Capítulo 11 Mantenerse en forma
El aire nocturno, fresco cual filo de una espada recién forjada, acarició el rostro de Gellandyn al descender los anchos escalones de mármol del atrio.
Las lámparas de Illenard ya estaban todas encendidas y arrojaban un resplandor cálido sobre el pavimento, tiñendo las calles de un dorado tenue y apacible.
La ministra se detuvo un instante a las puertas de la Casa del Pueblo para que la brisa templada acariciara su frente con la delicadeza de una mano amiga.
Frente a ella se extendía el camino de regreso al hogar, pero su mente, todavía sacudida por el torbellino de la reunión reciente, no hallaba reposo.
Sus pensamientos eran aspas de un molino sin freno girando en su interior.
Sin decidirlo del todo, sus pasos la condujeron en dirección opuesta al distrito Torre del Alba, hacia el distrito Mar de Acero, o Marcero, como lo llamaban de forma más llana los habitantes de Illenard.
Allí dominaba el paisaje la Academia Militar, bastión del orden y el esfuerzo.
Pensó que sería buena idea entrenar un poco para despejar su mente.
Le gustaba hacerlo cuando la academia estaba vacía.
Lo más probable es que Annia ya durmiera bajo el cuidado de su sirvienta, Mina. Nada la urgía a regresar.
A pesar de la hora avanzada, el distrito Marcero no dormía.
Las tabernas exhalaban aromas de caldo, grasa y carne que hacían dudar a Gellandyn de su repentina abstinencia.
Patrullas de soldados cruzaban las calles adoquinadas en parejas y con paso relajado.
Algunos de ellos se cuadraron al divisar a la ministra, otros se limitaron a inclinar la cabeza, solemnes y respetuosos.
La silueta de la Academia Militar de Illenard se dibujó al fin en el horizonte de piedra, imponente incluso bajo el abrigo de la noche.
Sus torres angulosas y murallas rectas se ofrecían esculpidas más que levantadas, con la apariencia de haber emergido del suelo por obra del propio Archamon, unificador de Hiclaria.
La entrada era digna de los reyes de antaño, cargada de solemnidad y poder.
La explanada que antecedía al edificio era vasta, de césped ordenado y mármol pálido dispuesto en losas pulidas.
Durante el día, aquel mármol reflejaba el cielo con la limpidez de una charca sagrada, como si la tierra misma se fundiera con el horizonte; de noche, recogía el brillo de las lámparas y lo devolvía convertido en una luz de otro mundo.
En el corazón de la explanada se alzaba inmensa la estatua blanca de la Dama de la Espada y la Esfera, la personificación del saber y la justicia.
Una mujer de piedra, de semblante impasible y postura erguida, sosteniendo en alto una esfera que parecía flotar sobre su palma izquierda: el saber; mientras su mano derecha empuñaba una espada descomunal, cuyo filo descendía hasta tocar la base del pedestal: la justicia.
A ambos lados del sendero central, estanques rasos devolvían la imagen de quienes se atrevían a mirarlos, con la nitidez oscura de espejos de obsidiana a aquellas horas.
A lo largo de ese sendero se alineaban estatuas menores, soldados de piedra en posición de guardia, de rasgos severos y lanzas hacia arriba, que custodiaban tanto el silencio como la entrada.
Nunca cruzaba aquel umbral sin sentir que penetraba en un santuario, más que en una institución.
Allí no se forjaban solo soldados: se templaban espíritus.
La devoción al sacrificio, la reverencia al deber, el peso de la historia...
Todo aquello impregnaba el aire como incienso invisible.
La Academia Militar de Illenard era un símbolo de honor y disciplina, respetada y venerada por todo el pueblo de Hiclaria.
Cuatro guardias montaban vigilancia en el acceso principal. El más cercano dio un paso al frente en cuanto la reconoció.
—Ministra Daiarella —saludó, con la mano derecha sobre el pecho izquierdo en señal de respeto—. No es habitual verla por aquí a estas horas.
—Lo sé —respondió, tranquila, sin detener el paso—. Necesito despejar la mente. Espero que estéis teniendo un buen turno.
Su tono fue amable, aunque sus palabras, escuetas. Los años de servicio le habían enseñado que el respeto se ganaba con firmeza pero, sobre todo, con cercanía.
Otro guardia ya empujaba el pesado portón, cuyo crujido metálico se desplegó por el patio, un sonido que le resultaba extrañamente reconfortante. Durante el día, ese mismo patio bullía con voces, órdenes y pasos disciplinados. Pero a esa hora solo el eco le hacía compañía.
—¿Desea que avisemos a algún instructor para que la asista? —preguntó el primero, sin perder la compostura.
—No será necesario —dijo ella mientras cruzaba el umbral con determinación.
Los hachones montados a intervalos regulares lanzaban sombras altas sobre las paredes, donde colgaban estandartes bordados con hilos antiguos.
Gellandyn subió por la escalera de caracol.
El frío nocturno se colaba por las ventanas.
Se dirigía a su guardarropa privado, en los vestuarios superiores, donde guardaba un conjunto de ropa de entrenamiento.
El acto de cambiarse resultó, como siempre, un rito íntimo que ayudaba a aquietar el torbellino de pensamientos en su mente.
Deseaba moverse, sentir el cuerpo responder con firmeza y recordarse a sí misma que seguía siendo tan capaz como antaño.
Se enfundó su uniforme de entrenamiento de corte liviano, una prenda confeccionada en tela gris y cuero endurecido de un marrón claro que resaltaba sus ojos color miel y se adaptaba a su figura esbelta sin restarle libertad de movimiento.
Era un atuendo con la sobriedad de la utilidad, pero no exento de cierta elegancia.
Detalles finamente labrados adornaban las hombreras y el cuello alto, realzando la firmeza de su espalda.
Ya fuera del vestuario, recogió su cabello en un medio moño rápido, dejando a la vista la línea limpia de su cuello y el ángulo preciso de su mandíbula, y se dirigió sin prisas hacia una de las salas de práctica.
El espacio, amplio, austero y un tanto frío, olía a cuerda seca y paja. Solo el crujido ocasional de las tablas bajo sus pasos rompía la quietud.
En el centro de la sala, se detuvo. Respiró hondo y estiró algunos músculos antes de empezar: primero el cuello, luego los hombros... Sus articulaciones crujieron de forma suave, testigos mudos de las demasiadas horas sentada en reuniones.
Cuando terminó, se dirigió al armero dispuesto contra una de las paredes. Su mano se posó sin dudar sobre una de las varas de entrenamiento. La sostuvo un momento, tanteando el equilibrio, y volvió al centro de la sala.
Frente al maniquí de práctica, Gellandyn comenzó la secuencia.
Estocada, giro, guardia alta. Finta, retroceso, golpe descendente.
La vara silbaba con cada movimiento. Se sorprendió.
Su cuerpo recordaba la serie con la misma frescura del día en que la aprendió.
Los músculos respondían con la memoria del hábito, y la secuencia creció en ritmo y complejidad.
El sudor le perlaba la frente mientras ejecutaba una serie bastante exigente, y su respiración se tornaba más pesada, recordándole que llevaba demasiadas horas sin descansar bien, pero sus movimientos no perdían ni un ápice de rigor.
Bloqueó un ataque imaginario, contraatacó con un barrido lateral, giró sobre sí misma para esquivar un adversario invisible... y se detuvo de golpe.
Su corazón dio un vuelco al sentir una presencia.
Giró con brusquedad, vara en posición defensiva, el pulso en la garganta.
En el umbral de la puerta, envuelto en la penumbra del pasillo, se alzaba la estampa alta y reconocible de Lander.
—Disculpad, ministra —dijo él mientras levantaba un poco las manos—. No pretendía asustarla. Estaba a punto de irme cuando escuché ruidos en la sala. Quería asegurarme de que nadie se hubiera colado.
Gellandyn bajó la vara y exhaló con alivio. Una sonrisa le asomó a los labios, breve y sincera.
—Ministra... —repitió con fingida reprobación mientras se pasaba el dorso de la mano por la frente—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames así, Lander? Treinta años de amistad deberían darte derecho a tutearme.
Lander lo sabía. Sabía que entre ellos había confianza.
Reparaba a menudo en esos detalles que para otros pasaban inadvertidos: las pestañas largas que temblaban apenas cuando sonreía, el relieve firme de sus pómulos, que, junto con sus labios plenos y siempre comedidos, dibujaba un rostro que imponía por su serenidad más que por cualquier adorno.
Pero siempre le había gustado bromear con ese tema.
—Tal vez —dijo él, divertido—, pero todavía considero más seguro seguir con las formas. Nunca se sabe cuándo una ministra armada con una vara puede tomarse a mal un comentario.
Gellandyn soltó una leve risa.
—Disculpa. Tendría que haber avisado de que vendría a entrenar.
—¿Qué haces aquí a estas horas? Debe de ser cerca de medianoche.
—Una debe mantenerse en forma —respondió ella.
La intensidad de la observación de Lander se balanceaba entre la evaluación del profesional y la cercanía del viejo camarada.
—No has perdido la forma, pues —comentó—. Me sorprende que mantengas la misma precisión impecable que cuando eras joven.
—Eh —dijo Gellandyn mientras arqueaba una ceja con fingido escándalo—. Cuidado, Lander. A la próxima te lanzo la vara.
Del pecho del instructor jefe brotó una carcajada franca.
—Quiero decir... cuando entrenábamos de niños —corrigió él mientras gesticulaba con las manos en un fingido acto de defensa.
—Así está mejor.
Una sonrisa floreció en Lander antes de dar un paso atrás.
—En fin, que tengas buena noche.
—Lo mismo te deseo, Lander.
Se despidieron con un gesto y Lander desapareció en la oscuridad del pasillo. Gellandyn volvió a empuñar la vara. Se colocó en guardia, con los pies bien plantados, y retomó la práctica.