Capítulo 13 El Distrito Subterráneo #4
—Lo encontré junto al mirador, al final del túnel. Me pidió ayuda para escapar del distrito y confesó que lo estaban buscando. Escondí su cadáver cerca de ahí. Su sangre aún debe manchar la roca.
Sonne negó con la cabeza, divertido.
—Qué idiota... cavarse su propia tumba. Pero ya sabes cómo funciona esto, forastero: sin cabeza, no hay premio. Lo máximo que puedo darte son cincuenta monedas de plata.
—Súbelo a una de oro y te diré dónde encontrar el cuerpo. Si quieres su cabeza, puedes ir a buscarla tú mismo —añadió Renek, que dejó escapar una breve exhalación con deliberado desdén.
Se volvió hacia la mujer sentada en el apoyabrazos, luego clavó de nuevo los ojos hundidos en Renek. Sonrió con los dientes entreabiertos, encantado.
—Con un par, sí, señor. Me gustas, muchacho —dijo mientras sacaba una pequeña bolsa de tela de debajo de su asiento. Le lanzó una moneda de oro a Renek, que la atrapó con expresión neutra—. En el mirador, ¿eh? Mandaré a alguien a buscarlo. No costará encontrarlo. Polvo se va a partir de risa.
—A propósito, me han dicho que tú eres el hombre indicado para conseguir cierta información.
Sonne enarcó una ceja.
—Y lo soy, pero no la ofrezco gratis.
—Quizás esto ayude.
Sacó de su bolsillo la moneda de oro que acababa de guardar y la dejó encima de una mesita al lado del sillón que ocupaba el infame colaborador de Polvo. Este sonrió al darse cuenta del juego de su interlocutor. La recogió sin prisa y la hizo danzar entre los nudillos.
—Ayuda. No demasiado, por eso, en estos tiempos de incertidumbre.
—Unas pocas palabras no valen lo mismo que una ejecución. O tú me has pagado poco o yo te estoy pagando mucho.
Sonrió con vileza.
—Te sorprendería lo caras que son algunas palabras... ¿Qué necesitas saber? Sé dónde encontrar pólvora, sé quién tiene existencias de medicamentos, qué rostros conviene evitar, quién se folla a quién en el Alto Distrito…
—He oído que algunos soldados llegaron hace unos días al Distrito Subterráneo. ¿Sabes algo de ellos?
—Yo de ti me olvidaría de esos soldados. Fueron recibidos por los Coyotes Rojos nada más llegar. A saber dónde están, o si siguen vivos. Si queda algo de ellos, lo más probable es que esté en su campamento.
—Entonces necesito llegar hasta allí.
Sonne se inclinó un poco hacia delante y lo recorrió con la mirada, como si intentara adivinar qué había bajo la piel.
—¿Y para qué, si puede saberse? ¿Te va el riesgo o solo quieres que te rajen la garganta antes del próximo desayuno?
No recomiendo a nadie acercarse a ese nido de alimañas.
Pero, si eres uno de esos insensatos con vocación suicida...
, quizás los misu puedan echarte una mano. Nando Pez. Apunta ese nombre.
—Gracias —dijo Renek sin pestañear—. Una última pregunta...
—Dispara.
—¿Qué puedes contarme sobre Polvo?
—Debéis de venir de muy lejos —respondió, divertido por la ingenuidad de la pregunta—.
Polvo es el amo de este distrito. Y te diría que de casi todo Dampus, al menos antes de que llegaran los nox.
Lo controla todo. Ni el alcalde osa toserle.
En general todos los miembros de la Telaraña tienen bastante poder e influencia.
—He oído hablar de la Telaraña —intervino Egon—. ¿De verdad abarca toda Eldava?
—Así es —afirmó Sonne—. Es la red criminal más grande que existe en el continente. Como los nox, haréis bien en tratar de no causar demasiados problemas a Polvo.
—Me gustaría conocer a Polvo —dijo Renek.
Sonne estalló en carcajadas, tan fuertes que la mujer sentada junto a él tuvo que apartarse. Luego tosió, con una ronquera que rozaba lo preocupante.
—Nadie conoce a Polvo —respondió—. Es él quien te conoce a ti. No es alguien con quien tropieces en una callejuela. Vive aislado, parapetado en su territorio, y rara vez se le ve en persona. Tiene a decenas de recaderos que hacen su voluntad. Como ese librarkano... Batur, o Bagur, algo así.
Se guardó el nombre sin reaccionar. Tenía aún demasiadas preguntas en la punta de la lengua, pero optó por una más práctica.
—¿Hay forma de salir de la ciudad?
Sonne soltó un bufido que parecía llevar semanas encerrado en su pecho.
—Hay patrullas por todas partes. Todas las entradas y salidas están custodiadas.
Créeme, muchos quieren largarse, pero sin el beneplácito de los nox ni lo sueñes.
Polvo tiene sus contactos, claro, pero ni él lo tiene fácil.
No vais a salir sin un pergamino oficial de algún comandante nox.
Y ni os molestéis en falsificar un sello.
Guardan los auténticos en la Ciudadela del Alto Distrito, y hoy por hoy esa Ciudadela es impenetrable.
Son demasiado difíciles de copiar. No va a colar.
—Sonne, muchas gracias por la información. Tenemos que irnos.
—Cuando quieras, forastero. Vuelve con más monedas y te contaré más mientras compartimos cerveza y compañía decente.
Hizo una leve inclinación de cabeza y se volvió para marcharse.
—Por cierto —lo llamó cuando ya se alejaban—, tienes una lista con nombres en esa pared. Te pagaré cinco monedas de oro por cada cabeza que me traigas. Por si te aburres en tu visita al distrito.