Capítulo 8 El ansiado remedio #3
—Sí, y en su defensa diré que algunas veces llaman a mi puerta con nuevas provisiones.
Sin embargo, el decreto de los precios hace muy difícil conseguirlas.
Ahora muchos productores y mercaderes prefieren cruzar la frontera con Librark y vender allí, a pesar de que se la juegan.
Suena triste, pero tampoco los culpo. Al fin y al cabo, uno puede sustentar su negocio un número limitado de días vendiendo bajo coste.
Cuando con suerte consigo hacerme con algunos ingredientes, que están carísimos, enseguida se terminan.
Y luego soy yo quien debe decirles a quienes llaman a mi puerta que, muy a mi pesar, no puedo tratarlos.
Egon, de pie a su lado, parecía hundido en sus pensamientos, absorto en un punto inexistente.
—Si por lo que sea damos con algo, te lo haremos saber —ofreció Renek.
La reacción del médico fue inmediata. Dio un paso atrás y entrecerró los ojos, como si acabaran de traspasar un límite invisible.
—Yo no os he pedido tal cosa —replicó, tenso—.
Ni os he sugerido en ningún momento que os metáis con los nox.
Y, como os oigan, os arrestarán por traición y a mí me clausurarán la consulta.
Solo os he hablado de la posible cura porque habéis preguntado.
Nada más. Ahora, si no necesitáis nada más, podéis marcharos.
Pero Renek aún no había terminado. Había más que necesitaba saber.
—Me pareció oír en el mercado que algunos soldados hiclariotas habían llegado a Dampus heridos, buscando refugio y atención médica. ¿Sabes algo de eso?
La pregunta tensó aún más el ambiente. Marius fingió interés en el suelo, negándose a sostener aquel cruce.
—No... no sé nada al respecto.
La voz del médico era demasiado plana, y Renek detectó el temblor leve en su tono. Decidió presionar, sin apartarse de un timbre sereno y bajo.
—Si sabes algo, deberías decírnoslo. A menos, claro, que prefieras explicárselo a los nox.
Una intimidación no demasiado dura, pero sí lo bastante clara. Marius se puso aún más a la defensiva, dio otro paso atrás, visiblemente incómodo.
—¿Me estáis amenazando? Ya he hablado con los nox. Les dije lo mismo que a vosotros: que no sé nada de ningún soldado.
Pero la convicción de sus palabras era igual de fuerte que el yeso húmedo.
Renek suavizó el tono, sin moverse del sitio.
—Marius, por favor. No estamos con los nox. Cualquier información que tengas podría ser importante. Confía en nosotros.
El médico los contempló largo rato. En él se adivinaba una pugna entre el deber y el miedo. Suspiró. Su espalda se curvó un poco, oprimida por una losa que no podía verse.
—De acuerdo —murmuró—. Seguidme.
Marius se acercó al escritorio, buscó entre una estantería y al final sacó una cuerda delgada que estaba conectada al techo.
Tiró de ella con fuerza y se desplegó una escalera estrecha oculta.
Los condujo hasta la buhardilla. Con cada peldaño, el aire cambiaba de olor, pasando de las hierbas frescas a algo más agrio: sudor rancio, telas húmedas, fiebre.
La estancia estaba iluminada por velas, cuyas llamas oscilaban sin atreverse a levantar del todo la oscuridad.
Había cuatro jergones improvisados, cada uno con un ocupante.
Dos de ellos yacían inmóviles, cubiertos por completo por mantas de lana basta.
Los otros respiraban con dificultad, los ojos cerrados, la piel perlada de sudor.
—Llegaron hace unos días —explicó Marius, apagado—. Estaban malheridos y exhaustos. Hice lo que pude, pero...
La frase se disolvió en el silencio.
Renek se acercó a uno de los hombres inconscientes. Estaba pálido y demacrado, con oscuras ojeras bajo los ojos cerrados. Se inclinó hacia delante.
—¿Qué les ocurrió?
—No lo sé con certeza —respondió Marius—. Aquel de allí —señaló con la barbilla— llegó inconsciente. El otro solo balbuceó algo sobre una emboscada antes de perder el sentido. No ha vuelto a hablar desde entonces.
Egon se aproximó al segundo lecho y ojeó al soldado con una expresión entre la pena y la impotencia.
—¿Cómo lograron llegar hasta aquí? ¿Cómo pasaron el control de los nox?
—¿Crees que sobrevivirán? —preguntó Renek.
El médico no respondió de inmediato. Se limitó a mirar en dirección a los indispuestos, luego se encogió de hombros.
—Es difícil saberlo. He hecho todo lo que está en mis manos, pero... No sé qué voy a hacer si los nox vuelven a presentarse aquí.
Renek sintió un nudo endurecerle el estómago. En ese estado, sacarles información sería imposible. Marius se apartó hacia la escalera.
—Debo volver a mi trabajo. Ya habéis visto lo que había que ver.
Renek asintió con respeto.
—Gracias por confiar en nosotros.
Egon añadió:
—Y por cuidar de ellos.
Al bajar las escaleras, Marius se detuvo un instante.
—Os ruego que no habléis de esto a nadie. Si se enteran...
—Tienes nuestra palabra —interrumpió Renek.
—Gracias. ¡Muchacho! —llamó—. Acompáñalos a la salida.
El asistente apareció al pie de las escaleras con la misma expresión impasible con la que los había recibido.
Agradecieron una vez más las atenciones antes de dirigirse hacia la salida. Mientras bajaban las escaleras, Renek no podía dejar de pensar en los soldados de la buhardilla y en lo que su presencia podría significar para la búsqueda de Kida.
Al llegar a la puerta principal, el asistente los esperaba con los brazos cruzados y la misma expresión áspera de antes.
—¿Ya habéis terminado? —preguntó con desgana.
—Sí, ya nos vamos —respondió Renek mientras extendía la mano hacia el picaporte.
Pero, justo cuando iban a cruzar el umbral, el asistente alzó una mano con un gesto seco.
—Esperad —murmuró, y luego echó un vistazo rápido por el pasillo. Asegurándose de que Marius no estuviera cerca, bajó la voz—. Tengo algo que podría interesaros.
Renek se volvió hacia él con calma aparente, aunque por dentro se encendía la alerta. Mantuvo el tono impasible.
—¿Qué clase de algo?
El ayudante dio un paso hacia ellos. Su voz descendió aún más, hasta convertirse en un susurro cómplice.
—Polvo os pagaría cien monedas de oro si encontráis la muestra y se la lleváis a él.
Renek, con una ceja arqueada, fingió no reconocer el nombre.
—¿Polvo? ¿Quién es Polvo?
El mozo lo miró como si acabara de preguntar qué era una silla.
—¿No sabéis quién es Polvo? —la incredulidad se dibujó en su rostro—. ¿De dónde habéis salido vosotros?
Renek se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia.
—Somos nuevos en la ciudad. ¿Por qué está tan interesado Polvo en esa muestra?
—Polvo tiene gente que podría reproducir la muestra y luego distribuirla. Al precio justo, claro. Ayudaría a mucha gente y, de paso, obtendría un buen beneficio. No como Marius, que simplemente la regalaría.
Hizo un gesto despectivo con la cabeza hacia el piso superior.
—¿Y si le contáramos esto a Marius? —preguntó Renek con frialdad, tanteando el terreno.
La expresión del asistente se relajó. La propuesta no le sorprendió en absoluto.
—Adelante. Será vuestra palabra contra la mía. ¿A quién va a creer Marius? ¿A su ayudante fiel o a dos desconocidos que acaban de cruzar su puerta?
Reconoció la astucia del joven. Decidió cambiar de táctica.
—Supongamos que quisiéramos considerar tu oferta. ¿Dónde encontraríamos a Polvo?
El asistente soltó una carcajada corta, casi sin humor.
—Uno no encuentra a Polvo. Él te encuentra a ti. Pero, si de veras estáis interesados..., buscad a Garlan. Es un profesional del Distrito Subterráneo. Hace tiempo que no le veo, pero sé que él os puede poner en contacto.
Memorizó el nombre. No respondió. Después de un breve momento, se inclinó hacia el asistente.
—La verdad es que preferiría darle la muestra a Marius si la encontramos.
El ayudante ladeó la cabeza y sonrió con una mueca cargada de sarcasmo.
—Claro, claro. Ayudar al pueblo es muy bonito. Qué nobleza. Pero ayudaríais a más gente si se la dierais a Polvo. Y os llenaríais los bolsillos en el proceso.
Antes de que pudiera contestar, Egon intervino impregnado de desprecio.
—Claro... Ayudar a los que pueden pagar, y que los demás se pudran. Despreciable.
El mozo se encogió de hombros, impasible.
—Los remedios cuestan. Como todo. Pero, si no queréis el dinero, allá vosotros.
Renek no reaccionó ante la intimidación camuflada.
—Gracias por la información —se limitó a decir con frialdad—. Nos vamos.
Y, sin esperar réplica, él y Egon atravesaron el umbral de vuelta a las calles de Dampus.