Capítulo 12 Un paseo por el mercado
A esa hora, el mercado de Illenard era un cruce armonioso de cantos y reclamos, aromas y colores.
Las lonas ondeaban con suavidad sobre los puestos, teñidas por el vaivén de la claridad y el resguardo, con comerciantes que ofrecían sus frutas, panes y especias, elevándolos al valor de las joyas.
Para Gellandyn, aquel punto de encuentro guardaba la huella de un hogar.
Desde niña había amado el mercado. Recordaba con cariño la calidez de la mano de su madre guiándola entre los tenderetes, aquel ir y venir cotidiano, y el dulzor de los higos secos que siempre terminaban en su cesta.
A Annia, en cambio, le agobiaba un poco la cercanía continua de la gente y movimiento incesante. Gellandyn podía sentir la tensión en la mano de su hija mientras caminaban entre la multitud.
—¿Y qué tal en la academia hoy, cariño? —preguntó con dulzura mientras ladeaba la cabeza.
Annia se encogió de hombros, con una expresión neutra.
—Bien —respondió, sin más.
Había una falta de brillo en su voz. Estaba más callada de lo normal, Gellandyn lo notó enseguida. Su hija estaba ausente, a su lado en cuerpo, pero distante en espíritu.
—Buenos días, señora Daiarella.
Fue sacudida de sus pensamientos por un timbre amigo. Una mujer mayor, vieja conocida de la familia, se había parado junto a ellas con una expresión afectuosa. Respondió de forma automática, aunque torpe, aún envuelta en la bruma de sus divagaciones. Al volver la vista, Annia ya no estaba ahí.
La encontró unos pasos más allá, detenida frente a un puesto de flores silvestres.
Observaba los ramos con una curiosidad muda, los ojos grandes, fascinados por los tonos vivos y el perfume tenue que flotaba en el aire.
No lo dudó: compró uno pequeño, con lirios pálidos y ramitas de lavanda.
Al entregárselo, Annia la abrazó sin decir nada, y la apretó con una intensidad que decía mucho más que cualquier palabra.
Le acarició el pelo, y juntas siguieron caminando.
Se detuvieron ante el puesto de carne de Goran. El viejo carnicero, fornido como un roble, pero ya encorvado por los años, levantó la vista desde su mesa de cortar y sonrió.
—Ministra Daiarella. Siempre es un gusto verla. ¿Lo de siempre?
Confirmó la elección y observó al carnicero cortar la carne con habilidad.
Cuando el cuchillo del carnicero se hundió con lentitud, reparó en el temblor leve de sus manos.
No estaba allí la última vez que lo vio.
Tampoco las arrugas más marcadas bajo los ojos, ni la fatiga que le había ganado terreno al hombre que una vez cortaba carne con la facilidad con la que se corta arcilla.
—¿Cómo van las cosas?
Goran soltó una risa sin alegría, más exhalación que carcajada.
—Pues ni tan mal, ministra. Las cosas han estado un poco difíciles en los últimos tiempos, mi familia y yo hemos tenido que apretarnos un poco más de lo habitual el cinturón, pero nos las arreglamos para salir adelante, como todos.
—Lo sé... No está siendo fácil para nadie.
Créeme que mi principal prioridad es que Hiclaria no se desmorone ahora que empieza a levantarse de la guerra.
—Posó una mano en la espalda de Annia, que apartó la mirada con una mezcla de complicidad y pudor—.
Eso, y asegurarme que esta mujercita crezca en un país seguro...
y que no me dé demasiados disgustos —bromeó.
El carnicero elevó la vista y ladeó la cabeza con una calidez que ablandaba sus facciones.
—Sé que trabaja duro, ministra, y eso nos da esperanza a todos. Confiamos plenamente en el Gobierno. Pero le seré franco: tengo demasiados inviernos a mis espaldas. A veces solo pienso en el momento de colgar mis cuchillos y descansar un poco los huesos. Me lo he ganado, ¿no cree?
—Claro que sí, Goran —respondió, con tono cálido—.
Esa es la actitud. Cada día estás más cerca de ese merecido descanso.
Y, créeme, en el Parlamento trabajamos duro para asegurar que todos en Hiclaria puedan retirarse con dignidad.
Que nadie tenga que temer por su sustento cuando sus manos ya no puedan trabajar como antes.
Pagó la carne sin regatear y se despidió con una inclinación breve antes de dar media vuelta.
—Gracias por todo —dijo.
—Que tengáis buen día, ministra.
—Mamá, ¿podemos ir a la tienda de dulces?
La súplica tenía una chispa de vida que no había mostrado en toda la mañana. La miró y sonrió, aliviada de ver aquella chispa regresar, aunque fuera por un instante.
—Claro, cariño. Vamos.
Podía notar cómo la anticipación de Annia crecía con cada paso.
Pasaron frente a la vieja librería de Torre del Alba, una de las más antiguas de Illenard.
Un soplo de aire impregnado de olor a papel viejo escapó por la rendija de la puerta entreabierta.
Bastó para desenterrar en Gellandyn una ráfaga de memorias de sus días de aprendiz: las largas tardes de estudio en el santuario, en las que devoraba los tomos encuadernados en cuero; su inquietud por el porqué de las cosas y las ansias de comprender la historia de Hiclaria para algún día poder transformarla.
El tintineo de la campanilla marcó su entrada a la tienda de dulces. Detrás del mostrador, un joven inexpresivo de rostro pálido se limitó a mirar de soslayo.
—Buenos días —saludó Gellandyn con cortesía.
No obtuvo más que un murmullo, entre un gruñido y una palabra masticada.
Frunció el ceño, sin comprender si se trataba de apatía o descortesía.
—Nos gustaría comprar algunos caramelos de miel, por favor —dijo, manteniendo el tono amable.
«Mhm», fue toda la respuesta que recibió del dependiente, que se movió con parsimonia hacia una estantería y recogió los dulces con una desgana que rayaba la hostilidad.
Mientras tanto, Annia, que había entrado con los ojos brillantes y casi de puntillas por la ilusión, parpadeó con desconcierto.
Su entusiasmo se fue desinflando poco a poco ante la actitud mustia del dependiente.
El joven hizo un nudo descuidado en la bolsa y la dejó caer sobre el mostrador.
—Un centaire —dijo sin mirarlas.
Ella ya rebuscaba en su bolsa de monedas cuando un cambio sutil le hizo alzar la vista. Algo había cambiado en el aire, un espesor invisible.
El dependiente parpadeó con fuerza, como si despertara de un sueño profundo. Luego, sonrió.
—¡Oh, disculpen mi rudeza! Qué grosero por mi parte —dijo con una voz de súbito cálida—. Caramelos de miel, ¿verdad? También acaban de traernos unas delicias de leche especiada que son una maravilla. ¿Les gustaría probar algunos?
Gellandyn lo miró sin responder de inmediato, turbada por el brusco cambio de actitud. Se volvió hacia su hija, que ahora sostenía la bolsa de caramelos con una expresión de satisfacción mal disimulada.
Terminaron la compra entre sonrisas excesivas y cumplidos innecesarios. Al salir a la calle, esperó a que se alejaran lo suficiente del comercio antes de detenerse en seco.
—Annia —dijo con tono suave pero firme—, ¿qué ha ocurrido ahí dentro?
La muchacha evitó su mirada y se entretuvo en jugar con la cuerda del envoltorio.
—¿A qué te refieres?
—Sabes muy bien a qué me refiero. Ese joven cambió de actitud de un segundo a otro. No fue natural. —Se puso en cuclillas y le tomó ambas manos—. Cariño, sabes que puedes decirme la verdad. Ese cambio en el dependiente... ¿Tuviste algo que ver?
Annia vaciló. La lucha interior era evidente en ella. Al final levantó la vista. En sus ojos brillaba una mezcla de orgullo y temor.
—Estaba siendo grosero contigo, mamá. Trabajas muy duro y no es justo que te traten así. Así que... lo hice ser más amable.
Gellandyn sintió primero ternura. Luego, inquietud. Pero enseguida ambas se convirtieron en frustración y decepción.
—Annia —dijo con paciencia y gravedad—, cariño... Entiendo que quieras ayudar y verme feliz, pero no puedes usar tus... habilidades así. Entrar en la mente de alguien y forzar sus emociones no está bien. Aunque sea para hacerlos más amables.
Se mostró confundida.
—¿Por qué no? Me gusta que la gente sea agradable. Tú siempre dices que trabajas por el bien de los demás, y que debería haber más amabilidad en el mundo. Si puedo hacer que las personas no te traten mal, ¿por qué no debería hacerlo?
Gellandyn soltó un leve suspiro. ¿Cómo explicarle a alguien tan joven los complejos matices éticos de tener un don tan extraordinario?
—Porque tener el poder de hacer algo no significa que debamos hacerlo.
Todos tenemos derecho a nuestros propios pensamientos y sentimientos, incluso cuando nos equivocamos o cuando estos no gustan a algunas personas.
No puedes decidir por los demás cómo deben sentir.
Parte de vivir en una ciudad es aprender a manejar esas diferencias sin forzar a nadie a cambiar.
La confusión persistía en los rasgos de Annia. Sabía que esta conversación estaba lejos de concluir, pero esta vez Gellandyn vio una semilla de comprensión germinar. La abrazó, y sintió cómo el cuerpo de su hija se relajaba en sus brazos.
—Te quiero mucho —susurró—. Y estoy orgullosa de ti por querer ayudar. Pero tenemos que ser cuidadosas con tus habilidades, ¿de acuerdo? Si alguna vez sientes que debes usar tus dones, prométeme que hablaremos primero, ¿sí?
Annia se acurrucó un poco más contra su pecho y murmuró un “sí, mamá” casi inaudible.
Al ponerse en pie, Gellandyn sintió el peso de la curiosidad que los transeúntes dejaban caer sobre ellas. Tomó la mano de Annia y comenzó a caminar de regreso a casa.