El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 3 Entrena para ser mejor
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Capítulo 3 Entrena para ser mejor

El sol descendente proyectaba sombras largas sobre el suelo dorado.

Espalda con espalda, como dos mitades de una voluntad dividida, Malgo y Guldan aguardaban en el centro de la arena.

Cada uno empuñaba su vara de entrenamiento con firmeza.

A su alrededor, el círculo de treinta varas de diámetro, una corona de arena batida y rigor, se extendía bajo la luz cálida del atardecer.

Más allá, las gradas de piedra rodeaban la arena en forma de anfiteatro, a menudo habitadas por cadetes en formación y examinadores de posado crítico, pero vacías ese día.

Malgo sentía cómo la tensión se acumulaba en sus músculos, una corriente de fuego sordo que le recorría la espalda y le apretaba la respiración.

El sudor le resbalaba desde su cabello indómito de ondas indisciplinadas, trazando caminos fugaces por la sien que terminaban en el cuello del uniforme blanco.

Guldan, en cambio, permanecía sereno. Su silueta, vestida con el negro característico de su traje de entrenamiento, era la de alguien que no solo estaba listo, sino que pertenecía a ese lugar.

Su postura hablaba de forma muda: equilibrio, cálculo, dominio.

Sus ojos, más serenos que los de Malgo, brillaban bajo unas cejas de trazo más denso; y el corte de cabello, ordenado y limpio, terminaba de darle el aspecto de soldado nacido para estar allí.

Ambos alzaron la vista hacia el palco alto, donde su padre, Sadro, observaba de pie.

Flanqueado por dos guardias, su figura dominaba el espacio con la quietud de una estatua de mármol.

Su rostro era un mascarón de piedra, impenetrable, y su mirada, fija y severa, se abatía sobre los hermanos con la solemnidad de una sentencia aún no pronunciada.

La arena enmudecía. Solo el susurro del viento y el lento caminar de los instructores rompían el silencio. Dos veteranos de guerra, curtidos por campañas más allá de los límites del territorio de la Unión, recorrían el perímetro con la cautela depredadora de bestias viejas midiendo a sus presas.

Malgo tragó saliva, y sus ojos marrón nogal, por lo general cálidos, adquirieron un tinte más oscuro bajo el sol oblicuo.

La concentración endurecía su mandíbula juvenil e imberbe, lo que le daba un aire de firmeza impropia de su edad.

Podía sentir a Guldan a su espalda, erguido e inmutable.

Esa calma le ofrecía cierto consuelo. Sabía que Guldan ya estaba imaginando la secuencia de movimientos, anticipando cada reacción con la misma naturalidad con la que otros respiran.

Sentía también el peso de la mirada de su padre sobre los hombros.

Apretó con más fuerza la vara de entrenamiento, sus nudillos blanqueándose por la presión.

Una mano se alzó en el borde de la arena.

—Armas —dijo con firmeza.

Ambos hermanos se tensaron. La arena pareció contener el aliento.

—Valor.

La mano descendió como una guillotina.

—¡Adelante!

El primer crujido de madera contra madera estalló en el recinto.

Las varas silbaban al cortar el aire y chocaban con violencia.

Los hermanos se volvían y se desplazaban al unísono, engranados en un mismo ritmo.

Guldan fluía en su combate: giraba con gracia, su vara describía arcos precisos, golpeaba, bloqueaba, se retiraba y volvía al ataque cual ola que no cesa.

Su instructor, un hombre unos veinte años mayor que él y con barba algo canosa, mostraba un gesto serio y concentrado mientras intentaba penetrar la defensa del joven.

Malgo, por su parte, luchaba por mantener el ritmo.

Sus movimientos eran más bruscos, menos refinados.

Cada anticipación era una apuesta. Su vara se movía con voluntad, pero sin la armonía de su hermano.

El instructor asignado, un hombre más ágil de ojos vivaces, no le concedía tregua: ataques rápidos, secos, y con la intención de esculpir una lección cruel en la piel del joven cadete.

La diferencia entre ambos era evidente. Guldan, con tres años más de entrenamiento, se movía con una confianza que Malgo aún no había desarrollado. Su hermano dominaba, él resistía.

De repente, un fallo de equilibrio. El instructor de Malgo percibió una apertura inadvertida.

Con un movimiento rápido, se deslizó con la ligereza del agua y su vara ascendió con la velocidad de un relámpago.

El golpe impactó de lleno en el maxilar de Malgo con un sonido seco que rebotó por el recinto.

El joven cayó al suelo con un gemido ahogado, aturdido y con sangre manando de su nariz.

Guldan se volvió al instante. La calma que lo había envuelto hasta entonces se fracturó con la violencia de un cristal roto.

En sus pupilas prendió una chispa gélida, y su mandíbula se tensó.

Un aliento bastó.

Sin emitir palabra, se abalanzó sobre el instructor que había derribado a su hermano.

Su vara se convirtió en un borrón. Cada golpe era preciso, violento, implacable.

El instructor, sorprendido por la repentina ferocidad del ataque, levantó la suya por reflejo, pero fue como intentar contener un alud con sus propias manos.

Retrocedía paso a paso, desbordado por la intensidad y la técnica milimétrica del joven.

Un giro. Un paso lateral. Un impacto en la muñeca.

En él brillaba el esfuerzo conquistado, nunca la vacilación.

En cuestión de segundos, Guldan logró desarmar al instructor con un movimiento muy hábil.

Antes de que el instructor pudiera reaccionar, ya tenía la punta de su vara apuntando a la garganta de su oponente.

Su respiración era honda pero controlada.

Sus ojos, fijos. Su victoria, indiscutible.

Sin perder tiempo, se volvió hacia su propio instructor, que observaba la escena con gesto grave y la vara aún en alto, detenido en la expectación de una tempestad inminente.

El joven cadete avanzó con pasos firmes.

El instructor, de ojos que sabían leer la intención antes que el gesto, adoptó de inmediato una postura defensiva.

Pero ya estaba encima de él. El primer impacto de sus varas resonó cual trueno seco.

Guldan era una sombra que se deslizaba veloz, alternando golpes altos y bajos, fintas calculadas y pasos de retirada que se convertían en acometidas.

Su cuerpo hablaba el idioma del combate igual de bien que quien recita de memoria un poema aprendido en la infancia, y su mente trabajaba a toda velocidad.

El instructor respondía con la pericia de los años, pero poco a poco era empujado hacia atrás, superado por la cadencia y la furia contenida en cada estocada. Un giro. Un cambio de ritmo.

Una finta hacia la derecha seguida de un barrido de vara a la izquierda. Con un movimiento muy astuto, Guldan logró desequilibrar al instructor y, aprovechando ese momento de vulnerabilidad, giró su vara en un arco amplio y le golpeó las piernas.

El hombre cayó de forma pesada sobre la arena, su espalda golpeó el suelo con un jadeo. Antes de que pudiera incorporarse, Guldan ya le apuntaba al pecho con la punta de su vara. Incluso los pájaros callaron.

Respiraba hondo, con el pulso aún acelerado.

En sus ojos no había arrogancia, solo una concentración feroz, afilada por el deber.

Sin perder tiempo, giró sobre sus talones y se dirigió hacia Malgo, que seguía en el suelo, cubriéndose la nariz ensangrentada.

Guldan le ofreció la mano. Sus ojos se encontraron e intercambiaron compasión por agradecimiento.

Tomó la mano de su hermano mayor con fuerza y halló en ella el sostén de un ancla en medio de un vendaval.

Fue izado con cuidado. Vaciló un instante sobre sus pies, pero Guldan lo sostuvo por el hombro con firmeza. Así permanecieron unos segundos, respirando juntos, cubiertos de sudor y polvo.

Levantaron la vista. Su mandíbula angulosa y su nariz recta, propias de la sangre Chessan, acentuaban su porte decidido.

En lo alto del palco, Sadro seguía en su sitio, cobijado bajo el techo del balcón.

Donde siempre reinaba la cercanía y la calidez, ahora imperaba una expresión indescifrable.

Su mirada descendió primero sobre Malgo y lo recorrió con el juicio frío de quien evalúa una pieza fracturada.

Luego se posó sobre Guldan. El silencio entre ambos pareció durar más que el combate.

Al final, con un gesto apenas perceptible, Sadro asintió una sola vez.

No dijo nada. Luego, con la autoridad de un veredicto sellado, se dio la vuelta para abandonar el balcón.

Su capa ondeó tras él, y los guardias que lo flanqueaban lo escoltaron.

Los hermanos los siguieron como quien persigue con el pensamiento un cometa que se extingue en el cielo, hasta que desaparecieron.

Una mezcla de emociones se arremolinaba en su pecho: orgullo por haber captado la atención de su padre; ansiedad por no saber con exactitud qué pensaba.

Miró a Guldan, buscando en él alguna pista sobre cómo interpretar la reacción de su padre.

Guldan, por su parte, mantenía una expresión serena, y le devolvió una mirada tranquilizadora y de afecto.

Una ráfaga de aplausos rompió el aire. Lander, el instructor jefe, descendía por la escalinata y entraba en la arena. Sus palmas chocaban con entusiasmo.

—¡Excelente demostración, muchachos! —exclamó mientras avanzaba hacia ellos, arrastrando un tono jovial y solemne a la vez—. Cinco horas de entrenamiento y aún tenéis fuerza para hacer que los viejos instructores parezcan reclutas. Eso es lo que yo llamo temple.

Se incorporaron con rapidez, adoptando una postura recta. Lander los contempló con ojos llenos de orgullo mientras se detenía frente a ellos. Los evaluó con la atención que se le dedica a dos espadas recién forjadas.

—Y no me olvido de vuestro trabajo con Annia esta mañana —añadió alegre—. Pocas veces he visto tanta paciencia en el campo como en la instrucción. No se me ocurren mejores mentores para ella.

Una fuga de orgullo hizo que Malgo curvara los labios.

Recordó cómo habían dedicado la mañana a guiar a Annia a través de ejercicios básicos de combate.

El recuerdo de Annia peleando con una vara más alta que ella le cruzó la mente, cálido cual rayo de sol entre nubes, pero no logró disipar su decepción por no haber logrado abatir a su instructor. Decepción que Lander advirtió.

—¿A qué viene esa cara? —inquirió Lander.

Malgo no fue consciente de la transparencia de sus emociones, y miró al instructor jefe confundido, pero enseguida volvió en sí.

—Me han derribado. Guldan los ha desarmado a todos, pero a mí me han tumbado.

No sé cómo puede haber sido una excelente demostración si ni siquiera he podido asestar un golpe limpio contra mi instructor.

Algún día quiero ser más que “el otro Chessan”.

Así, ya me dirás quién va a ver en mí un candidato a liderar las fuerzas de Hiclaria el día de mañana.

—Malgo... —comenzó su hermano, fatigoso.

Pero Lander dio un paso más y tomó la palabra con la voz más baja.

—Te juzgas demasiado, Malgo. Convertirse en comandante del ejército hiclariota no es moco de pavo, y aun eres muy joven. ¿Y qué si hay personas que todavía no son capaces de ver el potencial en ti? Ya tendrán tiempo de darse cuenta.

—Ya, pero es que tampoco quiero tener la edad de mi padre cuando se me considere para tal posición.

El instructor jefe soltó una carcajada.

—Te olvidas de lo bien que lo has hecho el resto del entrenamiento de hoy, que no ha sido precisamente corto. Además, ¿qué tienes, dieciséis años? ¿Qué prisa tienes por liderar ejércitos? Justo ahora que las cosas están tranquilas...

Mas Malgo no era muy entusiasta de las palabras de ánimo por compasión.

—De todos modos —continuó—, te equivocas en tu valoración. Vuestro padre ha observado todo el combate. —Sus ojos brillaron con un destello de complicidad. Se frotó el bigote y la barba con los dedos de la mano derecha—. Y creo que está de acuerdo conmigo en que estáis listos.

—¿Listos para qué? —preguntó Malgo de forma contenida, pero lleno de desconcierto.

—Para tu primera misión oficial —le respondió—, y para vuestra primera misión oficial juntos.

Guldan mantuvo la compostura, pero sus ojos se abrieron un poco. Malgo dejó escapar una leve exclamación de asombro.

—¿Una misión oficial? —preguntó rebosante de excitación y nerviosismo.

Lander asintió con una sonrisa enigmática en sus labios.

—Así es, jóvenes Chessan. Vuestra primera misión oficial como cadetes del ejército de Hiclaria. Y futuros arcontes.

El aire en la arena se impregnó de una energía próxima a la de un rayo. La emoción era palpable y flotaba entre los hermanos como una corriente invisible. Guldan y Malgo compartieron un instante de reconocimiento, y ambos percibieron en el otro una combinación de anticipación y aprensión.

—¿Cuál es la misión, señor?

Lander volvió la mirada hacia las gradas vacías y confirmó que nadie más escuchaba.

—Vuestra misión... —comenzó Lander, que adquirió un tono más serio— será una tarea de escolta en Librark.