El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 1 Despierta #3
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Capítulo 1 Despierta #3

Torcieron sin detenerse. El suelo estaba resbaladizo por la mezcla de ceniza y sangre. Al fondo del pasillo, colgado de la pared de piedra, un lienzo reposaba sobre un marco ennegrecido.

—¡Ahí está! —exclamó Daric—. El nombramiento de Sylos . Debe de estar detrás.

Pero nada más reanudar su carrera, una puerta lateral se abrió de golpe con un crujido de madera astillada.

Una respiración feroz manó de su interior, cargada de odio y de algo más oscuro: una intención inhuma na.

Ambos se detuvieron en seco y alzaron las armas por puro instinto.

Un ser de complexión más que imponente surgió del umbral.

Era un guerrero nox como el que había acabado con Hecaril.

Su capa oscura, raída y cubierta de manchas mohosas, era en sí un estandarte maldito que ondeaba tras él.

A diferencia del otro, el yelmo que le cubría cabeza y cara no contaba con cuernos pegados a los laterales.

En su lugar, de su frente emergía un solo cuerno de hueso que lo perforaba desde dentro hacia arriba, cual espina nacida del cráneo.

Se detuvo en medio del corredor y volvió despacio la cabeza hacia ellos, atraído por el soplo inquieto de sus pulmones. Al hacerlo, se percataron de que el yelmo no tenía rendijas para los ojos, y aun privado de ellas se conducía con la inquietante precisión de quien todo lo percibe.

Daric palideció.

—Por los cuernos del Tejedor…

El guerrero comenzó a avanzar. Los grabados que surcaban su armadura palpitaban con un resplandor verdoso, líneas vivas que destilaban un veneno luminoso. Emitió un sonido aterrador, un gorgoteo gutural, atragantado en lo profundo de su garganta, cercano al vómito.

Sintió el frío subirle por la columna, pero no retrocedió. Daric, por su parte, aferró la espada con ambas manos y sus ojos se endurecieron.

—Tienes que irte… —dijo con un tono grave, sin apartar la vista del enemigo—. Encuentra a Kida.

—No voy a dejarte solo —protestó.

—No es una sugerencia. Es una orden. Kida es la prioridad. Sin ella, Hiclaria está perdida. Yo lo retendré el tiempo que pueda.

Sin dar lugar a discusión, Daric se lanzó al frente. Su espada se enredó con el mangual del enemigo, y la fuerza con la que tiró el guerrero lo hizo soltar la espada y retroceder varios pasos.

—¡Busca el Ascenso de Neoluxa ! —gritó entre jadeos a la vez que esquivaba por escasos pulgares un golpe que le hubiera partido el cráneo—. ¡El cuadro! ¡Busca un lienzo que muestre el Ascenso de Neoluxa ! ¡Detrás hay otra salida!

Vaciló. Su cuerpo estaba dividido en dos voluntades opuestas: una, encendida por la lealtad, lo instaba a lanzarse al auxilio de Daric; la otra, anclada al deber, lo impulsaba hacia la misión.

Daric lo empujó fuera del umbral con un gesto decidido y, antes de que pudiera replicar, golpeó el eje del mecanismo de la puerta.

El impacto bastó para soltar el pestillo.

Con un chirrido metálico, la compuerta de hierro descendió desde lo alto y se cerró con la fuerza inexorable de un destino cumplido.

El pasillo quedó dividido. Él, de un lado. Daric, del otro.

El corazón era un tambor de guerra en su pecho.

Con la garganta cerrada por un nudo imposible de tragar, apretó los dientes y se obligó a seguir adelante.

Los ecos de la lucha que acababa de abandonar, el entrechocar de armas, los alaridos, se desdibujaban a su espalda conforme avanzaba a zancadas por la penumbra. Hasta que dejó de oírlos.

Corrió por el castillo, buscando con desesperación el cuadro del que le había hablado Daric. ¿Qué pinta tenía ese cuadro? ¿Cómo iba a reconocerlo?

Al doblar una esquina, se detuvo en seco. Estuvo a punto de impactar con alguien cubierto de hollín.

Egon.

El ingeniero se volvió, sorprendido, y en su rostro cubierto de tizne relampaguearon unos ojos azules, limpios y profundos, dos zafiros atrapados en una tempestad. Aún respiraba con dificultad, con las facciones marcadas por el esfuerzo y la premura.

—Tú... estás vivo —susurró, convirtiendo la duda en voz—. ¿Y Daric? Estaba contigo.

No llegó a articular vocablo. Ambos se percataron al mismo tiempo del enorme lienzo que colgaba junto a ellos y dominaba la pared a modo de portón disfrazado.

Representaba una ciudad celestial, de altas torres y cúpulas brillantes despuntando entre las nubes, con personas vestidas con túnicas y los brazos en alto en señal de triunfo.

—El Ascenso de Neoluxa —musitó al reconocer la escena—. Detrás de esto debe de estar la salida.

Se acercó sin dudar. Sus dedos recorrieron los bordes del marco, tanteando con pericia de soldado veterano que ha abierto más puertas de las que debería.

Desde su posición, él vigilaba el pasillo, esperando que en cualquier momento apareciera algún siniestro.

Sin embargo, el caos de la batalla sonaba lejano.

Más cerca se oían las respiraciones agitadas de ambos hombres y el roce de los dedos de Egon contra la pared.

—Vamos, maldita sea... —murmuró entre dientes.

Apoyó una mano contra la pared, agotado, mientras Egon seguía probando. La cabeza le retumbaba. Notaba el peso de todo lo vivido asentarse en su cuerpo. El cansancio y la tensión empezaban a hacer mella en él.

—¡Aquí! —exclamó Egon.

De repente, un chasquido seco quebró el silencio. El lienzo se deslizó a un lado con un gemido herrumbroso, revelando una abertura oscura como boca de pozo. Una chispa de alivio iluminó su expresión gastada

—¡Rápido, adentro!

Se quedó quieto, los ojos clavados en la negrura del túnel. Su interior titubeaba.

—¿Cómo sé que puedo confiar en ti? —preguntó—. No te conozco.

Egon se volvió hacia él, incrédulo.

—¿De verdad vas a cuestionarlo ahora, con el castillo a punto de caer sobre nosotros? —replicó con dureza—. No tienes muchas opciones. Soy un soldado hiclariota, igual que tú. Kida ya no está aquí. Si te quedas, mueres. Así de simple —hizo una breve pausa para que reaccionara—. ¡Vamos!

Sin esperar respuesta, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia la abertura. El lienzo se cerró tras ellos con un golpe sordo y quedaron envueltos en sombras. Echaron a correr.

El pasadizo era angosto y húmedo. Nada más lo habitaba excepto la respiración agitada de ambos y el sonido de sus botas sobre la tierra apisonada. El mundo sobre su cabeza parecía haberse desmoronado.

El túnel serpenteaba sin fin y los arrastraba hacia las entrañas de la montaña, cada vez más profundo.

Durante un largo trecho no dijeron palabra. Sus músculos sí se quejaron. Cuando al final se detuvieron, Egon apoyó una mano contra la pared, jadeando.

—Creo que los hemos perdido —dijo, entre respiraciones entrecortadas.

Él también estaba sin aliento. Miraba hacia el suelo, aunque sabía que Egon no podía verlo.

Estaba a punto de decir algo cuando un trueno ensordecedor desgarró el túnel.

Fue tan potente que por un momento pensó que sus oídos habían estallado.

Se los cubrió. Pequeñas piedras y polvo cayeron del techo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó.

Egon tardó en responder. Escuchaba y buscaba más allá del ruido.

—Creo… —dijo al final, agravado—. Creo que el castillo se ha venido abajo.

Avanzaron unos pasos más en silencio antes de que él se detuviera. Algo cálido le corría por el costado. Al tocar la zona, la notó húmeda y viscosa. Se llevó los dedos a la boca. Sangre. El dolor, ignorado hasta entonces, se reveló con una intensidad lacerante

—Estoy herido... —murmuró, sorprendido por su propia voz.

Egon se acercó al instante, palpando en la oscuridad hasta dar con la herida.

—Parece profunda —dijo preocupado—. Tenemos que detener la hemorragia, ahora.

Pero no hubo tiempo. Sus piernas cedieron, como si alguien hubiera cortado los hilos que lo sostenían. Se desplomó hacia delante, sintiendo que los brazos de Egon lo sostenían apenas un instante antes de que todo se desvaneciera.

—¡Eh! ¡Vamos, aguanta! —Las palabras sonaban lejanas, perdidas en un eco distante.

La oscuridad del túnel se fundió con la que se apoderaba de su mente. Lo último que sintió fue el frío de la tierra en la mejilla... y una voz que lo llamaba desde un lugar al que ya no podía responder.