Capítulo 4 La necesitamos #2
—Sus capacidades no tienen parangón en el continente.
Aunque sobre eso a mi no me preguntes...
No tengo ni idea de cómo funciona toda esa sabiduría y capacidades arcontes.
En cualquier caso, ahora Veltor la busca para Matarla.
Estoy seguro de que se enteró de algún modo de que Kida estaba en Castillo Bruma, y por eso recibimos el ataque de esos siniestros...
Sea como fuere, los nox quieren romper la Unión y acabar con la Hiclaria que conocemos.
Tenemos que encontrar a Kida, si queremos evitar que impongan su dominio en el continente.
De lo contrario, es cuestión de tiempo que se hagan con el control de las instituciones e implanten su tiranía.
Y ten por seguro que todo el que se les oponga acabará bajo tierra.
—Mira, Egon... te agradezco de verdad todo lo que has hecho por mí. Pero esto... esto me queda muy por encima. No veo cómo encajo en nada de lo que dices. Yo solo quiero salir vivo de aquí y recuperar mi vida. Nada más.
—Renek, esta no es una taberna donde uno elige si quiere meterse en líos.
Eres un soldado de Hiclaria. —Lo señaló con un dedo—.
Te guste o no. Y si no te das cuenta, es porque no has entendido nada de lo que está pasando.
Estamos atrapados en una ciudad tomada por los nox, Veltor podría estar moviendo ficha ahora mismo, Kida está desaparecida... y tú me dices que esto no va contigo.
—¿Pero cómo sabes siquiera si Kida sigue viva?
El capitán agachó el mentón y recorrió los nudos oscuros entre las tablas.
—No lo sé. Pero es lista. Y fuerte —su voz se volvió más firme—. Si nosotros logramos escapar, no veo por qué ella no. Dampus es la ciudad más próxima a Castillo Bruma. Si está viva, está aquí. Estoy convencido.
Renek seguía mirándolo, escéptico. Egon percibió la duda en sus ojos y arrugó el entrecejo.
—¿Qué? ¿Tiene el recluta otro plan mejor? —soltó con impaciencia—. Si Kida no sigue con vida, ya nos podemos dar por muertos porque no habrá ejército que evite que Veltor acabe con Hiclaria y con la Unión y que los nox lo dominen todo. Sinceramente, prefiero actuar asumiendo que sigue viva.
—Aun así, no entiendo cómo una sola persona puede ser tan determinante. Por muy arconte o líder ancestral que sea.
—Porque Kida no es como los demás —replicó Egon, sin dudar—.
Tiene un don. Un aura. A pesar de su juventud, inspira valor en sus aliados y duda en sus enemigos.
Lo he visto. He trabajado y luchado bajo las órdenes de innumerables líderes, pero nunca me había topado con alguien como ella.
Algunos han arrojado sus armas solo con verla alzarse en medio del combate —hizo una pausa—.
Y ya sabes lo que dicen... La mejor batalla es aquella que no se libra.
—¿Y por qué no usó ese don en el castillo?
—Que tenga un don no significa que sea invencible. Kida necesita tiempo y preparación para afrontar un combate. Como todos. El asalto de los siniestros a Castillo Bruma nos tomó por sorpresa. Asumo que no tuvo tiempo para prepararse y se defendió como pudo, igual que tú y que yo.
El fuego de la chimenea crepitó con suavidad.
—¿Por qué se les llama siniestros a los Nox? ¿Y qué pueden hacer dos soldados cansados y sin armas?
—¿Es que no los viste? Los acólitos de Veltor no son simples combatientes: son fanáticos, devotos de creencias extrañas y antiguas.
Se aferran a mitos olvidados, a leyendas enterradas bajo el polvo de los siglos.
Yo los he visto actuar, Renek. He presenciado horrores que, si no hubiera visto con mis propios ojos, no me creería.
Y lo han hecho en nombre de esas creencias, llevándose por delante miles de vidas por toda Eldava, incluyendo la de incontables arcontes. Kida nos necesita.
—¿Y cómo pretendes hacer frente a algo así?
—Evitándolos, claro —replicó Egon, tajante—.
Por ahora, lo único sensato es pasar inadvertidos.
Aquí nadie sabe quiénes somos. Los nox no están tras nosotros, al menos no todavía.
Buscan a Kida, comandante hiclariota, no a un recluta anónimo —dejó caer la frase con un deje sarcástico que Renek prefirió no responder— y un capitán de pacotilla.
Así que, si ella sigue en Dampus y quiere salir de aquí, necesitará nuestra ayuda.
Y, con sinceridad, nosotros la suya también.
Renek cerró los ojos un instante y se pasó una mano por la línea de las cejas, entre confuso y frustrado. Sacudió la cabeza.
—Esto no va conmigo. No debería estar aquí. Nadie me busca a mi, y los míos me esperan. Podría largarme ahora mismo y desaparecer. Quizás lo mejor sea seguir solo.
Egon lo observó, incrédulo.
—No seas idiota —espetó con brusquedad—.
¿De verdad crees que puedes quedarte al margen mientras Veltor y los nox ponen en jaque a Hiclaria?
No sobrevivirás ni una semana en esta ciudad por tu cuenta.
Podrás pasearte por los callejones todo lo que quieras, pero en cuanto descubran que eres un efectivo de Hiclaria y que estuviste en Castillo Bruma...
te harán hablar. Te torturarán hasta que cantes.
Y, cuando ya no tengan más preguntas, te matarán.
Renek se puso en pie, con la resolución marcada en cada gesto. Pero, antes de que pudiera alcanzar la puerta, Egon se le adelantó y le sujetó el brazo con firmeza. Lo miró a los ojos.
—Te he salvado la vida. Estás aquí gracias a mí.
Y no lo digo para cobrarte una deuda, sino porque todavía hay algo que podemos hacer.
Encontrar a Kida no es solo una cuestión de lealtad.
Es supervivencia. Si los nox la encuentran antes que nosotros, no tendrás vida a la que volver.
No quedará futuro ni para ti, ni para mí, ni para ninguno de los países de la Unión.
Mantuvo la mirada clavada en los ojos de Egon.
En ellos había determinación, pero también cansancio y una duda que no terminaba de disolverse.
Sopesó sus opciones: ¿a dónde podía ir? ¿Quién podía ayudarle a recordar quien era?
Quizás poner pie en la ciudad le ayudaría a recordar.
Con suerte, se toparía con algún conocido.
Al final, asintió con desgana.
—Está bien. Si encontrar a Kida hará que podamos salir de aquí, , iré contigo. Pero luego continuaréis solos.
Egon asintió, aliviado.
—Bien. Tendremos que trabajar juntos si queremos salir de esta.
Mientras estabas inconsciente salí a buscar provisiones.
Hablé con unos mercaderes. Dijeron haber oído los gritos de una joven hace unos días, acompañados de risas...
de hombres. Al parecer querían llevar a la mujer al Distrito Subterráneo de la ciudad.
No es un lugar al que se entre sin pensarlo dos veces, y estoy seguro de que el acceso estará controlado por los nox.
Pero, si hay una pista, podemos empezar por ahí.
—Vamos —dijo Renek sin dudar—. Cuanto antes empecemos, antes terminaremos con esto.
—Exacto. Necesitaremos más provisiones, equipo... por lo que pueda pasar.
Renek asintió y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de que su mano alcanzara el picaporte, Egon volvió a detenerlo, posando la mano sobre su brazo con una intensidad distinta esta vez. Habló más bajo:
—He oído historias sobre los métodos de los siniestros...
Dicen que son capaces de meterse en tu cabeza y quitarte las ganas de vivir.
Que juegan con tu mente y la mangonean a su antojo, obligándote a hacer cosas en contra de tu propia voluntad.
Pueden manipular tus pensamientos hasta volverte loco.
Renek miraba a Egon con horror.
—No creo que nos pase nada si evitamos llamar la atención.