Capítulo 5 Precio a mi cabeza #2
El portón principal era una boca de piedra abierta de par en par, custodiada por media docena de centinelas nox apostados a cada lado.
Aunque permanecía abierto al tránsito, la vigilancia era palpable.
Ataviados con ropajes oscuros y desiguales, los centinelas destacaban entre la multitud de viajeros que entraban y salían.
Detenían a algunos con voces secas y los interrogaban entre gestos toscos y un recelo hostil que hurgaba hasta bajo la piel.
Egon apretó la mandíbula. Renek compartía su recelo. ¿Les reconocerían?
Sin embargo, al atravesar la entrada, ninguno de los centinelas mostró señal alguna de haber reparado en ellos. Estaban demasiado ocupados inspeccionando a un comerciante con bultos sospechosos.
Dentro de la muralla, la ciudad los envolvió de inmediato en su pulso, mas la esperanza de un recuerdo súbito se evaporó nada más cruzar el arco.
El bullicio de Dampus era el de cualquier ciudad viva: el olor a pan caliente recién sacado del horno se mezclaba con el de las flores, sudor humano y excremento de caballos.
Las ruedas de los carros repicaban contra el empedrado, y los gritos de los vendedores competían con los murmullos de la multitud.
Miraba a su alrededor con confusión. Aquel ambiente era desconcertantemente normal para una urbe bajo ocupación. Tras lo vivido en Castillo Bruma, había esperado una atmósfera asfixiante, más cercana a la guerra que al mercado.
—Egon —murmuró mientras caminaban—, los guardias de la entrada... no parecían tan salvajes como los que nos atacaron en el castillo. Tampoco los nox de la granja.
Egon no dejó de avanzar.
—Porque no lo son. Los del castillo eran gronios. Brutos del sur, curtidos en odio y superstición.
—¿Y esos de la puerta?
—No tengo ni idea de dónde pueden ser. Quizás sean hiclariotas. Muchos se han unido en los últimos tiempos a los nox. Lo más seguro es que aún no les haya dado tiempo a corromperse con sus mentiras y su sed de poder.
Renek se detuvo un instante al ver pasar a una patrulla. Los rostros de los centinelas eran serios, pero no había en ellos esa crueldad despiadada que recordaba. Egon añadió:
—Cuanto más tiempo lleva alguien entre las filas nox, más brutal y despiadado se vuelve. Es como si algo dentro de ellos se pudriera poco a poco.
—¿Por qué alguien se uniría a los nox por voluntad propia? —preguntó.
—Por miedo —respondió Egon—. Por ambición. Muchos se unen en nombre de un bien mayor. Les prometen un cambio, justicia, orden... Y cuando se dan cuenta de lo que implica, si es que se dan cuenta, ya están demasiado dentro como para volver atrás.
Una puerta se abrió de manera abrupta a pocos pasos de ellos.
Tres centinelas nox irrumpieron en la calle arrastrando a un hombre atado de pies y manos.
El prisionero se revolvía con una fuerza errática, lanzando gritos y palabras incomprensibles, la mirada perdida y el cuerpo tenso.
Apenas tocaba el suelo. Lo llevaban casi en vilo, sin miramientos.
Tras ellos salió otro hombre, desarmado, con el rostro enrojecido.
—¡No tenéis derecho a llevároslo! —gritó—. ¡No ha hecho nada!
Desde el umbral, una mujer se derrumbó de rodillas, sollozando.
Otros dos nox se interpusieron de inmediato y obligaron al hombre a retroceder con empujones hasta meterlo a él y a la mujer de nuevo en la casa.
La patrulla siguió avanzando calle abajo haciendo ver que nada había ocurrido.
Nadie más intervino. Nadie dijo una palabra.
—¡Oye! ¡Ten más cuidado! —espetó alguien a su lado.
Ambos se sobresaltaron. Egon inclinó la cabeza hacia el suelo. Sin darse cuenta, había pisado un pequeño montículo de hojas y ramas, que crujió bajo sus botas. Un hombre mayor, con la piel curtida por el sol y manos endurecidas por el trabajo, levantaba una escoba que empuñaba a modo de bastón.
—¡Acabo de barrer eso!
—Lo siento —se disculpó—. No me he dado cuenta.
El anciano, con la apariencia gastada de quien cuida los jardines de la ciudad, los estudió con ojos entrecerrados, apoyado en su escoba.
—No sois de la zona, ¿verdad?
—No —admitió—. Acabamos de llegar.
—¿Qué acaba de pasar ahí? —preguntó Renek.
El hombre miró un momento hacia los centinelas antes de responder, con una precaución templada por años de costumbre. Luego hizo un gesto con la cabeza hacia ellos.
—Bah, a saber… Ya no es como antes. O al menos, eso dicen. Yo vivo la mar de tranquilo. Sigo barriendo las mismas calles que antes.
—¿Cómo era antes? —insistió Renek.
El jardinero se encogió de hombros.
—Antes nos gobernaban unos necios. Ahora otros. Para los de abajo, todo sigue igual: trabajar, callar y aguantar.
—Pero la gente parece … apagada —intervino Egon.
El anciano soltó una carcajada amarga.
—¡Apagada! Mucha gente aquí no sabe lo que es un crudo invierno. Total, solo porque ahora vigilan más quién entra y quién sale de la ciudad. ¿Y a mi qué? Uno tiene que seguir viviendo, ¿no?
Renek asintió, pensativo. Luego, para cambiar de tema, preguntó:
—Por cierto, ¿sabes dónde podríamos encontrar una taberna cerca de aquí? Ha sido un largo viaje.
El jardinero cedió en su celo y su tez se iluminó.
—Ah, para eso sí que puedo ayudaros. Buscad la del Jabalí Dorado.
Seguid esta calle recto, girad a la derecha en la séptima esquina.
Luego, caminad hasta pasar la escuela y girad a la izquierda.
No tiene pérdida. Encontraréis la Plaza Grande y un cartel de madera con un jabalí dorado sobre la puerta.
—Gracias —dijo Renek con una sonrisa leve.
—No hay de qué —respondió el jardinero, que volvió a su tarea de barrer.
Se alejaron siguiendo las indicaciones. A cada paso, el bullicio de la ciudad se revelaba más como una máscara, una apariencia bien mantenida.
Bajo la fachada cotidiana de Dampus se escondía algo más sombrío: rostros agotados, voces apagadas, expresiones que vagaban sin anclarse unas en otras.
La ciudad vivía, sí..., pero lo hacía bajo una sombra.