El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 10 Cambios importantes
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Capítulo 10 Cambios importantes

La ciudad de Illenard reposaba bajo el embrujo del crepúsculo. La noche se acercaba para reclamarla. Todo había sido tragado por el silencio, la urbe entera se recogía para dormir. Excepto ella.

Gellandyn avanzaba sola por una de las avenidas principales y respiraba con gratitud la quietud de aquella última caminata hacia la Casa de los Representantes.

A lo lejos, en lo alto, la dorada punta de la Torre del Alba captaba aún un último fulgor, pero ya no brillaba con la arrogancia del mediodía, sino con la suavidad de un candil exhausto.

Franqueó el umbral del Parlamento, saludada por dos guardias, y se adentró en el Atrio de las Voces, cuyas proporciones, majestuosas y excesivas, siempre la hacían sentirse diminuta.

Columnas inmensas sostenían una bóveda esculpida en piedra pálida, y a sus pies las líneas doradas del pavimento serpenteaban con elegancia, símbolo de los caminos que unían los pueblos y rincones de Hiclaria.

A esas horas, reinaba un sosiego profundo en el edificio.

Pero, así como la calma exterior le hacía sentir paz, la calma imperante típica a esas horas en el lugar donde trabajaba siempre le había producido cierta incomodidad.

Subió las escalinatas principales y giró a la izquierda en dirección opuesta a su despacho. Se detuvo frente al acceso del Salón de los Consejos. Acarició un poco el pomo frío y, tras un leve impulso, empujó la hoja y entró en la sala.

Al otro lado la aguardaban, ya reunidos, los demás miembros del Consejo.

Para su sorpresa, era la última en llegar.

Sadro, siempre impecable, se mantenía en pie junto al ventanal, recortado contra la luz moribunda del cielo que perfilaba el delineado preciso de su chaqueta.

Su porte recto le confería un aire marmóreo.

Se había arreglado el bigote y la barba, y llevaba su habitual traje blanco ceremonial ajustado, de cuello abrazado y corte largo y natural.

En su mano derecha brillaba el anillo ministerial que el cabeza de gobierno portaba con un orgullo sereno: una pieza de metal oscuro recorrida por delicados relieves de oro, transmitida de un gobernante al siguiente como símbolo de continuidad.

La misma Gellandyn, en su calidad de segunda en la línea de regencia, había traspasado aquel anillo del anterior Primer Ministro al actual, Sadro Chessan, durante la ceremonia de investidura.

Según la costumbre, cada Primer Ministro debía engarzar en él una gema propia.

Sadro había elegido una gema negra, pulida hasta el punto de absorber la luz.

Una gema que, según él mismo, provenía de las minas profundas de Nivrok, cerca de Lushgajsh, en el desierto de Dacra.

Sentados en torno a la mesa ovalada de mármol blanco estaban Yaara, Loblo, Monekin, Ulter y Reyo, cada uno con su propio modo de vestir la dignidad de su alto cargo. Faltaba Balorio, el ministro de Políticas Exteriores, en ese momento desplegado en Dasteura; y Pinet, ministro de Justicia.

No dejaba de hacérsele extraño ver a Ulter, ministro de Defensa, siempre con su inconfundible armadura de placas.

En alguna ocasión llegó a preguntarse si había nacido con ella pegada a la piel.

Rara vez lo veía por el Parlamento. Había quien decía que tenía sangre gronia, afirmación que él mismo había desmentido varias veces.

Fuera como fuere, su complexión proyectaba una impresión de fuerza legendaria.

Todo lo contrario a Monekin, que lucía cansado después de su desplazamiento por la región de Valendare.

Monekin era el ministro de Ética y Moral, y, pese a ser bastante más joven que Ulter e ir siempre afeitado a la perfección, no era ni un tercio que el ministro de Defensa.

De rostro redondeado y gafas minúsculas que le empequeñecían aún más los ojos, tenía una expresión siempre nerviosa.

Su cabello castaño, peinado con cuidado hacia un lado, intentaba en vano disimular una línea capilar cada vez más retirada.

Iba vestido, como siempre, con su impecable sotana de ceremonia.

Era como las de los catedráticos del distrito Tejeniebla, solo que la de Monekin aparentaba más lujo.

Un lujo disimulado, no como el de Yaara.

Toda ella denotaba opulencia y soberbia, y su vestido, bordado en hilo de oro y pedrería, acrecentaba aún más sus aires de grandeza.

Aires que no solo demostraba a través de sus ropajes, sino también a través de sus penetrantes ojos azul hielo y su expresión orgullosa y arrogante.

Tenía, eso sí, una melena blanca ondulada preciosa y, pese a sus cincuentaylargos años, se mantenía vital y físicamente ligera.

Incluso las arrugas que la edad le marcaba le favorecían.

Algunos chismorreaban que habían sido colocadas con precisión por un hechicero para mantener su gracia y hacerla aún más intimidante.

También Loblo era una persona que envejecía bien.

El ministro de Cultura y Educación poseía buena salud y buena presencia, y prueba de ello eran su larga cabellera, lisa y canosa; y también su compostura, acentuada por su traje negro hecho a medida.

Transmitía una elegancia distinguida y tenía una gracia que no pasaba inadvertida.

Sus gafas, mejor escogidas que las de Monekin, pronunciaban con estilo sus facciones cuadradas y puntiagudas.

Y luego estaba Reyo, volcado en su labor en el Ministerio de Comercio y Caudales, el más joven de los ministros junto a Gellandyn.

Los rasgos de la mitad superior de su cara eran duros e incisivos, impropios de un rostro que, de la nariz hacia abajo, parecía más bien frágil, casi manso.

Aquella disonancia hacía que muchos se sintieran incómodos al tratar con él.

Sin embargo, bastaba un trato más prolongado para descubrir en Reyo una nobleza sincera y una buena fe difícil de fingir.

Al oír cerrarse la puerta, Sadro se volvió con lentitud.

—Bienvenida, Ministra Daiarella —saludó, afable—. Gracias a todos por acudir. Sé que es tarde, pero lo que nos convoca no puede esperar.

Ella tomó asiento junto a Loblo. No era la máxima expresión de la simpatía, y de hecho su posado serio no invitaba demasiado a conocerlo más a fondo, pero era educado, capaz, y más agradable de tratar que Yaara. Al sentarse, el ministro le dedicó una inclinación de cabeza.

Sadro, manteniendo su habitual compostura, no perdió tiempo en entrar en materia.

—Como bien sabéis, en los próximos días presentaremos el presupuesto para el nuevo ciclo ante la Asamblea. Tras revisar los memoriales de cada ministerio y reflexionar mucho sobre las amenazas que se ciernen sobre nosotros, creo necesario replantear nuestras prioridades.

Las miradas se cruzaron alrededor de la mesa. Algunos ojos brillaban con la agudeza de la anticipación; otros se velaban bajo un barniz de cautela.

—Debemos aumentar con decisión las partidas destinadas a educación y defensa —prosiguió, sereno e inflexible—.

Las fuerzas nox se mueven en el sur, y vuelven a estar dentro de nuestras fronteras.

Esto es serio. Ya intentaron hacerse con el gobierno de Hiclaria una vez.

Sería insensato ignorar su avance. Debemos preparar nuestras armas, pero también nuestras mentes.

Una nación que no educa a sus jóvenes no sobrevive a las tormentas que el mundo le reserva.

Deben entender lo que está en juego y estar listos para enfrentar cualquier desafío que se presente.

Ulter se levantó, con sus facciones igual de duras que la piedra. Su gesto sonó a crujido de roble viejo.

—No puedo estar más de acuerdo, señor —dijo con voz grave—. Estamos listos para defender Hiclaria de esos fanáticos si llega el momento, pero nuestras fuerzas necesitan más y mejores recursos. Toda precaución es poca frente a los nox. Además, el armamento dasteurio no es nada barato.

Loblo también se hizo oír, contundente, pero sin estridencias.

—Una ciudadanía instruida no solo comprende el conflicto, sino que lo trasciende. Es nuestra mejor defensa a largo plazo. Apoyo siempre el incremento en educación. Si algo he aprendido en mi más de medio siglo de vida es que la ignorancia es un abismo más peligroso que cualquier ejército.

Gellandyn observaba sin pronunciar palabra. Entendía la lógica de Sadro.

Reyo, hasta entonces callado, se aclaró la garganta con un carraspeo que bastó para reclamar el foco de todos los presentes. Su semblante era sobrio, pero no duro.

—Comparto el propósito de fortalecer nuestra posición —comenzó—, pero me preocupa la marea que crece bajo la superficie. Mis análisis muestran que muchas familias apenas logran mantenerse a flote, y los tributos actuales empeoran la situación.

Un silencio denso se apoderó de la sala, una neblina invisible que nadie se atrevía a atravesar.

—Planteo —prosiguió Reyo— que consideremos una reducción selectiva para los sectores más afectados. Un respiro, aunque sea breve. No como dádiva, sino como justicia. Esto podría aliviar parte de la presión sobre los ciudadanos más vulnerables.

Yaara, cabeza del Ministerio Tributario, arqueó una ceja. Su mirada, tan gélida como siempre, se posó sobre el ministro de Comercio y Caudales.

—Con todo respeto, Reyo —dijo con la firmeza cortante de quien no está acostumbrada a ser contradicha—, eso no es viable.

Si reducimos los tributos cuando estamos a punto de expandir nuestras necesidades, no llegaremos.

Y sabes muy bien que los demás territorios de la Unión, en especial Dasteura, impondrán condiciones severas para prestarnos dinero.

Gellandyn, que notaba que el equilibrio comenzaba a inclinarse, intervino.

—Tal vez —dijo con voz tranquila y segura— haya una vía intermedia. No se trata de elegir entre espadas y pan. ¿Y si...?

Pero, antes de que pudiera desarrollar su propuesta, Yaara levantó la mano con elegancia desdeñosa y la interrumpió.