El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 6 Explorando la ciudad #2
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Capítulo 6 Explorando la ciudad #2

De pronto, se encontraron en una sala rectangular, núcleo palpitante del Jabalí Dorado.

En medio de la estancia destacaba una barra rectangular de madera oscura, rodeada por taburetes altos.

Tras ella, una joven limpiaba jarras con movimientos rápidos y un tabernero orondo servía un licor ámbar a un cliente que no dejaba de mirar de reojo a los recién llegados.

Olía a cerveza y carne asada, entreverado con el aroma penetrante de cuero y cera derretida.

Desde uno de los rincones más oscuros, se abrió paso una joven mujer, rondando los veintilargos, cuyas pisadas parecían arrastrar la penumbra del lugar.

Se acercó a Renek con pasos serpenteantes. ¿Lo había reconocido?

Su cabello, dorado y suelto, brillaba como el metal al sol, su sonrisa iluminaba su rostro, y vestía un mono ceñido de tono negro mate, una segunda piel que le abrazaba el cuerpo, con costuras reforzadas en hombros, caderas y rodillas.

—No te había visto antes por aquí —dijo la mujer, apoyando un codo en la barra. Su voz era suave, pero tenía la firmeza de quien está acostumbrada a ser escuchada.

Lástima. Su esperanza se esfumó. La miró sin rastro de emoción. Percibió en ella un ligero estado de embriaguez, pero sus ojos, grandes, despiertos, atentos, desmentían cualquier perturbación fingida o real.

—Eso es porque nunca había pisado esta taberna —decidió responder, con calma, para no levantar sospechas.

Ella ladeó la cabeza, con la repentina curiosidad que sus palabras habían despertado en ella.

—¿Qué te trae por aquí, entonces?

—Mi compañero y yo solo buscábamos un sitio donde descansar y beber algo —replicó con un leve gesto de cabeza hacia Egon, que inspeccionaba el local con aire distraído pero alerta.

Una sonrisa, breve y satisfecha, asomó en los labios de la mujer.

—Interesante —murmuró, antes de extender la mano con naturalidad—. Me llamo Alena.

Se la estrechó.

—Hola, Alena. ¿Y a ti qué te trae por aquí?

—Lo mismo que a vosotros. Poner en pausa el mundo —contestó, eludiendo la pregunta con una elegancia estudiada.

Pero, antes de que Renek pudiera insistir, un rezongo grueso y cascado interrumpió:

—¿Qué os pongo? —gruñó el tabernero, que les dedicó un repaso breve.

—Dos jarras de hidromiel —se adelantó ella con la mirada puesta en el posadero.

Renek la miró, entre curioso y desconfiado. Alena se volvió de nuevo hacia él, sus ojos azul cielo clavados en los suyos.

—Vengo a distraer un poco la mente y descansar de mi trabajo — añadió.

—Está bien. ¿A qué te dedicas? —preguntó, más por educación que por curiosidad.

—Soy oficial de las fuerzas nox.

Sintió una punzada de inquietud, que enterró de inmediato. Reparó de nuevo en las placas de fibra oscura que le cubrían el pecho y los antebrazos. Ahora encajaban.

—No pareces una siniestra —dijo con tono neutro para fingir desinterés.

Alena rio por lo bajo, sin ofenderse.

—Detesto ese apodo. Hay algunos que lo merecen, lo admito.

Los hay muy feos. Pero no todos los nox nos regodeamos en la brutalidad.

Además, estoy fuera de servicio. Hoy solo soy...

Alena —hizo una pausa, midiendo su reacción—.

La mayoría en Dampus nos evita. Es raro encontrar a alguien dispuesto a hablar conmigo.

A veces... resulta solitario —expresó, con una ligereza insinuante, tanteando el terreno.

—Supongo que solo estás cumpliendo con tu deber —mintió él, en un intento de sonar comprensivo.

A la mujer se le escapó una sonrisa de apreciación. Lo miró un instante más largo de lo necesario.

—Gracias. La gente en Dampus no aprecia lo suficiente todo lo que hemos hecho por ellos. La ciudad podría haber sido arrasada, pero no lo fue. No lo hicimos.

Renek no respondió de inmediato porque intuía que no había terminado.

—Siempre se quejan —añadió, con un deje de irritación—. Se quejan de los controles, de los registros, de los toques de queda... pero no ven todo lo bueno que les hemos dado.

—Es cuestión de perspectiva —dijo Renek, que prefería mantenerse en terreno neutral.

—¡Exacto! —exclamó Alena a la vez que se iluminaba—.

Yo no pedí ser enviada a este agujero. Pero intento verlo con buena cara.

—Sus ojos se volvieron más suaves, más personales—.

Es refrescante encontrar a alguien que no me mire como a una amenaza.

En la Ciudadela... hay días que ni recuerdo lo que es una conversación normal.

La palabra Ciudadela hizo que a Renek se le activaran los sentidos, aunque su expresión no se alteró.

Un recuerdo apremiante la atravesó de improviso y Alena se irguió.

—He quedado con alguien —anunció con naturalidad—, pero me gustaría volver a verte. Esta noche habrá una celebración en la villa de Aguas Claras, en el Alto Distrito. Una velada informal, un pequeño festejo por la incorporación de nuevos reclutas. ¿Te gustaría venir?

Renek vaciló. Miró a Alena a los ojos mientras sopesaba la invitación. La propuesta sonaba a trampa..., pero también a oportunidad.

—Claro. Allí estaré —pronunció la promesa con voz tranquila, como quien deja una puerta abierta, aunque más por inercia que por convicción.

Sonrió, satisfecha.

—Perfecto. Espero verte —le sostuvo la mirada un segundo más, y acarició su mano con la suavidad de un pañuelo arrastrado por la brisa.

Acto seguido se volvió hacia Egon, como si acabara de materializarse ahí de forma mágica. Lo miró de arriba abajo y, con una cara de estar complacida con lo que veía, añadió:

—Tú también estás invitado.

Y, sin más, desapareció entre la multitud. La contempló hasta que se perdió de vista. Solo entonces trasladó su atención a Egon, que pese a no disimular su expresión de escepticismo, también había mantenido fijo el rastro de su figura hasta el último instante.

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó el ingeniero, lo bastante bajo para que solo Renek lo oyera.

Sacudió la cabeza, también desconcertado.

—No tengo ni idea —respondió mientras procesaba el extraño encuentro.

Ambos tomaron sus jarras de hidromiel, que oscilaron con suavidad en sus recipientes al abrirse paso entre el gentío.

La atmósfera de la taberna, cargada de voces, aromas y siluetas titilantes, los engullía cual marea que no deja escapar barco.

Renek avanzaba con los sentidos atentos, saltaba de rostro en rostro, rastreaba gestos, fragmentos de conversación, cualquier indicio que pudiera llevarlos hasta Kida.

En uno de los extremos de la sala principal, descubrió a dos hombres de pie junto a una mesa alta.

Sus ropajes eran finos, de corte reciente, y la quietud de su porte revelaba la arrogancia de quienes no acostumbraban a ser cuestionados.

Renek le dio un leve codazo a Egon y señaló con la cabeza en su dirección. Se acercaron.

—Hola —saludó Renek, con la voz justa y neutral.

Ambos hombres volvieron un poco la cabeza, demorándose en sopesar la interrupción.

Sus ojos descendieron de las mejillas sin rasurar hasta el atuendo desgastado de los recién llegados, con una expresión mezcla de desdén y diversión.

Intercambiaron un brillo tácito de complicidad antes de que uno de ellos bajara la vista y sonriera con sarcasmo.

—Vaya, parece que hoy cualquiera se dirige a un numerario del Gobierno sin ningún tipo de pudor ni remordimiento —murmuró uno de ellos, lo bastante alto como para asegurarse de ser oído.

El otro rio con sorna, sin molestarse en ocultar su repulsión.

—No estamos aquí para complacer a desharrapados —dijo—. Bastante difícil es de por sí llamar la atención de las damas, ya no digamos rodeados de tipos con pinta de subterráneos. Id a molestar a otra gente.

Renek notó cómo la ira le subía por la nuca, punzante y caliente.

Apretó los dientes y respiró hondo para contener la respuesta mordaz que amenazaba con escapar de sus labios.

Un entendimiento insonoro bastó entre él y Egon para tomar una decisión implícita: no valía la pena.

Se alejaron, dejando atrás las voces venenosas, reducidas a un simple ruido.

—Servidores públicos —comentó Egon—. Algunos se creen más de lo que son.

Se oyó un fuerte alboroto al otro lado del local. Voces elevadas, pasos apresurados, el eco de una expectación colectiva que se propagaba por la taberna con la fuerza de un incendio desatado. Se miraron y, sin intercambiar palabra, siguieron la corriente de cuerpos hacia una de las salas anexas.

Lo que encontraron fue un espectáculo. La sala era más estrecha, pero con un techo alto.

En el centro, un círculo blanco pintado sobre el suelo de madera.

Alrededor, la multitud se agolpaba, gritando y riendo, mientras dentro del anillo dos hombres se estudiaban con la quietud expectante de los cazadores.

Rondando el perímetro, un hombrecillo de estatura baja y energía desbordante anunciaba el inicio del combate con voz rasgada y un acento foráneo que le daba teatralidad a cada palabra:

—¡Atención, atención, damas y caballeros! ¡Apostad mientras podáis, que el combate está a punto de comenzar!

Renek observó cómo las monedas fluían de bolsillos y bolsas con el fervor de un ritual. El presentador levantó los brazos y señaló hacia uno de los combatientes.

—¡Con ustedes, Marro Huesos Finos!

El aludido, de torso desnudo, delgado y fibroso, con la piel estirada sobre músculos precisos, no reaccionó. Mantenía una postura firme y concentrada, su atención enterrada en el suelo del círculo en un intento de leer allí las líneas del destino.

—¡Y al otro lado... Joro Diente de Oro!

El hombre, de considerable mayor edad, alzó los brazos con desparpajo y saludó a la multitud en un gesto propio de un actor que regresa a escena tras una ovación.

Lucía un conjunto de diseño marcial, propio de uniformes de compañías antiguas.

Sin embargo, él lo llevaba con una holgura relajada, sin el porte rígido que cabría esperar de un soldado.

El anunciador retrocedió y profirió un grito final, vibrante y rotundo:

—¡Que comience el combate!