Capítulo 13 El Distrito Subterráneo
Los primeros destellos del alba teñían de cobre las nubes más bajas cuando Renek y Egon abandonaron la villa de Aguas Claras.
No había ni un alma en las calles de la ciudad, aún adormecida, salvo algún pájaro madrugador que cantaba en ocasiones.
Dejaron atrás a Alena y los demás nox, dormidos entre jarras vacías de lagrimal, entregados al sopor del exceso y la confianza.
Tampoco había ningún centinela en la puerta exterior de la villa.
El aire fresco despejó la cabeza de Renek mientras caminaban. Todavía llevaba impregnada en la ropa una mezcla áspera de perfume y alcohol de la noche anterior, una memoria que, esta sí, lo reclamaba.
El trayecto transcurrió mudo hasta una esquina desierta, donde Egon se detuvo.
—¿Lo conseguiste?
Renek no dijo nada. Introdujo la mano bajo sus ropas y extrajo el documento. Una ráfaga de viento amenazó con arrebatárselo, pero lo sujetó con firmeza antes de tenderlo hacia Egon. Este lo recibió con manos cuidadosas y lo examinó.
—Por el yelmo de Archamon... —murmuró Egon mientras pasaba los dedos por el relieve del sello. Sus ojos se movieron del documento a Renek—. «Resolutivo», decía tu informe. Y tan resolutivo.
—No hagas preguntas y pongámonos en marcha —gruñó Renek.
Se ajustó la bufanda al cuello y emprendieron la marcha hacia el Distrito Subterráneo.
El portón estaba custodiado por dos centinelas nox distintos.
Vestían el mismo uniforme negro, si se le podía llamar uniforme, y se movieron al unísono, cruzándose en su camino con una sincronía ensayada.
El más alto dio un paso al frente. Su compañero permanecía alerta, con la tensión contenida de una flecha a punto de ser liberada.
Acto seguido, exigieron ver sus credenciales.
Renek extrajo el pase. No mostró prisa ni desafío, solo una fría neutralidad.
El guardia se lo arrancó de los dedos con rudeza y lo inspeccionó escrupulosamente.
Tras unos segundos que se hicieron eternos, el centinela miró hacia arriba e hizo una señal. El chirrido del portón en su ascenso quebró el silencio, convertido en un grito de advertencia.
—Cuidaos ahí abajo. No hay más que ratas y chusma —dijo el centinela con desdén—. Buena suerte.
El aire se volvía más húmedo y espeso conforme se adentraban en las profundidades.
La piedra rezumaba salitre y moho. Las antorchas eran escasas y estaban dispuestas a intervalos desiguales.
Caminaron largo rato por pasillos angostos, hasta que el túnel se abrió de súbito y reveló un mirador natural, una hendidura amplia desde la cual se veía parte del Distrito Subterráneo diluido en la penumbra.
Pero no llegaron a detenerse a contemplar el paisaje.
El sonido de voces alteradas y gritos crispados les llegó como un corte seco. Más abajo, en una pequeña explanada, dos grupos de hombres se enfrentaban. El grupo de la izquierda era muy llamativo: cinco gañanes con ropas raídas y pañuelos rojos al cuello vomitaban insultos con rabia envenenada.
—¡Ratas de mierda! —bramó uno de ellos, y acto seguido escupió al suelo con desprecio—. ¡Volved al agujero del que salisteis!
Al otro lado, los provocados apretaban los puños. Uno de ellos, un joven delgado con la mandíbula tensa, avanzó un paso con los ojos encendidos.
—Ven aquí a repetirlo, bocazas. Vamos, te espero —escupió a la vez que temblaba de furia.
—Mirad a este pollo andante. No vales ni el barro que pisas, tragamolfa —respondió, lleno de cólera.
Renek y Egon observaron agazapados. El eco del túnel amplificaba cada palabra y cada insulto, lo que creaba una cacofonía de odio que rebotaba contra las paredes.
Uno de los hombres del grupo rojo se adelantó y empujó con fuerza a uno del grupo contrario. Y se desató el caos.
En cuestión de segundos, el aire se llenó de gritos violentos. Los dos grupos se enzarzaron en una pelea salvaje. Los golpes y las puñaladas se sucedían de manera macabra. La sangre comenzó a salpicar el suelo, con gritos de rabia y dolor que resonaban por todo el túnel.
Renek y Egon se miraron preocupados. Estaban atrapados, sin espacio para avanzar y sin intención de involucrarse.
La violencia de la escena los había pillado desprevenidos, arrinconados en el papel de espectadores impotentes frente a aquella explosión de brutalidad.
Se pegaban como si no hubiera un mañana.
Los puños y patadas llovían sin piedad. Los del pañuelo rojo llevaban ventaja en número y en violencia.
Uno de los contrarios cayó tras un tajo en el costado; otro gritaba, cubierto de sangre.
El fragor debió haber alcanzado más allá del túnel, sin provocar la menor reacción de socorro.
Uno de los hombres del pañuelo rojo se cebaba con particular saña sobre un adversario caído.
Lo alzó del suelo tirando del cuello de su camisa hecha jirones, solo para estrellarlo de nuevo contra la piedra.
El golpe seco del cráneo contra el suelo les arrancó un estremecimiento a ambos. El hombre quedó tendido.
La sangre comenzaba a formar charcos entre las grietas de la roca, tiñendo el suelo junto a los cuerpos. Tres hombres con pañuelo rojo quedaban aún en pie, jadeantes, con las ropas desgarradas.
Sus ojos se posaron en Renek y Egon.
—Los Coyotes Rojos no dejamos testigos.
No hubo tiempo para más palabras.
Los tres se lanzaron a la carga con un ímpetu desesperado. El primero embistió a Renek, y el impacto casi le hizo perder el equilibrio, pero sus pies encontraron apoyo firme. Egon, próximo a él, se desplazaba con eficacia, sorteando los embates con igual destreza.
Renek alcanzó el cuerpo de uno de los muertos y arrancó de su cinto un cuchillo. El arma era burda, de hoja mellada, pero servía. Se giró en redondo y encontró carne. El grito fue breve, seguido por un chorro de sangre tibia que manchó la piedra. Uno menos.
El segundo fue reducido por Egon, quien era evidente que contaba con más físico. Lo atrapó por la espalda y le sujetó los brazos con fuerza de acero. Renek aprovechó la apertura y descargó un puñetazo en plena mandíbula. El crujido del hueso fue opaco, y el hombre se desplomó cual saco roto.
El tercero vaciló. Su intento de huida fue torpe. Una zancada, un grito ahogado, y la bota de Renek lo derribó.
Miraron a un lado y a otro para asegurarse de que no había nadie más al acecho. Nada.
Egon, con el pelo revuelto y la respiración agitada, pasó una mano por su frente sudorosa y se echó el cabello para atrás.
—Bueno, pues una agradable bienvenida.
Renek suspiró hondo. Caminó hasta el borde del mirador y miró abajo. Lo que vio lo dejó sin aliento.
Una ciudad subterránea se abría ante ellos, un mundo ajeno excavado en las entrañas de la tierra.
Cientos de pies por debajo, estructuras de piedra y madera se extendían en todas direcciones, como si la roca misma hubiese parido un enjambre de callejuelas y terrazas colgantes.
Algunos rayos de luz natural, filtrados por fisuras en el techo de la caverna, caían en vertical convertidos en columnas doradas, lo que revelaba la magnitud de aquel laberinto sepultado.
Tomaron el sendero a la derecha del mirador, que llevaba a unos peldaños irregulares. Algunos estaban resbaladizos por la humedad y, al pisar el cuarto, Egon patinó y tuvo que sostenerse en Renek. Al volver la vista al piso, vio un rastro de sangre fresca que seguía escalones abajo.
A medio descenso, un olor agrio los golpeó antes de que pudieran ver el origen.
Entre dos rocas, en la penumbra, yacía el cuerpo de una mujer.
Pero la sangre del suelo no le pertenecía.
Aún tenía los ojos abiertos, fijos en un anhelo de justicia, mas su piel tenía un tono ceniciento y sus ropas estaban cubiertas de mugre. Ni Renek ni Egon pronunciaron palabra.
El rastro era cada vez más débil. Abajo, las construcciones se apiñaban unas contra otras con la desesperación de quien no quiere caer. Algunas casas estaban hechas con piedra labrada de forma tosca, otras eran poco más que cobertizos de barro y madera vieja, y los muros exudaban humedad.
Una casa pequeña sin puerta, con las ventanas tapiadas con tablones viejos, llamó su atención.
Pequeñas gotas de sangre manchaban el suelo hasta la entrada.
Tenía aspecto abandonado. El interior era oscuro y polvoriento.
Entraron con cautela, pero fue rebasar el portal y un movimiento brusco los sobresaltó.
En un banco destartalado, un hombre se incorporó de golpe, sus ojos desorbitados por la sorpresa y su cuerpo en alerta, cubriéndose el brazo derecho.
Tomó distancia y retrocedió hacia la pared, pero al percatarse de los ropajes de los intrusos y ver en ellos la misma reacción de sorpresa y cautela, se atrevió a preguntar en un rápido susurro:
—¿Qué queréis?
Renek lo analizó, sin acercarse demasiado. Lo identificó cómo uno de los canallas de la pelea en el mirador. Su ropa era apenas un conjunto de harapos, olía a encierro y había un tembleque extraño en sus manos.
—Pensábamos que estaba abandonada —respondió con un gesto conciliador.
—Esta es mi casa.
Se oyeron unos pasos fuera. El hombre miró nervioso hacia la ventana.
—¿Estás bien? —preguntó Egon, a una distancia prudente.
—No es de tu maldita incumbencia —gruñó el hombre—. Largaos de aquí.
Sabía bien lo que era ese tipo de respuesta. No venía del orgullo, sino del miedo. El hombre alternaba su mirada de ellos a la entrada, temeroso de que alguien más irrumpiera en cualquier momento. A Renek no le costó deducir que aquel hombre huía de algo.
—¿Quién te persigue? —preguntó sin rodeos.
El hombre se quedó inmóvil y tragó saliva. La pregunta lo atravesó con una lentitud inesperada. El temblor en sus dedos empeoró.
—¿Qué? Nadie... —murmuró al fin, tenso—. No habéis visto nada —balbuceó—. Idos.
Pero sus ojos, húmedos de espanto, decían lo contrario: Ayudadme.
—Tranquilo. No buscamos problemas —quiso aclarar Egon.
—No lo entendéis... —susurró—. Si alguien os ve entrar aquí, estoy muerto.
—¿Muerto por quién?