El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 13 El Distrito Subterráneo #3
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Capítulo 13 El Distrito Subterráneo #3

—No estoy diciendo eso. Pero fuiste el único. Bueno... y yo. Por no mencionar que tu asignación vino desde muy arriba.

—¿Desde muy arriba?

—Sí, del Ministerio de Defensa. Fueron ellos quienes diseñaron casi todo el dispositivo de despliegue y decidieron cómo proceder en todo.

Y Kida compartía al cien por cien la decisión del ministerio.

¿No te parece curioso? Te acuerdes o no, solo digo que parece muy conveniente que estés justo aquí, justo ahora.

Renek lo miró, incrédulo.

—En serio, no sé qué guerra te has montado tú solo. Como si yo quisiera estar en esta cloaca atrapado contigo. Accedí a buscar a Kida de milagro. Ya te dije que no veo que esto sea mi problema.

En Egon se adivinó la conciencia de que quizás estaba yendo demasiado lejos.

—Vale, vale —dijo para cerrar el tema—. Mira, olvídalo. Lo más probable es que sea una paranoia mía. Es como que una parte de mí siempre se intenta preparar para lo inesperado. Demasiadas cosas en poco tiempo, y el cansancio empieza a pesarme.

Renek lo observó unos segundos, su expresión molesta por la acusación.

—Vale. Solo espero que tengas claro que no estoy del lado de los siniestros. Y que, si sigo aquí, es porque quiero salir de este lugar tanto como tú.

Egon relajó su postura.

—Tranquilo. No tengo nada personal contra ti —dijo al fin. Se separó del muro con un impulso y se echó el capote sobre el hombro—. Uno aprende a no fiarse de nadie. Venga, vamos.

Ambos volvieron a ponerse en marcha. Renek estaba incómodo por la conversación que acababa de tener. ¿Quién más que él mismo quería saber qué estaba pasando? Menudo imbécil.

Dejó que tomara la delantera y él lo seguía a dos o tres pasos de distancia.

Al doblar una esquina, un hombre borracho se desplomó casi encima de él.

Renek lo sostuvo por el pecho antes de que diera contra el suelo: no se sostenía por sí mismo.

Lo apartó con cuidado y, al alzar la vista para buscar a Egon, lo vio unos pasos más adelante, detenido frente a un cartel colgado sobre una puerta de madera astillada.

«La Taberna de Nit», decía el letrero, con letras torcidas.

El contraste con el Jabalí Dorado era abrupto, un verdadero salto al vacío.

No había mostradores bien pulidos ni camareros con chalecos abotonados.

Las mesas cojeaban sobre cuñas improvisadas de madera carcomida, el suelo pegajoso crujía con cada pisada y las velas, consumidas hasta el sebo, apenas lograban iluminar el interior.

El aire olía a cerveza rancia, sudor reseco y carne en mal estado.

Egon reprimió una arcada al cruzar el umbral.

En una esquina, dos músicos castigaban las cuerdas de sendas guitarras. Parecía que intentaran domar animales salvajes. Lo que salía de allí era un eco maltrecho de una melodía popular, reconocible solo por el empeño de los borrachos que intentaban tararearla.

—¡Eh, forasteros! —exclamó un hombre, que se tambaleaba hacia ellos con una jarra que derramaba su contenido ámbar sobre la muñeca—. Vaya trapitos más elegantes.

Renek bajó la vista. Su armadura de cuero recién engrasada, los ropajes aún sin dobleces. Era evidente que, en aquel antro, Egon y él destacaban. Eran dos estatuas recién esculpidas en medio de una ruina.

—¿Os apetece una partida de quorin? —insistió el hombre mientras señalaba una mesa donde un tablero maltrecho yacía entre dados y fichas ennegrecidas por el uso.

Evitó la mirada del hombre, negó con la cabeza y siguió adelante. De inmediato, otro cliente, más joven y con la dentadura en plena retirada, les lanzó un grito desde su mesa.

—¿Quorin? —repitió, señalándose a sí mismo con orgullo.

—Quizás más tarde —respondió Renek sin detenerse.

El hombre erigió su pulgar.

—¡Tú di cuándo!

Se abrió paso hasta la barra, esquivando sillas volcadas y charcos de alcohol. Una mujer solitaria se abrazaba a su jarra como si fuera un recuerdo perdido, y un tipo ignoraba de forma deliberada a tres borrachuzos que le hablaban con aspavientos.

Risas entrecortadas y jadeos apagados se deslizaron por la sala.

Detrás de una cortina raída y semitransparente, una mujer se contoneaba sobre un hombre desparramado en un banco.

Su baile ignoraba por completo el compás disonante de los músicos.

La poca luz y el humo denso borraban casi por completo las figuras en el interior.

La cortina se movió, y otra mujer emergió. Caminaba con decisión, pero al ver a Renek se desvió con intención clara.

—Hola, guapo —saludó con voz melosa.

Intuyó las intenciones de la mujer. Fue directo.

—No estoy interesado en tus servicios. Pero gracias.

—¿Qué te interesa, pues?

—Buscamos a alguien.

La mujer arqueó una ceja, divertida.

—En ese caso, hablad con Sonne. Seguro que tiene algunas respuestas para vosotros —dijo, y con la cabeza señaló la sala que acababa de abandonar.

Renek y Egon se miraron un instante y apartaron la cortina. La sala contigua estaba aún más cargada: humo dulzón que arañaba la garganta y perfume viejo flotando en el aire.

Pudieron ver la cara al hombre desparramado en el banco. No les prestó ni un ápice de atención y la bailarina siguió contoneándose sobre él al ritmo de la música. Tres hombres que intercambiaban confesiones cerca de una mesa desvencijada interrumpieron su charla para examinar a los recién llegados.

Y al fondo, ocupando un asiento que bien podría haber sido un trono improvisado, un hombre los observaba en silencio.

Sus ropas eran más ricas que las del resto: marrones, anchas, salpicadas de remiendos; pero conservaban cierta dignidad.

Sus ojos hundidos eran dos carbones desprovistos de indulgencia.

Alargó una mano rugosa en un gesto que les pedía acercarse.

Renek y Egon compartieron un momento de duda y luego obedecieron.

Mientras atravesaban la sala, la mujer de antes pasó entre ellos con dos copas en la mano. Le entregó una al hombre y se acomodó sin ceremonia sobre el apoyabrazos del sillón.

—Caras nuevas —dijo el hombre, con voz grave y arrastrada—. No recuerdo haberos visto antes por aquí.

Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y una mueca carente de calidez se instaló en su rostro.

—¿Buscáis algo que os alegre la noche? —preguntó—. Tengo la mejor miorna de toda Hiclaria —hizo una pausa, y luego señaló con la cabeza a las bailarinas —. O, si preferís otro tipo de alegría, también puede arreglarse.

—¿Miorna? —inquirió Renek, buscando en Egon una aclaración.

—Droga —respondió este sin adornos.

Renek asintió con lentitud. Por supuesto.

—Trabajas para Polvo, ¿verdad?

—Trabajo con Polvo. No para él —corrigió el hombre, ofendido por el matiz—. Yo le hago la vida más fácil, y él me lo paga.

—A sueldo de Polvo, al fin y al cabo.

—Llámalo como quieras. A nadie le importa lo que se cuece en el Distrito Subterráneo. Menos todavía desde que los nox metieron su bota en la ciudad. Pero bueno, no me hagáis perder el tiempo. ¿Queréis algo? Si no, perdeos.

Guiado por un impulso repentino, Renek decidió ponerle a prueba y, de paso, sacarle información.

—Venimos a cobrar la recompensa por la cabeza de Garlan.

—¿Ese pobre desgraciado? Ya ni me acordaba de él —se limpió la comisura de los labios con el pulgar—. Menudo inútil. Polvo le tenía ganas desde hacía tiempo. ¿Y bien? ¿Dónde está su cabeza?