El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 8 El ansiado remedio #2
17%

Capítulo 8 El ansiado remedio #2

—Lo siento, de verdad. Me merezco lo peor... —las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos—. Le debo dinero a Polvo —confesó en un sollozo sofocado—. No es mucho, pero no he podido devolverlo a tiempo. Sus matones vinieron a mi casa a... recordármelo. Uno de ellos se quedó ahí con mi esposa...

Renek estaba ayudando a Egon a levantarse y entrecerró los ojos al oír el nombre.

—Polvo... —musitó.

—Me avisaron de no hacer tratos con él —continuó el hombre—. Pero mi mujer... está enferma. No podía esperar... O les daba el dinero hoy, o me mataban. Y no puedo morir... mi esposa...

—Sigue sin ser motivo para pasarle tu muerto a otras dos personas inocentes —le cortó Egon.

—Tiene gorvosis. La enfermedad la tiene postrada en cama desde hace unos días, aunque por suerte no la ha vuelto agresiva ni nada por el estilo... Pero está muy frágil. Necesita cuidados.

Egon frunció los labios, pensativo.

—Gorvosis…

Sin decir palabra, Renek se levantó y tomó la espada de las manos del hombre, con desaire. El individuo la libró con miedo.

—De veras lo siento. Dejadme compensaros por esto. Deberíais visitar a un médico, conviene que os mire esas heridas. Podéis visitar a Marius, el médico del distrito. Es un viejo conocido. Decidle que venís de mi parte, de parte de Rugan, y no os cobrará nada. No está lejos de aquí.

—No hay nada en lo que tenga menos fe que en tu palabra, ahora mismo —le espetó Egon.

—Esto no es ninguna trampa, os lo juro. Marius es el médico más reconocido del distrito.

No tenéis por qué ir si no queréis. De hecho, lo entendería perfectamente...

Su casa está a dos cuadras de aquí, saliendo del callejón a la derecha.

La reconoceréis enseguida por el cartel.

Si vais, que sepáis que tengo muy buena relación con él y no os pedirá pago alguno si le informáis de que yo os envío.

Miró al hombre con desconfianza y, junto a Egon, emprendieron el camino hacia el Distrito Subterráneo, dejando atrás a aquel miserable.

—¡Buena suerte! —se oyó desde la posición del hombre. Un intento desesperado de evitar cualquier represalia futura por parte de los dos forasteros a los que, muy a su pesar, había engatusado.

Egon se detuvo al llegar a un cruce de calles y se volvió, pensativo.

—Quizás no era necesario llevar la bolsa tan a la vista. Podríamos habernos repartido las monedas, o haberlas escondido mejor. No pretendo echarte la culpa de lo que ha pasado, pero para futuras ocasiones.

Se encogió de hombros y miró a Egon medio molesto por su reproche. Al fin y al cabo, había sido él quien había sugerido acercarse a ayudar.

—Tal vez tengas razón —admitió—. Pero yo me había ganado el dinero y yo decidí qué hacer con él. La próxima vez recibes tú los puñetazos.

Ambos salieron a una vía más ancha. El dolor creciente en la mano herida del capitán marcaba cada paso. A Renek volvía a dolerle la cabeza.

Recorrieron varias calles, atentos a los rótulos que colgaban sobre las puertas, hasta que avistaron una casa de fachada modesta, aunque más ancha que las demás.

Sobre el umbral, un cartel de madera desgastada se balanceaba al ritmo de la brisa.

Las letras, desvaídas por los años, aún eran legibles: Físico, dentista y herbolario. Remedios para dolores.

Llamó con firmeza. Tardaron unos segundos en abrir. La puerta se entreabrió con un leve chirrido, y del otro lado asomó un joven de rostro adusto y ojeroso.

—Hola, ¿necesitáis algo? —preguntó con sequedad mientras los escudriñaba con desconfianza.

—Mi compañero está herido. Necesita atención —dijo Renek sin alterarse.

El joven asintió.

—Está arriba, en el primer piso —les indicó con la cabeza que lo siguieran.

Subieron por una escalera de madera que crujía bajo sus pies.

El olor de hierbas secas y ungüentos les llenó las fosas nasales.

La sala a la que accedieron era amplia y luminosa.

La luz del atardecer entraba por dos ventanas, tiñendo el espacio de tonos ámbar.

A su alrededor, estanterías se alineaban contra las paredes, abarrotadas de frascos de vidrio soplado que contenían líquidos opalescentes y polvos terrosos.

Cada envase iba marcado con etiquetas escritas a pluma en caligrafía precisa.

En el centro de la estancia, una gran mesa de trabajo acogía un desorden meticuloso de instrumentos de latón, alambiques y mapas anatómicos.

Un rincón polvoriento albergaba una biblioteca llena de volúmenes, con siglos de conocimiento médico, con toda probabilidad.

Del techo colgaban ristras de hierbas agrupadas en racimos.

En un lateral de la sala, un hombre de edad avanzada y ojos amables se volvió hacia ellos.

Estaba surcado por arrugas suaves y una barba gris de algunos días.

Vestía una túnica de lino gris, manchada de tinta y ungüentos, y sus brazos, desnudos hasta el codo, mostraban las huellas de años de oficio: cortes, manchas y quemaduras cicatrizadas.

—Bienvenidos. Soy Marius, médico del distrito —dijo con calidez—. ¿Qué os trae hasta mi puerta?

Renek casi no respondió. Marius ya se había percatado de la herida de Egon, y se acercó para escrutarla con la confianza de quien ha visto demasiadas cosas para sorprenderse.

Sin perder tiempo, el médico fue hasta un armario de cristal y extrajo vendas, gasas y tinturas.

Extendió la mano para invitar a Egon a enseñarle la herida de cerca.

—La mano —ordenó con un gesto. Egon obedeció.

Inspeccionaba el tajo con movimientos precisos cuando Marius comentó sin levantar la vista:

—No os había visto nunca por el distrito. No sois de por aquí, ¿verdad?

—Solo estamos de paso en Dampus. Nos acaban de asaltar en un callejón. Nos han quitado todo cuanto teníamos, pero venimos de parte de Rugan...

El médico soltó un soplido y negó con la cabeza.

—Ah, ese rufián...

—Nos ha dicho que…

—Que si venís de su parte no os cobraré, ¿no?

Ese pícaro me debe no una, ¡sino diez! No os preocupéis, no me importa de dónde vengáis, os trataré igual.

No podría cargar con haber ignorado a alguien necesitado de asistencia.

Será mejor que me ocupe de ese corte antes de que se infecte...

o algo peor —dijo mientras examinaba la mano de Egon.

Renek se cruzó de brazos.

—¿Es grave?

Marius bufó y negó apenas con la cabeza.

—Si se trata ahora, no. Pero, si se deja, puede complicarse. Las calles del Distrito Subterráneo están infestadas de gorvosis, no sé si habéis oído hablar de ella.

—Algo he oído.

—Yo no —confesó Renek.

—Es una enfermedad bastante común en Gronia, y en los últimos tiempos ha comenzado a propagarse por el suroeste de Hiclaria y el sur de Librark —explicó—.

Te va drenando hasta que tu cuerpo cede.

Luego decide qué parte de ti quiere quedarse.

Si tienes suerte, te consume hasta dejarte inmóvil, como un muerto que respira.

A otros les toma la mente primero... Y ahí es cuando empiezan los problemas.

Los nox están ayudando con redadas y cuarentenas, que ya es más de lo que hacía el alcalde, pero no es suficiente.

Esta misma mañana se llevaron a uno de los hermanos zapateros.

Dicen que empezó a gritar, morder... No reconocía a nadie.

Tuvieron que sacarlo de su casa entre varios, atado como un animal salvaje.

—Señaló la herida de Egon—. Una herida como esa es una invitación más que tentadora para ese mal.

Se te mete por donde puede, huele la sangre.

Marius comenzó a limpiar el corte. Renek observaba callado mientras procesaba la información. Tal vez...

—¿Puede la gorvosis afectar a los recuerdos? —preguntó.

—¿A qué te refieres?

—Quiero decir, ¿puede dañar tu memoria?

—Te daña entero —contestó el médico—. Si la coges, o enloqueces o no te levantas...

Estaba cerca. ¿Podría haber sido él un infectado de gorvosis que se había recuperado? Eso explicaría su debilidad y la mente dañada.

—No tengo constancia de afectaciones concretas a la memoria, por eso —continuó Marius—. Al menos yo no me he topado con ningún paciente con síntomas de amnesia.

Otra puñalada a su esperanza.

Sea como fuere, creyó conveniente preguntar:

—¿Y cuál es la cura?

El médico insinuó un amago de sonrisa, triste, casi burlona.

—No la hay. Una vez infectado, eres víctima de la enfermedad.

Un afamado médico del Alto Distrito tenía avances prometedores, incluso presumía de haber conseguido un potencial remedio que pretendía vender a las familias de los infectados.

Pero, cuando los nox tomaron Dampus, saquearon su casa.

Se llevaron todo: documentos, muestras, preparados...

Según ellos, ese conocimiento no puede quedar en manos de un solo individuo.

Que algo así debería pertenecer a todos...

No sé que pensar —añadió con un suspiro—, puede que tengan razón.

Lo cierto es que se lo llevaron todo y ahora estamos a ciegas.

Renek y Egon se miraron. El tono de Marius despertaba un eco en su conciencia.

—En fin, me encantaría colaborar en el desarrollo de esa cura, pero no es tarea sencilla. Se rumorea que conservan todo en la Ciudadela. Y no son precisamente amables con quienes se entrometen en sus asuntos.

Terminó de vendar con delicadeza la mano de Egon y dejó la articulación envuelta en lino limpio.

—Sintiéndolo mucho, me temo que esto es todo lo que puedo hacer hoy por vosotros. Estoy escaso de todo. Sin bálsamos, sin jarabes.... Apenas me quedan vendas, y con mi poco caudal, incluso si tuviera acceso a ingredientes para preparar algo que pudierais llevaros, no podría dároslo.

—Si tanto se preocupan los nox por el bienestar de la gente—dijo Renek, escéptico—, ¿no puedes negociar algunos suministros con ellos?