Capítulo 2 Dar forma a Hiclaria
Gellandyn subió al podio. Su chaqueta ministerial, de corte entallado y hombros firmes, acentuaba su figura erguida y serena.
La ceñía con una hebilla pulida del mismo color áureo que las molduras de la Gran Cámara.
Llevaba el cabello en un semirrecogido bajo con trenza impecable, y su rostro proyectaba la calma meticulosa de quien domina tanto su palabra como su presencia.
Bajo las altas bóvedas, las voces se apagaron poco a poco, como un río que se aquieta ante la llegada de una tormenta.
Uno a uno, los representantes ocuparon sus escaños, y los ojos de toda la asamblea se posaron sobre ella: la ministra de Ciencia e Innovación, vestida con sobria elegancia, portadora de una promesa y una advertencia.
La tensión en el aire era palpable, una mezcla de anticipación y curiosidad por lo que estaba por venir.
En lo alto de la mesa del Parlamento, coronando esta y la tribuna de oradores, ondeaba una bandera vertical, rematada con el emblema de Hiclaria: el cráneo alargado de una labra, un animal rumiante de calavera elongada, símbolo ancestral de las tierras centrales del continente de Eldava.
Respiró hondo. Sus dedos, posados sobre las notas, permanecían inmóviles. Solo el fulgor de sus pupilas se deslizaba por la sala y la recorría a la vez que calibraba el peso de una decisión irrepetible.
Entonces habló. Su voz, pura y limpia, se proyectó sin esfuerzo hasta los últimos rincones de la blanca Cámara.
—Estimados representantes, distinguidos colegas, pueblo de Hiclaria...
—empezó, con una cadencia medida, grave, que hizo callar hasta al más inquieto—.
Nos encontramos hoy en una encrucijada histórica.
Un instante que definirá no solo el rumbo de este Parlamento, sino el porvenir mismo de nuestra nación y de la Unión.
En los últimos años, después de la guerra, hemos sido testigos de un progreso sin precedentes en nuestra amada Hiclaria.
Nuestras ciudades han florecido, nuestras instituciones se han fortalecido y nuestro pueblo ha demostrado una resiliencia inquebrantable frente a los desafíos que hemos enfrentado.
Un murmullo de aprobación recorrió los bancos curvos.
Algunos representantes inclinaban la cabeza en un gesto afirmativo.
Desde su lugar, Sadro Chessan, Primer Ministro de Hiclaria, observaba a Gellandyn con una mezcla de atención profesional y respeto personal.
Sabía cuándo alguien dominaba la sala, y ella lo hacía con la naturalidad de quien ha sido forjada para ello.
—Pero no podemos detenernos ahora —prosiguió, con un tono que tensó la atmósfera—.
El mundo que nos rodea no espera. Las corrientes del cambio son tan despiadadas como imparables, y lo último que necesita Hiclaria es otra fractura.
No debemos resignarnos a mantenernos a flote...
Debemos liderar el camino hacia un futuro más próspero y equitativo.
Otra pausa. Profunda, cargada, antes de revelar el núcleo de su discurso.
—Por ello, hoy me presento ante ustedes con una propuesta.
No una reforma trivial ni un parche burocrático, sino un plan de acción firme, concreto y transformador.
Un impulso para nuestra manufactura, una palanca para nuestro comercio, una semilla para el mañana.
—Buscó al ministro de Comercio y Caudales; él le devolvió una expresión seria pero convencida.
Gellandyn volvió la vista al frente, y cada sílaba creció con una nota de fervor—.
Estas medidas no son un capricho ni un adorno político.
Son un llamado a la acción. Un pacto con el porvenir.
Una apuesta por la dignidad de nuestros ciudadanos.
Varios representantes se incorporaron apenas en sus asientos. Algunos tomaban notas. Otros solo escuchaban con una atención que rozaba la devoción.
—No se trata de romper con nuestro pasado, sino de prolongar su mejor legado. Así como nuestros antecesores soñaron con una Hiclaria fuerte, nosotros soñamos hoy con una Hiclaria que lidere el progreso, la producción y el pensamiento en la Unión y en Eldava.
Los aplausos comenzaron tímidos, luego crecieron con fuerza. El entusiasmo era genuino, aunque no unánime. Sadro esbozó una sonrisa tenue, más reflexiva que eufórica. Conocía las resistencias que vendrían después de los vítores. Pero también sabía que Gellandyn manejaba la sala con maestría.
—Nuestra ambición no acaba aquí —dijo ella, elevando un poco el tono—.
Avanzaremos en innovación e investigación hasta ponernos a la altura de Dasteura en capacidad técnica...
Y lideraremos la lucha por fortalecer el tejido comercial y la justicia social.
Imaginen un futuro donde cada ciudadano tenga acceso a las mismas oportunidades, donde nadie tenga que mendigar para conseguir llenar su barriga y la de sus hijos.
Donde el conocimiento sea un derecho y no un privilegio reservado.
Habló de cifras, de propuestas concretas. Citó iniciativas piloto, expuso ejemplos con claridad de ingeniera y alma de oradora. Pero su fuerza no residía solo en los números. Era el tono. La convicción. La sensación de que lo que decía podía, de verdad, cambiar las cosas.
—Todo esto —concluyó, alargando la frase con un énfasis que buscaba imponerse al murmullo del Parlamento— solo será posible si caminamos juntos.
Si aquí, en esta Cámara, somos capaces de dejar atrás las viejas rencillas.
Si nos unimos, no como grupos enfrentados, sino como guardianes de una causa común.
Aquí, en la Casa del Pueblo, tenemos la oportunidad de demostrar una vez más por qué Hiclaria es un faro de esperanza y progreso para la Unión.
Escudriñó la asamblea y se detuvo en los ojos de quienes sabía escépticos.
Sus pestañas, largas, enmarcaban una mirada firme, y la curva alta de sus pómulos, acompañada por unas mejillas estilizadas, le confería un aire sobrio que, de forma paradójica, no hacía más que acentuar una belleza que nunca parecía tener intención de exhibir.
—Les pido que me acompañen. Que abandonen el miedo a perder y abracen la posibilidad de construir.
Que trabajemos juntos por el bien común de nuestra tierra.
Les hablo de una Hiclaria con una justicia que no dependa del apellido, sin privilegios ni ventajas injustas.
Visualicen conmigo una Hiclaria con un saber libre y una dignidad inviolable.
Esa Hiclaria es posible. Este es el futuro que podemos construir juntos, y estas medidas son un paso vital en ese camino.
La sala estalló en aplausos. Algunos representantes se pusieron en pie con entusiasmo manifiesto, otros mostraron su afinidad por las propuestas de manera austera.
Desde su escaño, Sadro celebró el discurso con frugalidad, mas su media sonrisa decía más de su satisfacción que cualquier proclama.
En el podio, Gellandyn inclinó de forma sutil la cabeza, y sus labios, plenos, de contorno natural y que nunca moldeaba para seducir, le devolvieron otra, contenida y respetuosa.
Sabía que lo más difícil aún estaba por venir.
Pero en aquel momento, entre la reverberación de la ovación y el resplandor colectivo de la esperanza, percibió el rastro tenue de un futuro posible.
Con gesto preciso, cruzó el brazo derecho por delante del pecho hasta apoyar la mano sobre la clavícula opuesta, mientras el izquierdo se plegaba tras su espalda.
Luego hizo una inclinación breve pero elegante, el gesto ceremonial propio de los altos cargos.
Un símbolo de gratitud y compromiso. Con eso, se levantaba la sesión.
Salió de la sala de plenos con paso firme. La algarabía la siguió, acompañándola fuera de la Gran Cámara. En el amplio pasillo de mármol, un grupo de representantes ya la esperaba, ansiosos por felicitarla.
—¡Ministra Daiarella! Un discurso brillante y esclarecedor. Justo lo que necesitábamos oír —exclamó un hombre de barba oscura mientras le estrechaba la mano con un entusiasmo que a primera vista resultaba auténtico.
—Gracias, representante Morin —respondió Gellandyn con cortesía. Pero su semblante recorría la estancia, buscando aliados más íntimos entre la multitud.
Una mujer de cabello corto rubio se acercó con aplomo.
—Ministra, sus propuestas son tan audaces como necesarias. Cuente con nuestro apoyo.
—Le agradezco mucho su confianza, representante Lira —dijo Gellandyn con tono grave—. Trabajaremos codo con codo para llevar estas ideas al terreno de lo real.
Mientras cruzaba palabras y agradecimientos, una silueta familiar emergió entre los presentes.
Era Loblo, ministro de Cultura y Educación, con su andar calmado y los brazos extendidos en gesto amistoso.
Su sonrisa era amplia y sus ojos brillaban detrás de sus anteojos con una mezcla de admiración y algo más que Gellandyn no pudo descifrar.
—Gellandyn, querida colega —dijo, con la energía de un viejo orador—. He asistido a muchos discursos en esta sala, pero el tuyo... el tuyo ha sido extraordinario.
—Gracias, Loblo —respondió ella, y dejó que su expresión se suavizara por un instante—. Tus palabras me reconfortan. Tu apoyo es importante para lo que viene.
Loblo apartó un mechón suelto de su melena blanca y lo encajó tras la oreja antes de inclinarse un poco hacia ella. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible.
—Lo que has planteado hoy cambiará mucho más de lo que creemos. Has puesto en marcha algo... mayor de lo que muchos imaginan.
Gellandyn asintió, seria.
—Es un camino que debemos recorrer juntos, Loblo. La educación y la cultura serán fundamentales para el éxito de estas medidas. Hay que enseñar a habitar lo nuevo.
—Ah, sí... —sonrió Loblo, encantado—. Justo estaba dándole forma a algunas ideas en esa dirección. Y por cierto... —Empezó a rebuscar en los bolsillos de su traje sin mucho éxito—. Casi lo olvido. Dejé una carta en tu escritorio esta mañana.
Gellandyn alzó una ceja, alerta ante la súbita informalidad del comentario.