Capítulo 5 Precio a mi cabeza
El sol trepaba con desgana por las colinas del norte, extendiendo sobre el cielo una paleta de naranjas pálidos y rosados tímidos.
La bruma de la madrugada aún rozaba la hierba baja cuando Renek y Egon cruzaron el umbral del caserón abandonado.
El aire fresco los acarició, impregnado de humedad y tierra recién removida.
A lo lejos, se oía el mugido distante de alguna vaca.
Se encontraban en la periferia de Dampus, en una franja de tierra que aún resistía el pulso de la ciudad.
Las casas de los campesinos, hechas de piedra gris y madera rústica, se alzaban dispersas entre bancales cultivados y huertos dormidos.
Más allá, al fondo, las murallas de Dampus recortaban el horizonte con su silueta severa.
Mientras se acercaban al final del vecindario agrícola, un alboroto llamó su atención.
Desde el extremo del camino, llegaba el sonido de gritos y movimiento.
Se asomaron con cautela desde la esquina de una de las casas.
Seis centinelas nox, variopintos en complexión y mal uniformados, salvo uno que vestía con mejores ropajes y aire de mando, rodeaban a tres granjeros.
—¡Nos registrasteis ayer! —bramó uno de ellos, un hombre mayor, tembloroso de rabia y miedo—. ¡No tenemos nada que ocultar!
El líder, un sujeto alto de ojos hundidos y un rictus torcido, extrajo un cuchillo sin prisa, con la naturalidad de quien ha repetido el gesto cientos de veces.
—Insolente —murmuró—. Esas raciones no eran para vosotros —y, sin más preámbulo, clavó la hoja en el vientre del campesino.
El grito fue breve. El hombre se dejó caer, presa del dolor, y la sangre tiñó el polvo del camino con una rapidez obscena. Los otros dos granjeros dieron un paso atrás, paralizados por el horror.
—¿Alguien más quiere protestar? —preguntó el nox, barriendo a los presentes con un escrutinio sádico y cruel.
Uno de los campesinos, pálido como la cal, echó a correr sin decir palabra. El líder no perdió un segundo.
—¡Tras él! —rugió.
Los cinco centinelas restantes se lanzaron a la persecución, sus botas retumbando sobre la tierra compacta.
El líder, satisfecho, se volvió hacia el tercer campesino y lo empujó con violencia contra la pared de una casa.
—Vamos a ver qué escondes tú, rastrojo —gruñó mientras hurgaba en sus ropas con brusquedad.
Desde su escondite, Renek contenía el aliento. La escena le hervía la sangre. Se separó de su compañero con sigilo. Se deslizó tras el centinela, lo agarró por la mandíbula y la nuca, y se volvió con fuerza. El crujido fue seco. El cuerpo cayó inerte a los pies del campesino.
El agricultor, con los ojos desorbitados, miró de forma alternativa a Renek y al cuerpo del centinela. Su respiración era agitada y sus manos temblaban sin control.
—Gr... gracias... —balbuceó, con los ojos muy abiertos—. Nos acosan desde que tomaron Dampus, pero nunca... nunca así...
—Debes marcharte. Pronto volverán —contestó sin rodeos.
El hombre asintió repetidas veces, aferrándose a aquellas palabras que lo arrastraron de vuelta a la realidad.
—Moveré los cuerpos para que parezca que los han matado en otra parte. Sí, sí... eso haré
Sin perder más tiempo, arrastró el cadáver hacia unos matorrales. Renek y Egon reanudaron la marcha, pero no habían avanzado diez pasos cuando Renek percibió un movimiento fugaz en su periferia. Volvió con brusquedad la cabeza y lo vio: una silueta apostada detrás de una esquina, medio agazapada.
El desconocido, al verse descubierto, giró sobre los talones y huyó hacia el bosque que se extendía más allá de los campos. Renek no lo dudó y echó a correr.
—¡Eh! —gritó, pero el fugitivo no respondió.
Tras él, Egon también aceleraba el paso.
Atravesaron campos sembrados no hacía mucho, pisando los surcos con torpeza, sorteando sacos y herramientas.
El fugitivo miraba hacia atrás cada pocos pasos, pero no reducía la marcha.
El bosque surgía imponente a corta distancia, cada vez más próximo, con sus troncos oscuros y follaje espeso que parecían cerrarse sobre sí mismos en un abrazo devorador.
El hombre tropezó con una roca oculta entre la maleza y cayó de bruces, por lo que rodó unos cuantos pies antes de quedar tendido en el suelo.
Renek, que le pisaba los talones, lo alcanzó en un par de zancadas.
El desconocido se volvió de espaldas, jadeante, con el rostro desencajado por el pánico.
Levantó las manos temblorosas en un gesto desesperado, cubriéndose la cara como si esperara un golpe inminente, mientras encogía las piernas sobre sí mismo.
—¡Por favor, no me mates! —suplicó con la voz rota—. ¡Te lo ruego, no me hagas daño!
Renek lo observó un instante, sin comprender del todo su reacción.
—¿Quién eres? ¿Por qué nos espiabas?
—¡No os espiaba! —balbuceó el hombre, aún sin atreverse a descubrirse del todo—. ¡Fue un accidente, lo juro! No quería problemas... Por favor...
—Tranquilo —dijo Renek, aún sofocado por la carrera—. No voy a matarte. ¿A qué accidente te refieres? ¿Quién crees que somos?
El hombre apartó con lentitud las manos y miró a Renek con cautela, cual animal acorralado que tantea una salida.
—¿No... no sois hombres de Sonne?
—¿Sonne? —Renek mudó el gesto— No conocemos a ningún Sonne.
La expresión del desconocido cambió por completo. Se incorporó con una agilidad sorprendente, se sacudió el polvo de la ropa y, de pronto, pareció otro: más altivo, más confiado, con la certeza repentina de haber recordado quién era.
—Vaya… Me temo que ha habido un malentendido —dijo mientras sus labios se ondulaban en una sonrisa tensa—. Me llamo Lilu. Siento haberos alarmado.
Egon, que acababa de llegar, miró a Lilu con desconfianza.
—¿Qué está pasando aquí?
—Nada, nada —respondió Lilu con ligereza—. Yo ya me iba...
Pero Renek lo detuvo con una mano firme en el hombro.
—Un momento. ¿Quién es ese Sonne? ¿Y por qué quiere matarte?
—Prefiero no entrar en detalles. Ya tengo bastante con intentar que no me partan la cara.
—Prueba a contarlo.
Lilu los contempló unos segundos, sopesando sus opciones. Al final, soltó un suspiro largo y resignado.
—Sí, supongo que no pierdo nada... Todo empezó en la taberna del Distrito Popular.
Estaba jugando una partida de quorin, como suelo hacer.
Sonne entró con aires de grandeza, buscando al mejor de la sala para retarlo.
No diré que soy el mejor, pero esa noche me estaban saliendo bien las tiradas, así que acepté.
Renek y Egon compartieron un instante de incomprensión.
—Lo gané con cuatro movimientos —continuó Lilu—.
Lo reconozco, tuve suerte con las fichas.
Sonne se puso rojo como una fresa. El resto de la gente que estaba mirando la partida tuvo que taparse la cara para evitar que Sonne los viera reírse.
Me acusó de hacer trampas, de humillarlo delante de sus hombres.
Yo... yo solo quería echar una partida, ¿sabéis?
Pero luego la cosa se torció —se pasó una mano por el pelo medio grasiento y miró al suelo—.
Logré escapar antes de que las cosas pasaran a mayores, pero desde aquello me busca.
Ha puesto precio a mi cabeza. Así que los hombres de Sonne me han estado buscando.
Sonne es... bueno, digamos que es un hombre de pocos escrúpulos.
Y, claro, no es alguien con quien quieras tener problemas.
Llevo días escondido, duermo en graneros y robo lo justo para comer.
—Por eso huiste al vernos.
—Exacto.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó.
Lilu se encogió de hombros, y la breve chispa de orgullo volvió a apagarse.
—No lo sé. No puedo volver a la ciudad. Y no tengo otro sitio al que ir. Sonne tiene ojos y orejas en todas partes.
Miró a Egon, buscando su parecer. Luego se volvió hacia Lilu.
—Entonces, ¿Sonne sabe cosas?
—No os metáis en esto, hacedme caso —replicó Lilu enseguida en voz baja—.
Lo digo por vuestro bien. Sonne no es más que la punta del verdadero peligro.
Polvo es quien parte el pan en Dampus, y Sonne es solo una de sus uñas.
Solo os digo que a Polvo se le conoce como «el Señor del Bajo Mundo».
En el Distrito Subterráneo, él marca la ley.
Ni los siniestros se han atrevido a adentrarse demasiado en su territorio.
Al oír lo del Distrito Subterráneo, Renek se giró otra vez hacia Egon.
—Quizás debamos hablar con Sonne... si nos lo cruzamos.
Lilu lo miró con la extrañeza de quien escucha un desvarío. Examinó a Renek de arriba abajo con gesto serio.
—Si en realidad pensáis hacerlo, lo más seguro es que deis con él en alguna de las tabernas de Dampus.
Al Distrito Subterráneo no podréis acceder, los nox vigilan el acceso.
Pero, aunque le encontréis, no esperéis que Sonne os preste atención.
Es un egocéntrico con complejo de rey y siempre se sale con la suya.
En fin —añadió, mientras le daba una palmada amistosa en el hombro a Renek—, gracias por no partirme la cara, compañero.
Este se miró el hombro y luego observó a Lilu.
—Antes de separarnos —dijo Renek—, me gustaría hacerte algunas preguntas.
—No sé cuánto podré ayudaros. Desde que todo esto empezó, he estado más preocupado por no morirme de frío que por enterarme de lo que pasa en la ciudad.
—Déjalo estar, Renek —intervino Egon—. No creo que este pobre diablo tenga nada que nos sirva.
Se despidieron de Lilu con un gesto y retomaron su camino. Las granjas y los campos fueron quedando atrás. Y, ante ellos, las murallas de Dampus se alzaron implacables, un recordatorio de todo lo que aún les esperaba.