Capítulo 2 Dar forma a Hiclaria #2
—¿Una carta? ¿De qué se trata?
—Llegó por error a mi ministerio—dijo mientras se encogía de hombros con fingida indiferencia—. No estaba firmada, pero la dirección del remitente me era... familiar.
Antes de que ella pudiera insistir, un nuevo grupo de representantes se aproximó e interrumpió la conversación.
Loblo se despidió con un gesto amistoso y desapareció entre la multitud.
Las siguientes interacciones fueron corteses, incluso cálidas, pero la mente de Gellandyn estaba inquieta por averiguar qué contendría esa carta.
No podía evitar que su mirada se desviara en alguna ocasión hacia la salida, ansiosa por regresar a su despacho y descubrir el contenido.
Abrió la puerta de su despacho con lentitud.
Se detuvo en el umbral, sin entrar del todo.
Había una vibración leve en el aire, un temblor sutil, que la hizo esbozar un gesto de inquietud.
La penumbra de su dependencia ministerial la recibió en silencio.
El espacio estaba tal cual lo había dejado, y sin embargo...
cierta disonancia le impedía sentirse tranquila.
Dio un paso adelante. El crujido del suelo de madera bajo sus botas resonó con claridad.
Aquel sonido fue seguido, casi al unísono, por otro crujido más tenue, más contenido.
Gellandyn se detuvo en seco. Inspiró hondo.
Su oído, entrenado más por años de vigilancia política que de combate, intentó distinguir el origen.
Algo surgió desde el escritorio con un salto.
—¡Buu! —gritó con un estallido risueño que rompió la penumbra.
Dio un respingo y se llevó la mano al pecho. Por un instante, su cuerpo se tensó por la decisión de un ente tenebroso de salir de su escondite. Pero el rostro que emergió entre risas era el de su hija, y la tensión se deshizo en una carcajada aliviada que se mezcló con la risa cantarina de la moza.
—¡Annia! —exclamó—. Por todos los cielos, ¿quieres matarme del susto?
Annia se arrojó hacia ella con la ligereza de la juventud y la travesura de quien sabe que será perdonada. Sus ojos verdes eran dos esmeraldas que brillaban llenas de picardía.
—¡Esta vez sí que te he asustado! Tendrías que haberte visto la cara —rio, todavía con los brazos alrededor de su madre.
La estrechó contra sí. El perfume suave de su hija, una mezcla de jabón, aire libre e inocencia, fue un bálsamo que disipó el peso de las horas pasadas.
—Eres una diablilla —murmuró con ternura, y luego la separó para mirarla a los ojos—. Lo sabes, ¿no, pequeñaja?
—Oye —replicó Annia con fingida indignación—, de pequeñaja nada, que ya tengo trece.
—Recién cumplidos, tampoco te creas... —dijo mientras le acariciaba el cabello—. Sigues siendo la misma revoltosa que se escondía bajo las mesas del Consejo.
De la mano, la condujo hasta el diván tapizado en cuero oscuro que ocupaba una esquina del despacho.
—Recién cumplidos no, que ya han pasado varias lunas.
Se sentaron juntas y, por unos instantes, permitió que el mundo exterior, con sus discursos, sus deberes y sus peligros, quedara más allá de aquellas paredes.
—Bueno, señorita... —dijo con una entonación desenfadada—. Cuéntame, ¿qué tal hoy en la academia?
Annia arrugó la nariz en un gesto pensativo.
—Bien. Tuvimos Historia. Hablamos del origen de Hiclaria, de la Unión... ¡Me encantan las costumbres de antes! No sabía que todavía hay pueblos que viven así. Ah, y en la próxima clase toca la Guerra de los Cinco Años. El profe dijo que tú fuiste muy importante. Bueno... eres.
Gellandyn sonrió, con un deje de incomodidad.
—Hay muchas personas importantes, Annia. Lo que yo hice fue parte de un esfuerzo mayor.
—Pero tú haces cosas grandes, ¿no? —insistió, con ojos brillantes de admiración.
Gellandyn suspiró con suavidad.
—Intento hacer lo que puedo por nuestra tierra. Nada más. Y nada menos. —Se inclinó hacia ella—. ¿Y el entrenamiento?
Annia bajó un poco la mirada, con menos entusiasmo.
—Como siempre. El instructor dijo que tenía que mejorar la postura. ¡Qué pesado es! Nunca menciona lo buena que soy anticipando los golpes...
Gellandyn reprimió una sonrisa, conteniendo el impulso de defenderla. Siempre le resultaba difícil reconciliar la imagen de su dulce hija con la realidad del adiestramiento que recibía.
—La intuición es valiosa, pero no lo es todo. —Le tocó el hombro con suavidad—. La estrategia, el trabajo en equipo, la postura... también cuentan. Y mucho.
Annia asintió con seriedad, aunque enseguida puso los ojos en blanco.
—Ya lo sé, mamá. Pero, ¡es que me duele la espalda! Hoy entrenamos en grupo, con Guldan y Malgo. ¡Casi tumbo a Malgo con la vara!
—¿En serio? —Alzó las cejas, divertida—. No es fácil acorralar a alguien tres años mayor. ¿Cómo lo lograste?
—Estaba nerviosa al principio, pero me acordé de lo que siempre me dices: ser fuerte, ser decidida...
Gellandyn sintió una punzada en el corazón. Su hija la observaba, la imitaba. Era un recordatorio de la enorme responsabilidad que tenía, no solo como ministra, sino como madre.
—... así que calculé muy bien mis pasos, como tú lo haces, me fijé en sus ojos, vi el momento justo en que se lanzaría, esquivé a la derecha y le di con la vara en la espalda. Se tambaleó. ¡Casi cae!
—¿Y luego?
—Luego se rehízo y me tumbó —dijo mientras se encogía de hombros—. Pero por un segundo fue mío.
La abrazó.
—Estoy muy orgullosa de ti, Annia. Combatir no es nada fácil, pero lo estás haciendo muy bien.
—Gracias, mamá —susurró, y luego apoyó la cabeza en su hombro.
Besó la frente de su hija, y sus labios descansaron allí un segundo más de lo habitual. En ese gesto callado se entretejían orgullo, ternura... y una preocupación que no lograba disipar.
Annia se removió con suavidad y alargó la mano hacia el interior del respaldo del diván, donde el tapizado ocultaba un pequeño bolsillo de tela.
De allí sacó una cajita de música de latón envejecido, redonda, del tamaño de una manzana pequeña, con detalles en relieve: una pareja danzante rodeada por ramas de olivo y constelaciones minúsculas.
La superficie, gastada por los años y las manos que la habían sostenido, relucía con una tibieza discreta.
Con delicadeza, giró la llave inferior tres veces y abrió la tapa.
Una melodía suave comenzó a flotar en el aire, clara y melancólica, compuesta de notas limpias que evocaban la fragilidad del cristal.
Una diminuta bailarina vestida con faldones tallados en nácar giraba sobre sí misma al compás de la música.
Gellandyn la observó sin decir nada durante unos segundos, antes de murmurar:
—La llevas a todas partes.
Annia sonrió, sin apartar la vista de la bailarina.
—Siempre. Me ayuda a pensar.
Gellandyn se inclinó un poco y por un momento su mirada se perdió también en el movimiento pausado de la bailarina.
—Tu padre me la regaló, ¿sabes? Aún no habías nacido. Su deseo era que, algún día, si teníamos una hija, pudiera escucharla para dormirse —dijo, teñida de recuerdos.