Capítulo 2 Dar forma a Hiclaria #3
Annia volvió el rostro hacia ella, sin dejar de abrazar la cajita contra el pecho.
—La escucho cuando no estás. Me hace sentir cerca de ti. Eres la mejor mamá del mundo. Cuando crezca, quiero ser como tú: siempre sabes que hacer y nadie te manda.
El comentario la pilló por sorpresa, y respondió rodeando a su hija con el brazo.
La melodía flotaba en la sala cual susurro que no quiere apagarse.
Annia crecía en un mundo complejo, lleno de oportunidades, sí, pero también de grietas invisibles.
Y había momentos, sucintos, fugaces, en los que Gellandyn no estaba del todo segura de estar haciendo lo correcto al permitirle caminar tan pronto por la senda del deber.
—La admiración está bien, Annia —dijo con una sonrisa que llevaba el eco de una melancolía suave—. Pero lo que de verdad importa es mantener el equilibrio. Hacer las cosas correctas. Incluso cuando nadie mira. Incluso cuando duele.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó, y ladeó la cabeza, con la carita encendida por la curiosidad genuina.
Guardó silencio para hallar una respuesta que su hija pudiera comprender sin perder la inocencia.
Al final, habló con una franqueza sencilla:
—Quedarme en este despacho cuando preferiría estar en casa contigo, por ejemplo. Pero lo hago porque creo, de verdad, que es necesario. Para Hiclaria. Y para ti. Lo último que necesita alguien de tu edad es más tensión a su alrededor.
Annia asintió despacio. Estaba aprendiendo a escuchar entre líneas, como hacían los adultos. El silencio que siguió fue corto pero cómodo.
—Mamá... —dijo con una chispa repentina—. ¿Puedo quedarme contigo mientras trabajas?
Gellandyn miró el escritorio, sobre el que esperaban documentos, esquemas, dictámenes aún sin revisar. Y en su mente, la carta. Pero al mirar los ojos de Annia, tan llenos de fe, tan confiados, supo que no podía negarse.
—Claro que sí, cielo. Puedes sentarte en el diván a leer o dibujar. Aunque antes... ¿serías tan amable de ir a la fuente y traer un poco de agua? Después, cuando acabe, podemos jugar una partida de quorin. ¿Qué te parece?
Annia no necesitó oírlo dos veces. Dio un salto ágil y fue a buscar su bolsa, su joven melena bronce bailando tras ella.
Gellandyn la observó, maravillada por su energía y su alegría. Era en momentos como este cuando se daba cuenta de que, a pesar de todos los desafíos, estaba haciendo algo bien.
La ministra esperó a que el sonido de los pasos de Annia se desvaneciera en el pasillo antes de dirigirse a su escritorio.
Se sentó con lentitud y abrió el primer cajón.
Allí, tal como Loblo había dicho, descansaba un sobre cerrado.
Su nombre estaba escrito con tinta negra, en una caligrafía sucia y reconocible al instante.
Rasgó el sello con un gesto moderado. El papel crujió al desplegarlo, y sus ojos recorrieron las primeras líneas.
El mundo se aquietó a su alrededor. Reconocía aquella letra. Y la voz que la habitaba.
Querida Gellandyn,
Las noticias sobre tus reformas han llegado incluso hasta el retiro desde el cual escribo estas líneas.
Y permíteme, ante todo, felicitarte. Lo que has logrado es notable.
Tu visión, tu constancia, tu capacidad para articular el cambio…
son dones raros. Y sabía, desde el primer día, que los poseías.
Pero no escribo solo para aplaudirte.
También para advertirte.
Las reformas que impulsas traerán alegría a corto plazo, sí, pero toda prosperidad tiene un precio.
Me preocupa, en particular, el efecto que estas medidas puedan tener sobre la libertad de los ciudadanos de Hiclaria.
La historia no es condescendiente con quienes creen que el fin justifica el medio.
A veces, los cimientos del orden se erosionan en silencio, bajo el peso de decisiones bienintencionadas que parecen justas, pero que exigen demasiado del alma del pueblo.
Sé que no eres una visionaria ciega. Confío en tu discernimiento.
Pero precisamente por eso te escribo: para recordarte que la innovación sin contención puede convertirse en tiranía, incluso sin quererlo.
Que no se te escape, entre la eficiencia y el cálculo, lo más frágil y esencial: la libertad de elegir, de disentir, de vivir sin miedo.
Confío en que encontrarás el equilibrio. No para agradar a todos, sino para no traicionar lo que un día te llevó a servir. Con afecto sincero y profunda estima,
Galeg Bastius
Dejó la carta de su antiguo mentor sobre el escritorio con delicadeza, cargada de un peso que nada tenía que ver con la delgadez del papel.
Se reclinó en la silla, los ojos cerrados por un instante.
Las palabras de Bastius resonaban en su interior y se deslizaban como un eco oculto tras el barniz del optimismo.
No contradecían lo que había dicho esa mañana en la Cámara...
, pero lo cuestionaban, lo matizaban. La certeza que la había acompañado en su discurso comenzaba a volverse, ahora, más delgada.
Más vulnerable. Un trazo efímero que amenazaba con desvanecerse en el aire.