El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 13 El Distrito Subterráneo #2
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Capítulo 13 El Distrito Subterráneo #2

Un grito en el exterior causó una breve alarma en los tres, hasta que lo asociaron a algún borracho que llamaba a otro. El hombre casi se despegó del suelo por el susto.

—¡Sshh! Por nadie. Idos.

Pero Renek insistió.

—¿Te persiguen los hombres de Polvo?

Los labios del individuo se entreabrieron, pero no salió palabra. Al cabo de unos segundos, se dejó caer de nuevo en el banco, y dio la sensación de que aceptaba su sentencia.

—¿Cómo... lo has sabido? —musitó mientras miraba a Renek con desconfianza.

—Eres quizás la cuarta persona con la que nos topamos hoy con idéntico miedo en los ojos —y, en un intento de sacarle provecho a la situación, decidió preguntar— ¿Qué hiciste tú?

—Da igual lo que hice... para lo que me queda... —dijo mientras se ponía en pie con lentitud, con cada movimiento arrancándole una mueca de incomodidad.

Decidieron darle espacio y no forzar la respuesta. El hombre fue hasta una esquina donde había una jarra agrietada. No parecía del todo incómodo con su presencia después de constatar que no eran hombres de Polvo. Eso, o ya había asumido que a su vida no le quedaba más de dos amaneceres.

—Trabajaba para Polvo —confesó—. Llevaba sus cuentas, los registros de sus ganancias...

Todo iba bastante bien... Hasta que descubrí con qué amasaba su fortuna —bebió de la jarra con avidez.

El agua chorreaba por su barbilla sin que le importara.

Luego, vertió el resto del contenido sobre su antebrazo herido—.

No solo comerciaba con grandes cantidades de drogas —continuó, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro—.

Estaban comprando armas. Muchas. Sabía que Polvo estaba metido en negocios turbios, pero no imaginaba que fuera tan exagerado.

El hombre se acercó más a Renek, su aliento agrio se mezclaba con el aire húmedo de la habitación.

—Los vi reunirse con gente de fuera. Gente importante, de arriba — murmuró, con el tono aún más bajo.

Al pronunciar esas palabras, se tocó de forma instintiva la nariz, memoria física de un castigo todavía vivo en su interior—.

Cuando pregunté por unas cuentas que no cuadraban... Bueno, ya os podéis imaginar.

Egon cerró los puños a su lado. Aquella confesión empezaba a explicar las raíces podridas del estado actual de Dampus.

—Estaba harto de contribuir a todo eso —prosiguió. Hablaba consigo mismo más que con ellos—. Empecé a soñar que Polvo dudaba de mi lealtad y me zurraba. Me despertaba con la boca seca y el corazón desbocado. Vivía en un estado de angustia constante. Así que decidí largarme del negocio.

—¿Y cuál fue el problema?

—Que no me limité a desaparecer. También denuncié a algunos de los suyos. Gente con la que había trabajado. Las autoridades organizaron una redada. Se llevaron a varios. Los encerraron. Y Polvo... —chasqueó la lengua—. Bueno, puso precio a mi cabeza.

—Así que te escondes aquí abajo.

—No, llevo aquí cuatro días como mucho. Me he pasado semanas vagando de un rincón a otro, buscando un hueco donde no me encontraran.

Pero los Coyotes Rojos me pisan los talones.

Quieren reclamar la recompensa de Polvo.

Ya mataron a mi hermano, pensaron que era yo —su voz tembló por un momento, pero se repuso enseguida—.

Estoy cansado. Muy cansado. Aquí, al menos, estoy al margen.

Nadie me molesta. Y, si tienen que encontrarme... , que lo hagan. Ya no me importa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Renek.

El hombre le miró como si estuviera poniendo la vida en sus manos.

—Me llamo Garlan—respondió con voz seca. Pareció costarle reconocerse en ese nombre.

—Un momento —intervino Egon—, ¿tú eres Garlan? ¿Conoces al asistente del médico del Distrito Popular?

—¿El mozo de Marius? Sí, le conozco. Y no me enorgullezco del por qué...

—Nos recomendó contactar contigo si alguna vez queríamos hacer negocios con Polvo —continuó Renek—. Nosotros también tenemos algunos asuntos pendientes en el Distrito Subterráneo. Estábamos valorando hacerle una visita.

Garlan rompió en una carcajada deprimida e incrédula. Al ver que Renek iba en serio, le entró el tembleque de nuevo.

—¿Una visita? ¿A Polvo? —se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza—. ¿Tú te crees que ir a ver a Polvo es como visitar al barbero? No, amigo. A Polvo no se lo visita. Polvo te visita a ti. Es imposible entrar en su territorio.

—Sí... Algo hemos oído. Y tú no podrías...

—No.

Pero Renek insistió.

—No podrías darnos alguna información para...

—No. No quiero tener nada que ver con él.

Renek lo miró con la expresión de quien contempla a un condenado cuyo destino ya ha sido escrito.

—Entiéndeme... No sacaré nada bueno de ello —suspiró—. Si salgo de aquí, no haré más que exponerme. Y si os digo algo, corro el riesgo de que os capturen, os hagan cantar, y luego a mi me corten la lengua y me la den de comer antes de matarme.

—Vayámonos ya, Renek. Dejemos a este pobre hombre...

—¿Qué harás? ¿Vas a quedarte aquí esperando el fin de tus días?

—No... tarde o temprano me encontrarán aquí. Probaré suerte en la superficie. Y quien sabe... quizás el Tejedor sea benevolente conmigo.

Viendo que no sacarían nada de provecho de aquel desgraciado, decidieron dar por concluida aquella reunión.

—Suerte, Garlan.

—Te deseamos lo mejor.

Renek tendió la mano. Garlan la estrechó como pudo, aún sujetándose la extremidad.

—Lo mismo digo.

Al salir al exterior, el aire, aunque enrarecido, les resultó más llevadero que el que respiraban en la casa.

—Pues nada, otro rastro que muere aquí.

—Quizás deberíamos dedicarnos a cazar las recompensas de Polvo —bromeó Renek mientras caminaban por una calle empinada—. Podríamos pagar nuestra salida de la ciudad.

Egon, que sabía bien cuándo una broma ocultaba más verdad de la que aparentaba, negó con la cabeza.

—Sin Kida no tenemos ninguna posibilidad.

Se adentraron en el corazón del Distrito Subterráneo.

Era un mundo aparte, con sus propias reglas y ritmos.

Renek miró hacia lo alto. La tenue luz natural se colaba por grietas abiertas en la roca y dibujaba patrones irregulares sobre las fachadas húmedas.

El suelo, saturado por la condensación, estaba cubierto por una fina capa de fango que formaba pequeños riachuelos que serpenteaban entre los edificios.

Un grupo de niños descalzos pasó corriendo junto a ellos, riendo con una alegría inexplicable. Las carcajadas resonaron un instante en el aire antes de desvanecerse entre los pasadizos.

Egon volvía a estar ausente en sus pensamientos, con la vista errante durante la caminata. Su expresión revelaba la huella de una carga invisible.

—¿Es buen momento para retomar la conversación de ayer? —preguntó Renek, que aminoró el paso en la umbría de un callejón estrecho.

Egon exhaló un suspiro pesado, cargado con la fatiga de haber anticipado esa pregunta durante horas. Se detuvo junto a un muro cubierto de musgo y humedad, apartado del flujo voluble de viandantes. La penumbra del Distrito Subterráneo acentuaba el cansancio en su mirada.

—No sé por qué esperaba que esa conversación cayera en el olvido —confesó mientras se pasaba una mano por el cabello revuelto—. ¿Es necesario?

—Si te supone un suplicio, no.

—No es eso. Es solo que no me entusiasma la idea de que me interroguen mientras busco a mi compañera desaparecida en esta cueva pestilente con aroma a pescado rancio.

—No es un interrogatorio —replicó Renek con serenidad—. No busco apropiarme de tus secretos. Si no quieres responder, no tienes por qué hacerlo.

Egon esbozó una sonrisa amarga, más cansada que irónica.

—Mis secretos son tan mediocres como los de cualquier otro. No me transformo en bestia por las noches ni hablo con los muertos en mis ratos libres. Pero vale... Te prometí que respondería algunas preguntas. Aunque déjame antes que te pregunte algo yo a ti —insertó Egon con perspicacia.

Renek hizo un gesto para invitarle a preguntar lo que quisiera.

—He estado dándole vueltas a todo lo ocurrido en Castillo Bruma —dijo, mirando al vacío—, una y otra vez, y hay cosas que no me cuadran. ¿Qué viste tú aquel día? ¿Qué recuerdas?

—Para serte franco, Egon, no estaba en las mejores condiciones para entender lo que ocurría. Todo fue confuso.

—Para mí tampoco fue distinto. Estaba con las catapultas cuando el cielo...

—negó con la cabeza—. No hubo aviso. Me quedé sordo.

Y luego los gritos. Cuando quise darme cuenta, ya estaban ahí, golpeando las puertas.

No hubo tiempo de nada —tragó saliva—. Creímos que los arcontes verían venir un ataque de tales dimensiones. Pero no fue así.

Hizo una pausa. Sus rasgos se endurecieron de golpe.

—No culpo a Kida. Estoy seguro de que también la tomó por sorpresa. Pero vi morir a mucha gente. Y lo que más me extraña... —se volvió hacia él— es que justo tú estuvieras allí. Un recién alistado que no se acuerda de nada. ¿No te parece... un poco raro?

—Pues sí... —Pero algo hizo clic en su mente. Se puso serio—. Espera, ¿me estás acusando de algo?

—No te estoy acusando de nada —se apresuró a decir Egon, levantando una mano—. Pero es una coincidencia difícil de ignorar. ¿Por qué te reclutaron? ¿Por qué precisamente tú fuiste enviado a Castillo Bruma?

—¿Sugieres que formo parte de algo?

Egon apoyó el hombro contra la pared.

—No, no... Solo digo que es extraño para un soldado raso apenas reclutado.

Renek bajó la mirada un momento.

—Eso es lo único que tengo —dijo al fin—. Un soldado raso. Si hay algo más, te aseguro que no lo recuerdo. Y créeme, me molesta más de lo que imaginas. No sabér qué no recuerdas, no tener ningún hilo del que tirar, ninguna pista... Si a ti te parece raro, imagínate a mi.

—No sé si raro —se cruzó de brazos—, pero dime tú si no chirría.

Te alistas, te envían a Castillo Bruma. Justo entonces reaparecen los siniestros, cuando llevaban tiempo sin asomar.

El castillo cae... y tú sales andando. Bueno, casi —alzó y bajó las cejas en un gesto rápido—. Demasiadas piezas moviéndose a la vez.

—¿Preferirías que no hubiera salido con vida?