Capítulo 9 Una celebración interesante #2
El sonido los condujo hasta una villa de aspecto regio, con columnas blancas y un jardín iluminado por farolillos suspendidos entre los árboles.
En la verja de entrada, forjada con filigranas que imitaban ramas de sauce, podía leerse una inscripción: Aguas Claras.
Dos centinelas nox la custodiaban, impasibles.
Se acercó con paso firme. Los centinelas cruzaron sus lanzas y les bloquearon el paso sin mediar palabra.
—Buenas noches —dijo Renek—. Venimos a la celebración de Alena.
Uno de los centinelas arqueó una ceja, perplejo al escuchar el nombre de Alena, pero no cedió.
En ese momento, una voz femenina brotó desde el interior del jardín.
—¡Renek!
Alena apareció al pie de las escaleras que llevaban a la entrada principal. Sus pasos eran torpes, aunque alegres, y dos jóvenes nox la flanqueaban y reían con ella. El vino y la música se notaban en sus gestos, en la calidez de su rostro iluminado.
—¡Dejadlos pasar, inútiles! —ordenó con alegría.
Los centinelas obedecieron sin réplica. Las lanzas se enderezaron.
Renek y Egon cruzaron el umbral bajo la atenta mirada de los guardias. Alena se acercó tambaleándose con una sonrisa generosa.
—Pensé que no vendrías —dijo, y se detuvo frente a Renek con un gesto ambiguo.
En la mano, una jarra rebosaba de un líquido azul violáceo que emitía un leve aroma frutal.
—Prueba esto —le ofreció mientras alzaba la jarra—. Está delicioso.
Renek la aceptó con curiosidad y observó cómo el contenido captaba los destellos de las lámparas cercanas.
—¿Qué es?
—Lagrimal —respondió Alena, con una entonación perezosa y melosa—. Vino blanco, frutas silvestres y un toque de aguardiente. Una delicia de Hiclaria.
Uno de los compañeros de Alena, joven y encendido por el alcohol, rio con estrépito.
—Cuidado, Alena, como sigas así vas a despertarte flotando en el estanque.
Ella desestimó el comentario con un ademán elegante.
—¿Y qué si lo hago? Mañana descansamos.
Luego se volvió hacia Renek. Sus ojos, entornados pero aún brillantes, lo buscaron, eligiéndolo entre todos los presentes.
—Ven, vamos dentro. Bebe conmigo, disfrutemos.
Se adelantó. La oficial nox había cambiado su mono negro por un vestido revelador similar al de una cortesana de altos círculos.
Las aberturas laterales, sujetas por finas tiras, dejaban al descubierto sus caderas y muslos con provocadora elegancia, y su melena rubia caía en ondas ordenadas sobre los hombros desnudos, que asomaban bajo el tejido negro del vestido, ceñido al cuello a modo de gargantilla.
Era hermosa, no podía negarse, con una belleza desafiante que desentonaba con todo lo que él imaginaba de los nox.Una contradicción andante y tan segura de sí misma que resultaba hipnótica.
Cruzaron el jardín en dirección a la villa.
Pasaron junto a un estanque circular, del que emergía un suave vapor.
Varios nox nadaban en él. Los recién reclutados chapoteaban desnudos y reían sin pudor, ocupando el centro del agua con una energía desordenada, mientras que los más veteranos, de gestos serios, se mantenían cerca del borde, disfrutando de la temperatura del estanque.
—¿Cómo puede estar caliente el agua? —preguntó Renek, intrigado.
Egon, que caminaba a su lado, respondió con discreción:
—Lagunas privadas. Las gentes pudientes las hacen construir con depósitos de leña bajo tierra. El calor sube y mantiene el agua caliente.
No pudo evitar un prolongado parpadeo, sorprendido por el lujo que les rodeaba.
El grupo cruzó el umbral de la villa, y quedó impactado por los detalles del opulento interior.
El atrio, amplio y acogedor, se abría ante él, evocando la entrada a una cueva de tesoros, con el centelleo de las lámparas de aceite bailando sobre las superficies pulidas.
En el centro, un estanque rectangular recogía el agua de lluvia que caía desde una abertura circular en el techo, rodeada de enredaderas colgantes.
La superficie del agua reflejaba el cielo nocturno con tal nitidez que ofrecía la ilusión de una ventana abierta al exterior.
Un aroma floral flotaba en el aire y envolvía los sentidos como una caricia lenta.
Los condujeron hasta una sala contigua, donde tres lechos en forma de u dominaban la estancia, con marcos de madera tallada y cubiertos de cojines en tonos violeta, oro y negro.
Una mesa baja, llena de copas vacías y restos de un banquete reciente, ocupaba el centro, y un brasero mantenía la temperatura perfecta.
Alena se dejó caer en uno de los lechos con gracia felina, y palmeó el espacio a su lado con una risita.
Renek se sentó, y sintió la suavidad de los tejidos y el calor del cuerpo de ella, tan próximo. Los reclutas ocuparon los demás lechos mientras reían y brindaban. Egon los imitó, incómodo. Su postura era rígida y contrastaba con la relajación de los demás.
Alena se inclinó hacia él, y su aliento, cálido y embriagado de lagrimal, rozó la corta distancia que los separaba. Renek sostuvo una sonrisa forzada, como quien mantiene el equilibrio sobre hielo delgado.