El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 6 Explorando la ciudad #3
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Capítulo 6 Explorando la ciudad #3

Lo que siguió fue tan rápido que la multitud solo rozó el sabor del momento.

El hombre de torso desnudo se movió con velocidad y precisión y, en cuestión de segundos, sus puños encontraron su objetivo con una fuerza devastadora.

El mayor apenas tuvo tiempo de protegerse antes de derrumbarse, sin fuerza alguna que sostuviera su cuerpo.

Diez segundos. No más. La sala estalló en vítores y exclamaciones.

El presentador se precipitó dentro del círculo, agarró el brazo del vencedor y rugió:

—¡El ganador, señoras y señores! ¡Marro Huesos Finos!

La multitud aulló. Algunos aplaudían, otros exigían el pago de sus apuestas. Dos hombretones recogieron el cuerpo inconsciente de Joro y lo retiraron con una delicadeza inesperada.

Siguió con la mirada al ganador, que se alejaba de la multitud; su silueta perdió fuerza a medida que dejaba el bullicio atrás.

Lo vio atravesar una puerta lateral y no tardó en deslizarse tras él, pero se mantuvo cerca de la pared y se detuvo justo antes del umbral.

No deseaba convertirse en blanco de curiosidad ajena.

Desde su posición, vio cómo Marro se inclinaba sobre una mesa donde aguardaba un hombre de rostro picudo, sentado con aire de autoridad.

El desconocido le ofreció una bolsa de cuero que tintineó con un sonido inconfundible.

Marro no dijo palabra. Aceptó el pago con un leve asentimiento, con la naturalidad de quien cobra por un oficio cotidiano, encender lámparas, por ejemplo, y se dejó caer en un sillón cercano.

Exhaló hondo, con un desgaste que no pertenecía a la carne, sino al alma, y levantó un dedo para buscar a la joven de la barra con un ademán que oscilaba entre el hastío y la necesidad.

Dio un paso atrás y se volvió hacia Egon, que lo había seguido en silencio.

—Creo que tengo una idea —murmuró, los ojos encendidos por una chispa de determinación.

Sin aguardar respuesta, se acercó al hombre de la bolsa. Este, con la espalda encorvada y una pluma barata entre los dedos, escribía con rapidez en un papel desgastado que seguro había sobrevivido a muchas tardes como aquella.

—Hola.

—No hay más combates hoy —replicó el hombre sin alzar la vista—. Las apuestas están cerradas.

Renek esbozó un gesto de disgusto, ya harto de la condescendencia flotante que impregnaba cada rincón de aquella taberna. Dio media vuelta con la intención de marcharse, pero al iniciar el movimiento la voz del hombre volvió a resonar, esta vez con un matiz diferente.

—Espera…

Se detuvo.

—¿Quieres apostar... o combatir? —preguntó el hombre, que alzó por fin el semblante—. Nos vendría bien una cara nueva. Y se te ve en forma.

Renek lo escrutó con cautela. El hombre tenía los ojos agudos, de cuervo que husmea entre restos de batalla. Se recostó con desparpajo en la silla y, sin molestarse en ponerse de pie, se presentó:

—Me llaman Aldo. Organizo los combates. Si estás interesado, podría ser muy lucrativo para ambos.

Renek cruzó los brazos, su expresión impasible, un portón cerrado.

—Podría estar interesado —concedió—. Depende de lo que ofrezcas.

Aldo sonrió, mostrando una hilera de dientes desiguales.

—Es sencillo. Luchas. Si ganas, te llevas el veinte por ciento de las apuestas. El resto es mío. Yo pongo el lugar, el público, los permisos y... —hizo una pausa significativa— me encargo de que los siniestros miren hacia otro lado.

Egon intervino con recelo.

—No me gusta esta idea, Renek. Solo vas a meterte en un problema.

Aldo lo ignoró con toda la gracia de un hombre acostumbrado a seleccionar sus interlocutores. Se inclinó hacia Renek con renovado entusiasmo.

—Piénsalo. Es dinero fácil si sabes pelear. Y, por tu físico, diría que no se te da mal.

Reflexionó. El dinero podría abrirles puertas, pero el riesgo era considerable.

—Participaré —dijo al final—. Pero quiero un porcentaje mayor.

Aldo soltó una carcajada áspera y breve, similar al golpe de una piedra contra otra.

—El porcentaje no se discute, muchacho. Las reglas son las mismas para todos. Tómalo o déjalo.

Guardó silencio y contempló sus opciones. Necesitaban el dinero, y esta podría ser una forma rápida de conseguirlo. Además, la posibilidad de obtener información sobre Kida en un lugar tan concurrido no era despreciable.

—De acuerdo. Acepto tus condiciones.

Aldo se frotó las manos con satisfacción.

—¡Excelente! ¡Una cara nueva! —exclamó—. Necesitarás un nombre pegadizo. Algo con gancho, algo que alimente el murmullo. No eres de por aquí, ¿verdad? Eso está claro. Creo que te llamaré... el Caminante Errante.

Renek arqueó una ceja.

—Es un apodo espantoso —respondió.

—Es perfecto. Nadie conoce tu historia, nadie sabe quién eres...

Te da un toque oscuro y misterioso. Además, rima y suena bien. Las gentes pensarán que guardas algún gran secreto o que tienes una historia interesante. Está decidido.

Renek no respondió.

—Bueno, Caminante Errante, ¿estás listo para tu primer combate? Lo prepararé todo ahora mismo.

Renek miró a Egon. Luego se dirigió a Aldo.

—Sí, estoy listo.

—Perfecto. Calienta, que sales. Te emparejaré con alguien sencillo. Un primer combate asequible, para que le agarres el gusto.