Capítulo 7 Doble o nada
Renek notaba el peso de decenas de ojos clavados en él, expectantes, despojándolo de humanidad con la mirada calculadora que se dedica a una mercancía recién expuesta.
Pero permanecía sereno, impermeable, ajeno a la agitación del lugar.
Al otro lado del círculo blanco, Joro Diente de Oro aguardaba.
El hombre, aunque en posición de guardia, mostraba signos de agotamiento; su respiración era pesada, sus hombros caídos, y sus ojos parpadeaban más de la cuenta.
El presentador, henchido de entusiasmo, gritaba nombres y recogía apuestas con movimientos ágiles, con la codicia de quien siente cada moneda como ganancia propia. Entre la multitud apiñada, la postura de Egon revelaba la preocupación que lo atravesaba.
Un berrido marcó el inicio del combate. Renek y Joro comenzaron a girar, describiendo un círculo lento y cauteloso que se asemejaba al ritual receloso de fieras desconfiadas.
Joro atacó con un directo frontal. Pero Renek ya no estaba allí.
Se deslizó hacia un lado y, aprovechando el impulso de su rival, descargó un puñetazo seco que impactó de lleno en la mandíbula del veterano.
El cuerpo de Joro se desplomó sin resistencia, como marioneta a la que le cortan los hilos.
Un rugido estalló en la sala. El presentador alzó el brazo de Renek y proclamó la victoria del recién llegado. Vítores, cumplidos y el sonido metálico de nuevas apuestas llenaron el aire.
Renek descendió del círculo y Egon fue a su encuentro.
—Estoy impresionado —le dijo, con una mezcla de alivio y admiración, mientras le daba una palmada firme en el hombro—. No esperaba que acabaras tan rápido.
—Voy a pedir otra pelea —anunció sin titubeos.
—¿Estás seguro? No parece lo más sensato...
—Necesitamos el dinero para conseguir equipamiento y acceder a ese distrito bajo tierra. Si los nox guardan el acceso, de algún modo tendremos que convencerlos para que nos dejen pasar.
Egon lo miró con escepticismo.
—Los nox no se van a dejar convencer por un par de…
Pero Renek no le dio oportunidad de réplica y se encaminó hacia Aldo, que lo esperaba con una sonrisa que destilaba codicia satisfecha. Bastaron unas pocas palabras para que el organizador asintiera con entusiasmo y diera la orden de preparar un nuevo combate.
Las velas ardían más bajas cuando volvió al centro del círculo. En esta vuelta, su oponente era Marro.
El choque comenzó sin ceremonias. El público contenía el aliento.
Marro no era Joro. Era más joven, más veloz, más calculador.
Ambos se lanzaron al intercambio con la violencia controlada de quienes saben que un segundo de duda puede costar caro.
Los gritos del público se mezclaban con el sonido de las pisadas sobre los listones.
Renek esquivó un puñetazo de Marro y aprovechó para contraatacar, pero su oponente bloqueó el golpe con destreza.
El combate se prolongó sin que ninguno lograra una ventaja clara.
De repente, Marro dio un paso en falso. Sin dudarlo, aprovechó la oportunidad para hacerle una zancadilla.
Marro, sorprendido, perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Antes de que pudiera levantarse, lo inmovilizó, asegurando su victoria.
La sala explotó en un clamor. Contra todo pronóstico, el recién llegado había vencido a Marro Huesos Finos. Había admiración y recelo, pero todos querían ver más.
Renek fue arrastrado por la oleada de felicitaciones.
Le ofrecían bebidas, le palmeaban la espalda, lo colmaban de preguntas.
Él agradeció los gestos con una sonrisa escueta, se sentía abrumado por la repentina atención.
Se abrió paso entre el gentío en busca de Aldo para reclamar su recompensa, ansioso por alejarse del alboroto.
En un rincón, vio que Joro y Marro conversaban en voz baja. Cuando pasó por su lado, Joro puso cara de pocos amigos.
—¿Has venido a restregarnos tu victoria? —espetó con amargura.
Antes de que Renek alcanzara a abrir la boca, Marro gruñó:
—Me habría gustado verte luchar contra alguien que no hubiera peleado cinco veces hoy. A ver qué tal lo hacías entonces.
Renek los ignoró y continuó su camino hacia Aldo, quien lo recibió como se recibe a un viejo amigo.
—¡Magnífico, muchacho! —exclamó con pasión—. Me haces ganar dinero, y eso me hace quererte. Y yo, amigo mío, siempre pago a quien me hace ganar.
Aldo extendió la mano para entregarle una bolsa tintineante con el veinte por ciento de las ganancias de la pelea. Pero, justo cuando iba a tomarla, Aldo la retiró con un gesto teatral. En sus ojos danzaba un brillo malicioso.
—¿Qué te parecería un tercer combate?
Renek volvió la cabeza. Encontró los ojos de Egon entre la multitud.
Su compañero negó con lentitud, preocupado.
—Estoy dispuesto a doblar tus ganancias hasta ahora. Si vences.
Renek dudó un instante.
—De acuerdo.
Aldo soltó una carcajada ronca, encantado.
—Sabía que dirías que sí. Aunque esta vez no te lo pondré tan fácil, Caminante Errante. Lucharás contra Espina. ¡Que empiece el verdadero espectáculo!
Cuando le tocó regresar al círculo, volvió con el corazón bombeando con fuerza y las sienes palpitantes. Sentía el cansancio acumulado en los músculos, pero no el menor atisbo de duda. En torno a él, la sala vibraba con energía. Una energía que lo envolvía, lo empujaba, lo exigía.
La muchedumbre se abrió en dos. Un pasillo humano se formó a ambos lados para que el nuevo contrincante pudiera entrar en el círculo. Su sorpresa fue evidente cuando vio que era una mujer.
De complexión esbelta, pero no quebradiza.
Se acercaba al centro con una confianza que hizo que Renek se pusiera en guardia de manera instintiva.
Su forma de caminar encendía sus alarmas.
No era una combatiente improvisada. No había orgullo en su porte: ni una mirada perdida, ni un gesto gratuito.
Era una depredadora. Su rostro era sereno, y sus ojos, afilados y oscuros, lo examinaron con una lucidez que le incomodó. Era una mirada que leía.
Su cuerpo respondió antes que su pensamiento: los omóplatos se tensaron y la respiración se hizo más lenta. La parsimonia de la chica, la quietud en sus hombros, transmitía amenaza.
Espina.
El nombre circuló como un murmullo reverente entre los espectadores, y el ambiente, ya cargado, adquirió una energía distinta. No era como los otros dos rivales.
El presentador elevó la voz para anunciar el inicio del combate. Renek se adelantó de inmediato, sin esperar la señal completa, con el objetivo de imponer el ritmo. Lanzó un puñetazo dirigido al mentón, rápido, calculado... Pero solo impactó el aire.
Espina había girado la cabeza un instante antes. Había previsto la trayectoria. Ni siquiera retrocedió, eludió el golpe con una intuición de cazador.
Renek encadenó una nueva combinación de golpes; un amago alto, un directo al vientre, otro a la altura de la mandíbula.
Buscaba sorprenderla y romper su defensa.
Pero sus ataques eran trazos torpes frente a la agilidad de la mujer.
Espina esquivaba con una elegancia cruel, se apartaba siempre un suspiro antes, inclinándose lo justo, girando sobre la cadera con una desenvoltura que humillaba cualquier exceso.
Confirmó su análisis. Estaba luchando contra alguien que había convertido el cuerpo en herramienta afinada.
Ella contraatacó.
El primer golpe fue un mazazo limpio al abdomen.
No sonó fuerte, pero Renek sintió cómo el aire se le escapaba con violencia del pecho.
Se dobló por instinto, retrocedió y trastabilló.
Pero Espina no le dio tiempo. Antes de que pudiera reaccionar, se le echó encima.
El codo de su rival se incrustó en su costado, su rodilla rozó su muslo con intención de desequilibrarlo y, previo a poder procesar el movimiento, tenía su antebrazo cruzándole el pecho y su peso inclinándolo hacia el suelo.
Sintió opresión, y su respiración se convirtió en un hilo.
El público se les acercaba, el círculo se volvía pequeño.
Renek templó los músculos. Con el poco aire que le quedaba, sostuvo el agarre de Espina para no caer del todo. Su visión se estrechó. Desde esa posición no iba a vencerla en fuerza, así que apuntó a la única opción disponible. Con un impulso desesperado, hundió los dedos en las costillas.
Un quejido, apenas audible, escapó de sus labios, y el agarre se aflojó.
Giró con brusquedad sobre sí mismo y, aprovechando el mínimo espacio recuperado, propinó dos golpes rápidos y precisos, nacidos del más puro instinto.
El primero impactó en la nariz; el segundo, más contundente, en el mismo costado que le había permitido aflojar el agarre de su contrincante segundos antes.
El cuerpo de Espina cedió un instante. Su respiración se desordenó.
Aun así, mantuvo la postura.
El recientemente apodado Caminante Errante notó cómo el equilibrio regresaba a su eje por un instante, pero la adversaria se rehízo con una rapidez que desmentía el dolor.
Exhaló con violencia y volvió a avanzar.
Ni el golpe en la nariz ni la punzada en las costillas habían quebrado su voluntad.
Al contrario: parecían avivarla. Sus pies golpearon la madera del suelo con un desplazamiento lateral, y en un pestañeo volvió a estar sobre él.
Lanzó un puñetazo rápido, más una prueba que un ataque, y Renek lo bloqueó a medias. El impacto le recorrió el antebrazo hasta el hombro. Ella ladeó la cabeza, evaluándolo. Era la primera vez que lo hacía, como si sus golpes hubieran sido, por fin, dignos de lectura.
La multitud rugía, cada vez más cerca, más ansiosa. El sudor resbalaba por las sienes de ambos.
Espina avanzó un paso más, y Renek retrocedió, tanteando el espacio, buscando un ángulo, un respiro, cualquier fragmento de oportunidad.
Pero no había huecos: ella los cubría todos con la precisión de un carnívoro.
Cuando se abalanzó de nuevo, Renek lo sintió en la piel antes que en la vista y, aun así, se obligó a plantar los pies y a no ceder terreno.
La mano de Espina descendió como un látigo buscando su sien, pero él alzó el antebrazo a tiempo y el impacto le arrancó un ardor inmediato que le bajó hasta el codo.
El choque la hizo retroceder medio paso, pero suficiente para que Renek sintiera que podía respirar otra vez.
Aprovechó ese minúsculo margen para avanzar, probando un golpe al rostro seguido de un gancho corto al torso.
Espina esquivó el primero con un giro del cuello, pero el segundo la obligó a tensar el abdomen y encajar el golpe.
Una ovación estalló alrededor, embriagadora y feroz, que alimentó la urgencia del combate.
Espina exhaló por la nariz y volvió a lanzarse.
Renek vio el movimiento venir: la ligera inclinación del hombro, la tensión en el gemelo, el giro de cadera que precedía siempre a su golpe más devastador.
No tuvo tiempo de pensar, solo de reaccionar.
Logró evitar el impacto y, después, acertó una patada en su rodilla izquierda.
Espina emitió un jadeo ahogado. Su cuerpo se inclinó, pero su mirada seguía ardiendo de determinación.
Intentó recomponerse, dar un paso atrás, abrir distancia...
pero sus piernas temblaron. Renek vio cómo la tensión que la sostenía se deshilachaba.
Sus dedos perdían fuerza, y su respiración presentaba una torpeza involuntaria.
Aun así, ella intentó erguirse una última vez.
Usó la voluntad para remediar lo que el cuerpo ya no podía sostener.
Pero no bastó. Las rodillas cedieron.
La combatiente cayó. No vencida de manera vulgar, ni reducida por la humillación. Apoyó una mano en el suelo para no desplomarse por completo. El cabello le cruzó el rostro y la obligó a parpadear a ciegas.
Por un momento, la taberna contuvo el aliento.
Espina levantó el brazo en señal de rendición.
La taberna enloqueció. La gente se abalanzó de nuevo sobre él, lo abrazaron, lo elevaron en sus cánticos. Él, abrumado, respondía a los gestos con torpeza, sintiéndose como un extraño dentro de una celebración que no acababa de entender ni desear.
Avanzaba entre cuerpos sudorosos y voces exaltadas cuando, de pronto, Espina se cruzó en su camino. Iba peinándose el cabello hacia atrás con los dedos y tenía los mofletes rojos.
—Eres bueno —admitió—. Pero la próxima vez te voy a destrozar.
Y, sin darle oportunidad de responder, añadió:
—No tengo nada más que decir.
Y se alejó, perdiéndose entre la multitud.
Renek prosiguió su camino hasta encontrar a Aldo, que lo esperaba frotándose las manos con la expresión satisfecha de quien ha engordado su bolsillo.
Le tendió una bolsa con algunas monedas dentro.
La tomó sin ceremonias y se reunió con Egon, que esperaba junto a una mesa libre.
Contaron las monedas con discreción: diez monedas de cincuenta zaires cada una.
—Vayámonos ya —sugirió Egon, visiblemente más tranquilo—. Tenemos más que suficiente para conseguir algo de equipo y para sobornar a diez guardias si hace falta. Hay que seguir buscando a Kida.
Renek asintió y guardó el botín en la bolsa.
Empezaron a moverse hacia la salida, pero una presencia lo frenó en seco.
En un rincón sombrío, un hombre solitario fumaba con una pipa elaborada.
Una capucha marrón oscuro le cubría parte de la cara.
Su porte no era el de un bebedor cualquiera.
Era... deliberado. Renek lo observó por un momento más largo de lo que pretendía.
Había en aquel hombre una quietud que no armonizaba con la alegría desbordada y el ambiente ruidoso de la taberna.
Era un eclipse en medio de un mar de júbilo y bullicio. ¿Sabría él algo de...?
Tenía que dejar de emparanoiarse. ¿Por qué iba a saber aquel hombre extraño algo de él? ¿Por qué iba nadie a saber algo de él? Hiclaria era muy grande.
Decidió no darle más importancia. No había tiempo para distracciones. Siguió a Egon hacia la salida y dejó atrás el calor sofocante del Jabalí Dorado.