El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 8 El ansiado remedio
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Capítulo 8 El ansiado remedio

El sol descendía con lentitud sobre los tejados de Dampus y su luz bañaba la ciudad con un fulgor áureo, encendiendo los muros de piedra y las calles adoquinadas.

Al otro lado del mercado, una tienda llamó la atención de Renek.

A cierta distancia del ruido general, un cartel colgaba sobre su puerta: una espada cruzada con un escudo.

—Mira —dijo, a la vez que la señalaba—. Tal vez deberíamos echar un vistazo si vamos a buscar a Kida.

—Buena idea.

Cruzaron la plaza y empujaron la puerta de la tienda.

El interior era fresco y en penumbra. Las paredes estaban cubiertas de estanterías y soportes de los que colgaban espadas, hachas, escudos y piezas de armadura.

En el centro, un amplio mostrador exhibía dagas, cuchillos y piezas más pequeñas, todas alineadas con cuidado.

Un hombre de complexión robusta, con el pelo oscuro y grasiento peinado hacia atrás, se les acercó con una sonrisa hospitalaria. Su barba cubría sus mejillas y patillas, pero dejaba libre el mentón y el labio superior.

—Bienvenidos, caballeros —saludó con un timbre grave—. Soy Doran, el dueño de esta modesta armería. Y aquel de allí —señaló a un joven encorvado sobre una coraza que pulía con dedicación— es mi aprendiz. Permítanme ofrecerles una de las mejores selecciones de armas y armaduras en todo Dampus.

Renek detectó un deje de orgullo en su voz, pero también un matiz apagado, un entusiasmo que sonaba más a hábito que a sentimiento auténtico.

—Aunque les advierto —añadió en un hilo tenue de confidencia— que no es tan impresionante como solía ser. Los centinelas vinieron hace unas lunas y requisaron parte de mis mejores piezas.

—Aun así, nos gustaría echar un vistazo.

—Por supuesto, por supuesto —repitió Doran mientras abría los brazos—. Todo lo que ven está en venta. Si buscan algo en concreto, díganlo y estaré encantado de ayudarles.

Ambos comenzaron a inspeccionar la tienda.

Renek recorrió las hileras de acero y cuero, y se detuvo ante espadas forjadas con habilidad, hachas equilibradas y armaduras que mostraban señales de haber sido usadas, pero también cuidadas.

Tocó el mango de una espada corta con guardamano casi inexistente, de hoja sólida y equilibrada.

—Pieza interesante —comentó Egon, que lo analizaba muy atento.

Renek devolvió la espada a su soporte.

Tras un rato de silenciosa deliberación, se decidieron por algunas piezas de armadura ligera, compuestas de cuero endurecido.

El armero les ayudó a ceñirse cada parte con destreza y cuidado, y se aseguró de que todo encajara a la perfección.

Cuando Renek ajustó la correa de su peto y sintió el roce firme del cuero contra el torso, un sosiego interior lo envolvió.

También decidieron hacerse con un arma cada uno.

Por si acaso. Ninguna de las espadas que probaron era excepcional, pero la mayoría eran equilibradas, bien forjadas y lo bastante fiables para sobrevivir a lo inesperado.

Al colgársela del cinturón, Renek sintió el peso del arma con la íntima cercanía de un recuerdo fiel.

La carga familiar en la cadera le dio una sensación de seguridad que no sabía que necesitaba, la impresión de haber recuperado una extensión natural de su cuerpo.

Se despidieron con un gesto y salieron de nuevo a la plaza, donde el sol había descendido otro palmo en el cielo, con la sensación de estar más preparados para lo que pudiera venir.

El lugar hervía de vida, con vendedores que pregonaban sus mercancías y compradores que regateaban los precios.

Todo ello se entrelazaba con el repiquetear de las monedas.

Egon se detuvo frente a un puesto de ropa.

—Dame un segundo —dijo, concentrado en una chaqueta larga de cuero oscuro. En ella se unían la practicidad y la severidad, y le encontró utilidad de inmediato.

Con su compañero ocupado en el regateo, Renek se dejó llevar por el vaivén del mercado, pasando frente a puestos de telas, herramientas, abalorios y baratijas.

Uno de los tenderetes exhibía bufandas de toda clase: finas, gruesas, de lana, de lino, de colores chillones y sobrios.

Entre todas, una llamó su atención. Era una bufanda tubular de color negro, sin adornos, sin pretensiones.

La tomó entre las manos, sintiendo su textura sencilla y agradable.

—Me llevo esto —dijo de forma escueta al vendedor mientras dejaba unas monedas sobre la tela desgastada del mostrador.

Vestidos con ropajes nuevos, cubiertos por cuero recién aceitado y con el tintinear del acero en los cintos, Renek y Egon retomaron el camino.

Esta vez hacia el Distrito Subterráneo. A cada paso, las voces, las risas y los pasos apresurados se superponían sin orden.

Las calles se volvían más estrechas, las fachadas más húmedas, las ventanas menos numerosas.

Entonces, un hombre emergió de un callejón y se abalanzó sobre ellos con gesto brusco. Estaba pálido y tenso, temblaba y tenía los ojos enrojecidos.

—¡Por favor... ayúdenme! —suplicó el desconocido, jadeando con el aliento roto de quien ha corrido demasiado tiempo bajo el peso del miedo—. Unos matones de Polvo están acosando a mi amigo. Lo tienen acorralado en un callejón. No sé qué hacer.

El instinto de Renek se puso en alerta. Estaba convencido de que ya habían perdido demasiado tiempo y que deberían continuar investigando sobre el paradero de Kida.

Miró a Egon, buscando en él un atisbo de escepticismo que justificara seguir adelante.

Pero, para su sorpresa, Egon no compartía su reserva.

—No podemos ignorar a un pobre hombre al que están a punto de darle una paliza —dijo—. No me quedaré de brazos cruzados dejando que unos matones abusen de alguien indefenso.

Renek dudó. Luego asintió con un suspiro resignado.

—Llévanos con él —dijo al hombre.

El desconocido los condujo por un dédalo de callejones hasta desembocar en una garganta de piedra mal iluminada por un farol oxidado. Allí, dos matones corpulentos mantenían a una tercera persona acorralada contra la pared. Renek y Egon se apresuraron hacia ellos.

De pronto, aquella tercera persona se puso en pie junto a los otros dos matones, y reveló un porte de características similares al de los agresores. No tenía demasiada pinta de víctima. Se dibujó en los rostros de los tres una sonrisa burlona.

Egon agarró del brazo a Renek y dio un paso atrás en un intento de deshacer su entrada al callejón, pero otros dos matones les bloqueaban la salida a sus espaldas.

—Vaya, vaya... Así que dos forasteros se quedan con las monedas del círculo y luego quieren ampliar su gesta salvando a desgraciados en apuros... —gruñó uno de ellos—. Ahora sabréis lo que son hostias de verdad.

Viendo que no tenían demasiada alternativa, Renek decidió probar suerte con su elocuencia.

—O tal vez seáis vosotros quienes acabéis sin un diente —les advirtió.

Los tres hombres se miraron, y luego estallaron en carcajadas gruesas junto a los dos de detrás.

—¿Nos estás desafiando, imbécil? —dijo el primer matón, que se acercó a Renek y, sin más, le soltó un puñetazo que esquivó por los pelos.

El otro matón se lanzó sobre Egon, que retrocedió con torpeza y chocó con Renek.

El momento de confusión les pasó factura.

Fue a desenvainar su nueva espada, pero no le dio tiempo.

Una hoja centelleó de forma fugaz en la oscuridad: el filo de una navaja abrió la carne de la muñeca y la mano de Egon, quien gimió de dolor.

Renek reaccionó. Se lanzó contra el portador del cuchillo, lo embistió con fuerza y lo derribó al suelo.

Pero, antes de que pudiera recobrar el aliento, otro malhechor ya estaba sobre él con una mano cerrándose como un grillete alrededor de su cuello.

Dos más acudieron y lo agarraron por la espalda para coartar cualquier movimiento de brazos y cabeza.

Quien había portado el cuchillo se levantó del suelo con un gruñido y se aproximó a Renek, que se retorcía furioso.

—Así que sin un diente, ¿eh? —le quitó la espada y la arrojó callejón abajo. Luego, le soltó un puñetazo en el estómago. Renek dejó escapar un bramido ahogado—. Ahora ya no eres tan valiente —otro puñetazo en el estómago—. Veo que tu aguante no es tan grande como tu boca —otro.

Esta vez, Renek vomitó. El matón retrocedió por repulsión

—Qué puto asco —dijo, enfadado por las salpicaduras en su calzado. Acto seguido, le echó mano a su bolsa—. Me quedo con esto. Como vuelva a veros por aquí, os quitaré también las tripas.

Le soltó un último puñetazo en el abdomen y los dos hombres que lo tenían retenido lo empujaron contra la pared.

Renek quedó enroscado en el suelo. Egon seguía de rodillas, inclinado hacia delante para hacer presión sobre su mano herida y vigilado por los dos bandidos restantes.

Al pasar por su lado, el matón que se había cebado con Renek le dio una patada en las costillas que le cortó la respiración y lo dejó tumbado por unos segundos.

Los cinco malhechores salieron del callejón.

Se arrastró como pudo hasta el capitán. La mano de Egon sangraba con profusión, pero él solo apretó los dientes.

—¿Estás bien? —preguntó.

Egon asintió, con un gruñido que era más coraje que afirmación.

Una tercera figura se acercó por la espalda de Renek. El capitán se puso alerta.

—Lo siento… lo siento de veras.

Era el hombre que les había implorado que acudieran al callejón en su ayuda. Portaba la espada de Renek, que había recogido del otro extremo de la callejuela y se la ofrecía con gesto arrepentido.

—No tuve alternativa. No sé qué me habrían hecho si no llego a proporcionarles algo. Me hubieran apaleado hasta morir, o algo peor...

Renek apretó los puños, pero se mordió la lengua. Egon lo fulminó con la mirada. El hombre bajó la cabeza, avergonzado.