El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 10 Cambios importantes #2
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Capítulo 10 Cambios importantes #2

—Tengo una propuesta alternativa. En lugar de reducir los tributos, podríamos incluir en el presupuesto una partida para ayudar a esas personas con sus gastos básicos. Esto proporcionaría un alivio inmediato sin comprometer nuestros ingresos.

Reyo negó con la cabeza, por completo en desacuerdo.

—¿Y quién costearía eso? Propones aumentar aún más el desembolso de nuestras arcas. Además, ¿qué incentivo tendrían las personas que reciben esa ayuda para esforzarse en salir de esa situación? La gente se volvería dependiente de ello.

La tensión en la sala era palpable. Gellandyn miró a Sadro, quien observaba el intercambio con interés y una expresión indescifrable.

—Entiendo las preocupaciones de ambos —dijo Gellandyn, que aprovechó la pausa—.

Es una situación complicada, y más teniendo en cuenta las medidas que aprobamos el ciclo pasado y las que presentamos hace unos días.

Quizás podríamos encontrar un término medio.

Por ejemplo, hacer que esas ayudas sean temporales y que estén vinculadas a planes de capacitación.

Así no solo aliviamos la necesidad inmediata, sino que también preparamos a nuestra gente para sostenerse por sí misma.

Lo que está claro es que no podemos desdeñar lo que está pasando.

Si los nox vuelven y el país no está preparado, nuestro pueblo sucumbirá.

Será el fin de la Hiclaria cómo la conocemos.

Sadro consideró la propuesta.

—Es una idea interesante, Gellandyn. ¿Podría integrarse en el presupuesto, Reyo?

Este se recogió en un instante de mutismo, enfrascado en cálculos mentales.

—Tendríamos que hacer algunos ajustes, pero podría ser viable si se implementa con mesura y de forma escalonada. Pero no deja de añadir otra carga a una estructura, que ya comienza a resentirse.

—Y, sin embargo, si no hacemos nada —añadió Loblo—, aún se complicarán más las cosas —se volvió hacia los demás—. Me gusta la idea de vincular el apoyo a la formación. Podría integrarse bien con nuestros planes de enseñanza.

Yaara, cuyo semblante reflejaba un escepticismo imposible de disfrazar, quiso añadir otro matiz a la propuesta.

—La iniciativa puede sostenerse —dijo, a la vez que apartaba su capa de cuello alzado con desdén, como si le hubiera incordiado—, si aquellos que más tienen están dispuestos a aportar un poco más.

Hay que redistribuir, es lo justo. Difícil es justificar que destinemos fondos del erario para quienes apenas pueden llenar el estómago de sus hijos, mientras otros viven en villas y comen carne todos los días, lucrándose de la necesidad de los demás.

En estos tiempos, eso debería ser traición.

Aquel comentario provocó un breve asentimiento de Monekin, que hasta entonces había guardado un silencio prudente mientras esperaba el momento preciso para intervenir. Se ajustó las largas y anchas mangas de su azul sotana con lentitud antes de hablar con su habitual voz suave, casi melódica.

—Coincido con la ministra Yaara. Desde una perspectiva ética, lo que se plantea no es solo sensato, sino necesario.

Hemos de hallar equilibrio entre el deber de protegernos y la obligación de amparar a los más vulnerables.

Esta propuesta parece ofrecer ese equilibrio.

El pueblo, si se le explica con claridad, lo comprenderá.

Sadro observó a cada uno de sus ministros. Al cabo, se detuvo en Gellandyn.

—Has planteado una vía prometedora, Gellandyn. Quisiera que trabajes con Reyo y Yaara para delinear esta propuesta en detalle. Necesitaremos cifras claras y un plan de implementación antes de presentarla ante la Asamblea.

Gellandyn asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Por supuesto, Primer Ministro. Nos pondremos a ello sin demora.

Sadro hizo un leve ademán con la mano, como quien cierra una página en un libro.

—Perfecto. Yaara, Reyo, confío en vuestra colaboración. Ulter, prepara un informe detallado sobre las prioridades defensivas. Loblo, quiero un primer esbozo de la propuesta educativa que mencionaste. Hay que tener todo listo para el pleno dentro de quince días.

Sadro dio por concluida la reunión. El sonido de las sillas al moverse rasgó el aire y marcó una nota final. Los ministros se incorporaron con solemnidad, llevaron el costado interior de la mano derecha al pecho izquierdo y extendieron los dedos hacia el hombro. Uno a uno, abandonaron el salón.

—Gellandyn. ¿Podrías quedarte un momento? —pidió Sadro, con una calma que no admitía réplica.

Ella se volvió con expresión atenta, mientras el resto de sus colegas salían de la sala. La puerta se cerró con un sonido suave, dejándola a solas con el Primer Ministro. Lo miró expectante.

Él, que se había puesto en pie tras concluir la reunión, volvió a ocupar su asiento en la cabecera de la mesa. Su postura era menos formal ahora, pero sus anchos hombros seguían llenando el respaldo de la silla, y en sus rasgos persistía intacta la misma intensidad.

—Tu intervención ha sido rigurosa —dijo—. Demuestra por qué eres una parte tan valiosa de este Consejo y por qué el pueblo te quiere tanto. —Gracias, Sadro —respondió Gellandyn—. Solo intento ser justa y mirar por el bien de todo el pueblo.

—Confío en que lideres este proyecto. Pero no pierdas de vista la prioridad principal: la seguridad de Hiclaria. Los nox no son una amenaza extinta. Debemos estar preparados.

Una vibración leve en su tono, casi imperceptible, hizo que Gellandyn mudara el semblante. No era miedo. Era... inquietud.

—Por supuesto, Sadro —dijo ella con voz serena—. Entiendo la gravedad de la situación.

Él se puso en pie. Parte del traje le caía desde la cintura hasta los pies con la fluidez de una cascada de lino, rematado por bordes finamente ribeteados en dorado. Rodeó la mesa con paso lento y le posó una mano en el hombro.

—Sé que no defraudarás ni a este Consejo ni a la gente a la que representas. Tengo fe ciega en ti. Ahora ve. Descansa. Los días por venir serán arduos —añadió con una media sonrisa que rozaba lo irónico.

Gellandyn se inclinó en señal de respeto, recogió sus cosas y se dirigió a la puerta.

—A propósito... —dijo cuando ella ya pisaba el umbral—, ¿cómo está Annia? Me han llegado rumores de que su progreso en la arena es notable.

La pregunta la tomó por sorpresa. Luego recordó que Annia había entrenado mucho con sus hijos en las últimas jornadas.

—Muy bien. Está en casa descansando, pero llega a menudo con las mejillas encendidas de entusiasmo. Le encanta entrenar con Guldan y Malgo. De hecho, cuando no lo hace, se aburre.

Sadro sonrió con ternura, complacido.

—Lander me ha comentado que tiene una percepción situacional fuera de lo común. Una chica prometedora. Estoy seguro de que llegará lejos en todo lo que se proponga. Y quién sabe... quizás en un futuro forme equipo con ellos.

El pecho de Gellandyn se hinchó con un orgullo que era a la vez íntimo y feroz.

—Sí... es una niña muy especial. Gracias por tus palabras, Sadro.

—No hay de qué. Que descanses.

—Tú también.

Cuando Gellandyn abandonó el salón, lo hizo con una ligereza que no había sentido al entrar.

Pese a la presión que recaía sobre sus hombros, su interior brillaba con renovado aliento.

Caminó por los pasillos ya dormidos del Parlamento, cuyas estatuas parecían guardar silencio por respeto más que por piedra.

La noche había caído sobre Illenard cuando Gellandyn salió del edificio. Las estrellas brillaban en el cielo despejado, pero no reparó en ellas.

Su cabeza ya vivía en el día de mañana.