El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 9 Una celebración interesante
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Capítulo 9 Una celebración interesante

El cielo comenzaba a vestirse de tonos violáceos y cobre cuando cruzaron la pequeña muralla que separaba el Distrito Popular del Alto Distrito.

A la par que avanzaban por la avenida principal, dos faroleros encendían, una a una, las lámparas del camino con antorchas de llama pálida, dejando tras de sí una estela de luz cálida que comenzaba a devorar las sombras del anochecer.

Las diferencias entre ambos distritos eran evidentes.

Incluso el ambiente era distinto: más limpio, menos denso.

Los sonidos también eran otros; el bullicio quedaba atrás, sustituido por conversaciones comedidas, risas apagadas y el repicar ocasional de copas finas.

La gente que transitaba por las calles vestía ropajes de telas finas y se movía con un aire de tranquilidad que contrastaba con el ajetreo del Distrito Popular, hasta sus gestos y movimientos eran más refinados, lo que acentuaba aún más la sensación de haber entrado en un mundo diferente por completo del que acababan de dejar atrás.

Las casas, más altas y ornamentadas, mostraban fachadas de piedra pulida, con molduras delicadas que captaban los últimos rayos de luz, diseñadas para reflejar la despedida del día; y ventanales amplios reflejaban el atardecer, convertidos en espejos encantados.

A lo lejos, la pared de la montaña se alzaba cual telón de piedra en el borde de la ciudad. Su superficie escarpada atrapaba la luz del crepúsculo con una belleza severa. La observó un instante mientras se preguntaba cuántos siglos llevaría protegiendo Dampus.

—La entrada al Distrito Subterráneo debe de estar justo al otro lado del Alto Distrito, junto a la pared de esa montaña —murmuró Egon, que rompió el hechizo.

Sin contestar, continuó la marcha junto a él mientras admiraba la imponente pared vertical, dejando que el ritmo pausado de la ciudad alta los condujera hacia su destino.

Una voz aguda y declamatoria los sacó de sus pensamientos.

Un anciano de porte insólito hablaba con vehemencia a un pequeño grupo de oyentes.

Vestía con una opulencia deslucida: un abrigo capa teñido en un vibrante tono anaranjado, ahora desvaído, que parecía haber soportado más de una tormenta, y unas botas altas manchadas de barro con muchas millas de viaje.

Su aspecto evocaba la imagen de un comerciante venido a menos o de un actor demasiado tiempo fuera del escenario.

Alguien que había estado cerca de la riqueza, pero que se había alejado de ella poco a poco hasta convertirse en un espejismo.

—¡El mal se cierne sobre nosotros! —clamaba con un dedo levantado—. ¡La decadencia avanza y nadie la detiene! ¡Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde!

Enarcó una ceja, sorprendido por la osadía del discurso. Con los centinelas nox vigilando las calles, hablar así en público era tentar a la suerte. Como si hubiera sentido su juicio mudo, el predicador se volvió hacia ellos. Sus ojos brillaron con un fulgor casi febril mientras se les acercaba.

—La decadencia y la enfermedad se abren paso hacia Dampus e Hiclaria —proclamó con voz vibrante—. Os pido que os unáis a nuestra causa. Juntos podemos detener esta plaga antes de que sea demasiado tarde.

—¿La plaga de gorvosis? —preguntó Egon mientras cruzaba los brazos.

El anciano se acercó un paso más y bajó el tono hasta un susurro conspirativo.

—Las cosas cada vez van a peor en Hiclaria.

Hablo de lo que nos llega de fuera. Se quedan con nuestras casas, nos quitan nuestro trabajo y se apoderan de los recursos que deberían ser para los hiclariotas.

Y, mientras tanto, la gente calla. Necesitamos gente como vosotros: fuertes, despiertos, curiosos por conocer la verdad.

Los nox han ayudado a poner orden en Dampus, pero no es suficiente...

Sintió cómo su confusión se transformaba en disgusto. No era la enfermedad ni la ocupación siniestra lo que agitaba el pecho de aquel hombre, al menos no principalmente. Era el odio, la ponzoña de la ignorancia disfrazada de advertencia.

—¡Uníos a nuestra empresa! —prosiguió el anciano, con un fervor apenas contenido— Si queremos tener voz en la Ciudadela, debemos expulsar a toda esa gente de la ciudad. Solo así podremos salvar Dampus e Hiclaria.

—No, gracias —replicó Renek con voz fría—. Tengo poca paciencia para quienes ven fantasmas donde solo hay personas.

Sin esperar réplica, se apartaron del grupo y retomaron el paso. A sus espaldas, las palabras del predicador los perseguían con la persistencia de un eco amargo.

—¡Os arrepentiréis! ¡Cuando llegue el caos y los dystheos hablen, recordaréis este día!

Renek volvió la cabeza, lo justo para confirmar que el hombre no dejaba de escrutarlos. Pero no dijo nada. Podía sentir como la indignación le punzaba en la espalda, pero no le importó. Tenían cosas más importantes de las que preocuparse que las fantasías paranoicas de un fanático.

—No puedo creer que, en los tiempos que corren, ese tipo se obsesione con estupideces —murmuró Egon.

Renek no apartó la vista del camino, pero seguía picado por la curiosidad.

—¿Quiénes son los dystheos?

—No hagas caso. Cosas de gente mayor. Supersticiones de antaño. Entre eso y la obsesión por los foráneos... El miedo hace cosas extrañas a la gente. Busca culpables —añadió Egon—. Es más fácil señalar a los que son diferentes que enfrentar la verdadera amenaza.

La noche estaba cayendo. Contemplaba las luces de los faroles que parpadeaban en las ventanas de las casas y villas del Alto Distrito, semejando un reflejo terrestre del cielo estrellado que ya se esbozaba sobre ellos.

Según se acercaban al pie de la montaña, el ambiente se transformaba con una sutileza inquietante.

Los edificios, aunque aún majestuosos, mostraban una antigüedad evidente: cornisas erosionadas por el tiempo, frontones deslucidos, rejas oxidadas con formas antiguas...

Aquella zona tenía el aspecto de haber sido el primer núcleo de todo el distrito, y ahora vivía a la intemperie del recuerdo de lo que fue.

La gente también escaseaba. A lo largo de las calles solo se distinguían contados transeúntes, apurados, que evitaban las esquinas oscuras.

Frente a ellos, un diente de hierro incrustado en la carne viva de la montaña. Una gran puerta forjada se alzaba, flanqueada por dos centinelas nox que portaban alabardas.

—Mantén la calma —murmuró Egon, sin mover apenas los labios—. Como si tuvieras derecho a estar aquí.

Renek se adelantó con paso seguro. Uno de los guardias, alto y con una cicatriz mal cerrada que descendía desde su frente hasta el pómulo, volvió la cabeza hacia ellos.

—¿Qué asuntos tenéis en el Distrito Subterráneo? —preguntó, con una voz áspera y profunda.

—Negocios —respondió Renek—. Con un mercader local. Nada que deba inquietaros.

El guardia no se movió.

—Enseñadme vuestro pase.

Renek percibió cómo su pulso se paralizaba un instante.

Una gélida transpiración le empapó la espalda.

Su mente funcionaba a máxima potencia, pues indagaba una escapatoria a ese imprevisto trance.

Su mano descendió con lentitud hacia los bolsillos y rebuscó en el vacío con simulada desesperación, fingiendo buscar un pase que sabía que no existía.

—Maldita sea —murmuró, y apretó los dientes en una expresión estudiada de fastidio—. Creo que lo he dejado en la caravana.

El guardia de la cicatriz lo examinó con el mismo rigor que se reserva a los falsificadores.

—Sin un pase firmado por un oficial no se permite el acceso —dijo con una firmeza inquebrantable, su mano ajustándose al astil de la alabarda.

Renek ensayó una sonrisa conciliadora.

—¿No podría hacerse una excepción? Solo vamos a estar un momento, nuestro contacto nos está esperando y...

—He dicho que no —interrumpió el guardia, implacable—. Sin pase, no hay entrada.

No había espacio para negociar. Renek se retiró con lentitud y reprimió su frustración.

—Entiendo —murmuró con una falsa resignación. Dio media vuelta y se alejó de los centinelas con fingida calma.

Ambos se distanciaron de la entrada al Distrito Subterráneo. Renek exhaló con exasperación y se volvió hacia su camarada.

—¿Y ahora qué?

Egon no respondió de inmediato. Estaba concentrado tratando de pensar una alternativa mientras ambos deambulaban por los alrededores de la entrada.

Renek apoyó su espalda contra la fachada de una casa y se dejó caer junto a la pared, sentándose en el empedrado.

Cerró los ojos y se frotó el rostro con ambas manos a la vez que sentía el cansancio reclamar su cuerpo.

La noche estaba en calma. Demasiado en calma. La quietud era tal que el roce de la brisa entre las tejas o el lejano ladrido de un perro se volvían sonidos inmensos.

Pero entonces, entre ese mar de quietud, algo surgió: música. Las notas lejanas se filtraban a través del aire y traían consigo una chispa de vida. Llegaban con la fragilidad de un sueño y, poco después, risas y voces animadas empezaron a mezclarse con las notas. No era un espejismo.

Extrañado por el jolgorio a esas horas de la noche, Renek aguzó el oído para determinar la dirección de aquella jarana. De súbito, se iluminó.

—La mujer de la taberna —dijo de pronto, como quien recuerda una pieza clave de un rompecabezas.

Egon lo miró sin entender.

—¿Qué?

—Alena. ¿Recuerdas? La mujer rubia en el Jabalí Dorado, la oficial nox. Dijo que habría una fiesta esta noche.

Egon arqueó las cejas, escéptico.

—No creo que sea buena idea acudir a esa fiesta.

Renek se incorporó con decisión.

—¿Qué podemos perder? Tal vez podamos hablar con ella. Conseguir algo. Es nuestra mejor oportunidad ahora mismo.

Egon no respondió, pero su silencio fue suficiente. Comenzó a caminar tras él, que ya seguía el rastro de la música con la tenacidad de un sabueso tras una fragancia prometedora.