El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 6 Explorando la ciudad
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Capítulo 6 Explorando la ciudad

Aminoró el paso al llegar frente a una acacia que dominaba el centro de la séptima calle, justo donde el jardinero había indicado.

El árbol, de copa plana y ancha, estaba rodeado por un círculo de grandes piedras lisas que servían de banco para los viandantes.

Sus hojas, teñidas de un verde vibrante, centelleaban bajo la luz del mediodía, y se agitaban con un pulso que lo hacía parecer vivo.

Se preguntó cuánto tiempo llevaría aquel árbol ahí y qué historias habría escuchado.

Las casas se apelotonaban a cada lado de la calle, formando una hilera desigual de fachadas encaladas con vigas de madera expuesta.

Algunas lucían tejados en punta cubiertos de tejas rojizas, otras más planas, y unas pocas exhalaban hilos de humo al aire primaveral por chimeneas achaparradas.

Por encima de las callejuelas, pasarelas de madera enlazaban los tejados a modo de puentes suspendidos, quizás utilizados en los crudos inviernos para evitar la nieve que, según sospechaba, debía cubrir aquellas calles durante buena parte de este.

A medida que se adentraban más en la ciudad, la actividad urbana se intensificaba.

Observaba a los habitantes con creciente curiosidad.

A pesar de la ocupación nox, la vida continuaba.

Mujeres charlaban de forma animada con los brazos cruzados junto a una escuela; un panadero retiraba con mimo una hornada de pan dorado que colocaba en la repisa de su escaparate.

—Una ciudad interesante —comentó Renek mientras esquivaba a un niño que corría persiguiendo a un perro callejero.

—Lo es —respondió Egon sin entusiasmo—, pero no te fíes de lo que ves.

El sonido del agua les alcanzó antes que la vista.

Al doblar una esquina, se toparon con la Plaza Grande de Dampus.

Era un espacio amplio y vivo, bordeado por edificios de mayor tamaño y decoración más esmerada.

En el centro, una fuente de piedra lanzaba chorros de agua al aire, creando un constante murmullo de fondo.

Alrededor de la fuente, puestos cubiertos con telas ofrecían desde frutas y verduras hasta artesanías locales.

Renek se detuvo por un instante y examinó el ir y venir de los ciudadanos.

La plaza era el corazón palpitante de Dampus y, aunque el bullicio la hacía parecer ajena al conflicto, no tardó en notar las miradas furtivas y las conversaciones interrumpidas ante la presencia de los centinelas.

Algunos patrullaban los bordes de la plaza, otros solo observaban, pero todos imponían una angustia flotante.

Percibió una inquietud que latía bajo la aparente compostura de su compañero. Egon caminaba con los hombros tensos y la visión suspendida en un espacio que no existía allí, como si su mente se hubiera quedado atrás, sumida en pensamientos turbulentos.

Entendió que él no debía ser el único pasándolo mal. Con toda probabilidad, Egon también estaba lejos de su familia, sin idea de cuándo volvería a verlos, o de si estarían bien.

Carraspeó de forma suave.

—Egon... me gustaría saber un poco más de ti.

La afirmación lo tomó por sorpresa. Se detuvo un instante y se volvió hacia Renek con expresión desconcertada. La mirada de Egon se posó en los ojos ámbar de su reciente compañero y lo calibró con más atención de la habitual, antes de reanudar la marcha con un ritmo más pausado.

—¿Qué quieres que te cuente? —murmuró al fin—. Soy ingeniero y tirador de Hiclaria. Nací en Librark, pero me crié y crecí en Hiclaria.

Renek lo animó a continuar.

—He estado en demasiados frentes —prosiguió Egon, que adquirió un tono más grave—. Luché durante la Guerra de los Cinco Años contra Librark, antes de que todo esto comenzara. Pero te diré una cosa, Renek. Ni en aquella guerra vi la clase de crueldad que arrastran consigo los nox.

Renek cedió a un desvío fugaz, arrastrado por una memoria que tiró de él con una cadena imaginaria y le hizo recordar los horrores que había presenciado en el corto tiempo desde que despertó en Castillo Bruma.

Luego volvió a centrarse en Egon.

—Un momento... ¿Dices que naciste en Librark? Entonces, ¿luchaste contra tu propia gente?

Egon ladeó la cabeza. La pregunta le resultó demasiado estrecha.

—Depende de lo que consideres que es «tu propia gente». ¿Son aquellos con quienes compartes tierra natal o los que caminan contigo cuando más los necesitas? —guardó silencio un instante—. En todo caso, yo soy ingeniero. Lo de tirador vino después, por necesidad, no por vocación.

—¿Y por qué has comparado la crueldad de la guerra con los nox? ¿Insinúas que los librarkanos también fueron crueles?

—Los librarkanos son fieros, sí —admitió Egon—, pero no sádicos.

No queman aldeas por placer ni torturan a los que se rinden.

La ciudad donde nací fue de las primeras en caer ante las fuerzas de Bladack y Veltor.

Entraron con artillería, cañones y asaltaron los muros sin piedad.

Sometieron a toda la ciudad. Y debido a las tensiones entre Librark y los territorios de la Unión... la Unión no movió un dedo.

A Renek le atacaron las dudas. ¿Tan lejos habían llegado esos dos infames? ¿Y si también habían sometido su hogar? Que por cierto, ¿cuál era?

Observó cómo el recuerdo le había oscurecido el rostro al capitán. No era solo rabia lo que asomaba en sus ojos, sino una emoción más arraigada. Culpa, quizás. O pérdida.

—Suena como si pensaras que fue culpa tuya —dijo con suavidad.

Egon, que hasta ahora se había mostrado paciente y abierto, se volvió hacia Renek de manera un tanto brusca. Aquel hombre de más de dos varas de alto no era tan sosegado como este había creído. Un rictus áspero lo atravesó antes de contestar.

—No —respondió con voz tensa—. Cumplí órdenes. Hice lo que debía. No les fallé.

Renek enseguida notó que había un trasfondo oculto tras esas palabras. Una grieta mal sellada.

—¿A quiénes te refieres cuando dices «no les fallé»? —preguntó, despacio—. ¿A la gente de tu ciudad natal?

Egon vaciló.

—Sí... —dijo al principio, pero enseguida negó con la cabeza—. No. No exactamente.

Durante un instante dio la impresión de estar debatiendo consigo mismo, enfrentado a una puerta que había abierto por error. Luego suspiró y se pasó una mano por el cabello, frustrado.

—Perdona, no estoy siendo muy claro. Mira, entiendo que tienes preguntas, Renek. Pero no estoy acostumbrado a hablar de mi pasado, y menos aún con alguien que apenas conozco.

Renek no insistió.

—Lo entiendo. No pretendía presionarte. Solo pensé que, si vamos a colaborar para encontrar a Kida, quizás convenga entendernos un poco mejor.

Egon lo miró de reojo. Una mueca se dibujó en sus labios, casi una sonrisa.

—Tienes razón. Supongo que cada uno carga con lo suyo.

Y sin añadir nada más, siguieron caminando, cada uno sumido en sus propios pensamientos, con las calles de Dampus extendiéndose ante ellos, hacia el Jabalí Dorado.

El camino los condujo hasta la entrada de la taberna.

Un porche angosto, techado con tablillas oscuras dispuestas en forma triangular, sobresalía de la fachada principal cual caparazón protector.

En el vértice más alto del tejadillo, una viga de hierro forjado emergía perpendicular al muro de piedra, sosteniendo un cartel de madera envejecida.

Tallado con precisión y decorado con pan de oro ajado, el emblema exhibía un jabalí en actitud desafiante.

Debajo, en letras bien marcadas, podía leerse el nombre del local: El Jabalí Dorado.

El mismo título se repetía en un rótulo sobre el dintel de la puerta. Quizás ahí encontrarían a Sonne.

Frente a esta, había plantado un centinela nox, de complexión semejante a la de Renek, que parecía formar parte del mobiliario. Su postura era la de una estatua: los brazos cruzados y la espalda recta.

Se aproximaron con cautela, esperando alguna señal que les impidiera continuar. Durante unos segundos, los tres hombres compartieron un silencio expectante. El siniestro los escudriñó con un giro leve del cuello y murmuró con desprecio:

—¿Qué miráis? Apartaos de mi vista.

No hubo obstáculo. Ni preguntas, ni registros. Solo desdén. Tras un intercambio mudo con Egon, Renek empujó la puerta y ambos cruzaron el umbral.

De la luz del mediodía pasaron a una penumbra cálida y envolvente.

La claridad del exterior se quedó atrás, sustituida por un resplandor de velas que titilaban desde candelabros colgantes y lámparas de aceite apoyadas sobre estantes.

Parpadeó mientras sus ojos se adaptaban.

Poco a poco, la penumbra fue revelando detalles: una sala espaciosa, con techos altos sostenidos por gruesas vigas, una mesa larga de roble bien trabajada en el centro y otras mesas más pequeñas con sillas y sillones a los lados que ofrecían rincones más íntimos para los clientes.

A pesar de la hora temprana, ya había un rumor constante de la vida que se cocía dentro.

Cruzaron el salón principal sin prisas, atrayendo algunas miradas curiosas que se desvanecían al instante, adormecidas por la costumbre de ver a desconocidos.

A un lado, una mujer sentada en un diván de terciopelo raído murmuraba a su acompañante entre risas agudas.

Se refería, con entusiasmo salpicado de euforia, a los jugadores de quorin, en especial a los que apostaban sin mirar las monedas que dejaban caer sobre la mesa.