Capítulo 4 La necesitamos
El sabor metálico de la sangre le llenaba la boca.
Esquivó el tajo descendente de su enemigo con una fluidez innata.
El sudor le surcaba la frente y le caía en hilos cálidos por las mejillas.
Su arma, circular, ágil y tenaz, silbaba en el aire en busca de una fisura en la defensa de aquel ser encapuchado.
El castillo, envuelto en una bruma espectral, guardaba la solemnidad de un espectador más que presencia un duelo.
La mujer apretó los dientes y contuvo un gemido de dolor cuando la hoja de su adversario le rozó el brazo.
La sangre manchó la manga de su camisa, pero ella no se detuvo.
Su concentración ardía en la sombra que se cernía sobre ella.
El guerrero nox se aproximaba con lentitud y precisión.
Su capucha escondía cualquier rastro de humanidad.
Cada paso destilaba una amenaza silenciosa, como si la misma oscuridad se hubiera materializado para enfrentarla.
Ella retrocedió, hasta que sus talones sintieron el vacío tras de sí: el principio de una escalera.
El sudor le escocía los ojos, pero no se permitió apartar la atención de su enemigo ni por un segundo.
Tragó saliva. Un solo paso en falso...
Gritó. No de miedo, sino de furia. Y cargó. Su arma trazó un arco plateado en el aire...
Se incorporó de forma brusca. Un jadeo escapó de su garganta seca y durante un instante no supo si aún soñaba.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza desbocada, casi queriendo huir de él, y la parte frontal de la cabeza le dolía como si le hubieran dado un martillazo.
Parpadeó. Las imágenes se disiparon despacio, como humo entre los dedos, y la realidad lo golpeó.
Ya no estaba en Castillo Bruma. Se hallaba en una habitación polvorienta y desconocida.
A través de las ventanas cubiertas de telarañas se filtraba una luz pálida y temblorosa: el amanecer apenas despuntaba.
El aire olía a madera vieja y a abandono.
Se frotó la cara, y puso énfasis en la nariz.
Sentía quemazón en sus fosas nasales. Al acariciar sus mejillas, la barba incipiente le raspó la palma.
¿Cuánto tiempo había estado inconsciente?
Los recuerdos del ataque al castillo, de Daric y los nox, eran borrosos y distantes.
Escudriñó la habitación. Los muebles, cubiertos por sábanas grises, hablaban de un abandono reciente.
Un espejo roto le devolvió su reflejo maltrecho.
Reparó en el contorno que se movía junto a la chimenea.
Había alguien de espaldas a él, inclinado sobre ella.
El olor a comida llenó el aire, y su estómago gruñó en respuesta.
—Veo que has decidido no morirte —dijo la persona sin volverse, con una mezcla de alivio e ironía.
Intentó hablar, pero la garganta no le obedeció. Tosió, y sintió el ardor de la sequedad, antes de poder preguntar con voz ronca:
—¿Dónde... estamos?
El hombre se volvió con una sartén en la mano y el ceño cansado. Bajo los ojos se le marcaban dos medias lunas oscuras, y su barba, aunque ya la llevaba larga, mostraba varios días de descuido.
—En una casa abandonada, al borde de Dampus —dijo mientras servía unos huevos en un plato improvisado—. Tuve suerte de encontrarla después de todo lo que pasó.
Se incorporó con lentitud. Su cuerpo aún no confiaba en sus propios huesos.
—¿Mi ciudad?
—¿Tu ciudad? —preguntó de vuelta el hombre, que se acercaba para ofrecerle el plato. Aunque fatigado, transmitía un carácter amable.
—¿Estoy en casa?
—¿En casa? Hombre, si esta es tu casa, deja mucho que desear.
—Quiero decir... ¿Soy de Dantus?
—Dampus, Dampus... ¿Y yo qué sé? No sé si te acordarás, pero soy Egon, ingeniero capitán del Batallón B del Ejército de Hiclaria, desplegado en Castillo Bruma. Estaba contigo cuando nos atacaron los nox. Entonces no tuvimos mucho tiempo para presentarnos como es debido.
Recibió el plato.
—Yo…
Se vio sorprendido al no recordar ni su propio nombre. Dejó caer la mirada. Rastreó entre las ruinas de su memoria, pero su mente era un desierto.
De pronto, irrumpió cual relámpago.
—Yo soy Renek.
Las manos le temblaban por agotamiento. Tomó un bocado del plato. Le supo a gloria terrenal.
—Con calma —advirtió Egon mientras acercaba una silla—. No sobrevivimos para que ahora mueras atragantado.
—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
—Un par de días.
—¿Qué?
Se llevó las manos a la frente. Egon se sentó.
—He tenido un sueño muy extraño. Parecía como si yo mismo estuviera ahí. Aún me da vueltas la cabeza.
—No me extraña... Perdiste bastante sangre y te diste un buen golpe en la cabeza cuando te desmayaste.
Por suerte estaba ahí contigo. No creo que hubieran tardado en encontrar los túneles.
Y, hasta ayer, pensaba que no volverías a despertar.
Pero aquí estás. Más delgado, más pálido...
, pero respiras. Es normal estar un poco desorientado, yo no me preocuparía demasiado.
—Parece que te debo la vida. Gracias.
—No tienes que agradecérmelo. Nunca abandono a ningún soldado en una misión. Además, necesitaré tu ayuda.
—¿Mi ayuda? —Renek hizo una breve pausa, pero enseguida lanzó otra pregunta—. Un momento, ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿Y dónde dices que estamos?
Egon suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—Estamos en Dampus, la ciudad más al suroeste de Hiclaria.
Te arrastré durante casi media legua de túnel bajo el castillo.
Salimos por los establos de una granja, así que tomé prestada una yegua vieja y te cargué.
No voy a negar que me costó lo suyo. Tuve suerte de que el animal fuera paciente.
Nos trajo hasta aquí a buen paso. La solté a las afueras para evitar llamar la atención.
Estamos solos. Sin refuerzos y sin mapa.
Renek dejó a un lado el plato vacío y sintió como, poco a poco, el calor y la fuerza regresaban a su cuerpo. Egon permaneció en silencio unos segundos antes de proseguir:
—Dampus está bajo el control de los nox. Y, como viste en el castillo, ahora los gronios engrosan sus filas. Ya puedes recuperarte pronto, porque...
—Espera... ¿Quiénes son los nox? ¿Qué quieren de nosotros?
Egon dejó caer los brazos a los costados, incrédulo.
—¿Me lo preguntas de verdad? ¿Pero tú de dónde has salido? Hasta el campesino más remoto en Eldava sabe quienes son los nox.
—Te he dicho que no me acuerdo de nada. Ahora mismo solo sé que me llamo Renek y que me duele la cabeza.
Egon lo miró con incredulidad, y sintió el filo de la sospecha clavarse en su carne.
—Cualquiera en Hiclaria sabe quiénes son los nox. ¿Cómo puedes no recordarlo?
Renek abrió los brazos en un gesto amplio de resignación, de aceptación forzada.
—Los nox empezaron aquí, en Hiclaria. Al principio gritaban en las plazas; luego empezaron a quemarlas.
Cuando Hiclaria quiso reaccionar, ya no eran un movimiento, sino una guerra.
Fue una insurrección en toda regla. Dos arcontes, Bladack y Veltor, los unieron bajo una misma bandera...
y desde entonces todo se pudrió. Al principio eran todos hiclariotas, sí.
Luego se les sumó cualquiera con ganas de fractura, desde osmenses hasta dasteurios y tusquianos.
Pero si tuviera que apostar, diría que a estas alturas la mayoría son gronios.
No es de extrañar, sabiendo cómo son esos salvajes...
—¿Gronios? —volvió a interrumpir Renek, alzando la ceja.
—Sí. Hombres del suroeste. De Gronia —se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldo de la silla—.
Viven en clanes esparcidos por las tierras al sur de Librark y al oeste de Dasteura.
Siguen códigos ancestrales. Sus riñas son constantes.
Luchan por poder, por tierra, por orgullo...
Y no solo entre ellos: sus incursiones se han vuelto cada vez más frecuentes con los años.
Tienen una espiritualidad antigua, una inclinación casi natural al fervor...
Son fanáticos por naturaleza. No me sorprende que los nox hayan hallado terreno fértil en su cultura...
En resumen —añadió con un tono sombrío—, el caldo perfecto para la siembra de sus ideas.
Renek asintió mientras procesaba la información en silencio, aunque no terminaba de entender cómo todo aquello iba con él.
—Todo eso suena... grande. Pero yo solo intento entender qué peligro corremos nosotros ahora.
—Dampus está tomada por los nox. Patrullas recorren todos los distritos.
Han impuesto sus propias leyes, su propio orden —se inclinó hacia Renek con una expresión seria—.
Me dijeron que tienes buen temple para los momentos difíciles, que sabes mantener la calma cuando todo se tambalea.
Es una cualidad rara. Y nos va a hacer falta.
La Unión no enviará refuerzos aquí. Ni siquiera el propio Gobierno de Hiclaria.
No sabiendo quién manda ahora en esta ciudad.
Sería un suicidio. Tenemos que encontrar a Kida si queremos largarnos de esta ciudad, y habrá que hacerlo solos.
Egon se levantó y caminó hacia la chimenea. Renek se puso en pie.
—¿Por qué no podemos marcharnos y ya está? ¿Por qué es tan importante esa tal Kida?
El capitán, ya al lado de la chimenea, arqueó las cejas, desconcertado por la pregunta. Parpadeó varias veces antes de contestarle.
—¿Me hablas en serio? ¿Has perdido más sangre de la que pensaba y no te llega a la cabeza?
—se inclinó un poco y marcó cada palabra—.
Kida es la pieza clave en todo esto. No es solo una arconte instruida en las artes ancestrales.
Tiene mucho conocimiento sobre los nox: sus motivaciones, su modus operandi...
Y lideró a la brigada arconte que emboscó y mató a Bladack.
Bladack, compañero y mentor de Veltor. ¿Lo entiendes ahora?
Renek alternaba su atención entre Egon y las brasas.