. Esta taberna está cada vez más aburrida. Ni música decente tienen —se quejó Deetra mientras se agachaba para asegurarse de que los bajos del pantalón, ajustado y gastado en las rodillas, quedaban bien metidos en las botas altas.

—Mmmm... apenas he empezado el estofado —gruñó Juzaontux, decepcionado.

—¿Esa porquería? Algún día vas a enfermar comiendo aquí. No entiendo como te puede gustar eso, y menos con tu extraordinario gusto y olfato. Vamos, ya comeremos otra cosa en el refugio misu.

El nombre fue una campana en los oídos de Renek. Cruzó un vistazo veloz con Egon y se volvió hacia la muchacha, que ya se alejaba con el lagarth pisándole los talones como una sombra escamosa.

—¿Has dicho refugio misu? —preguntó.

Deetra se detuvo, se volvió y ladeó la cabeza. Sus trenzas ardientes se volvieron con ella, atrapando la luz de las velas.

—Sí, ¿por?

—¿Podrías llevarnos hasta allí? Es importante.

Ella entrecerró los ojos, con aire pensativo.

—Lo siento, tengo otros asuntos que atender. —Se ajustó la pequeña bolsa que llevaba al hombro—. Pero puedo deciros cómo llegar.

Juzaontux emitió un sonido gutural que sonó a desaprobación. Deetra lo ignoró con la soltura de quien está acostumbrada a hacerlo.

—Seguid esta calle hacia el este. Cuando veáis tres antorchas juntas en la pared izquierda, girad a la derecha. Hay un pasadizo estrecho, casi invisible si no sabes que está ahí. Seguidlo hasta el final.

—Suena complicado —murmuró Egon con gesto serio.

—Es la idea —respondió ella—. Pero os advierto: los misu no son muy dados a recibir forasteros. Y menos en estos tiempos.

—¿Por qué nos ayudas a encontrarlos entonces? —preguntó Renek.

Deetra se encogió de hombros.

—Porque no parecéis de los que guardan oscuridad en el corazón. Aunque —añadió, pícara— podría equivocarme.

El recluta y el capitán no perdieron tiempo. Salieron de la taberna y se adentraron en las profundidades del distrito siguiendo las indicaciones de Deetra.

—Esto es inmenso —musitó Egon—. Nunca imaginé que hubiera tanto espacio aquí abajo.

Renek pensaba en cómo era posible que casi toda una población viviera bajo tierra. Las construcciones se adaptaban a la forma natural de la caverna, y el sonido apagado de voces y el ocasional destello de luz indicaban que la vida continuaba incluso en las profundidades más recónditas.

Por fin, tras un par de giros y tramos descendentes, encontraron el pasadizo del que Deetra había hablado: tres antorchas juntas a la izquierda antes de girar a la derecha.

Al adentrarse en él, notaron cada respiración volverse más difícil bajo la presión de la humedad en el ambiente.

En tanto avanzaban, el túnel se estrechaba.

En algunos puntos tuvieron que girar el cuerpo para seguir adelante, con la roca húmeda rozando sus hombros.