El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 1 Despierta #2
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Capítulo 1 Despierta #2

El combate fue breve pero intenso. Daric hundió la espada en el vientre de su adversario cuando este tropezó con el cadáver del soldado caído.

Él, atento a una abertura, logró aprovechar un paso en falso de su oponente y clavó la hoja en su costado desnudo.

La perforación le arrancó al hombre un quejido ahogado antes de desplomarse sin más.

—Buen trabajo —dijo Daric, que jadeaba, mientras se secaba la frente con el dorso del guante.

Pero él no respondió. Se limitó a contemplar al enemigo abatido.

No hubo tregua. Un nuevo estallido sacudió las paredes, seguido por los gritos de combate que llegaban como llamaradas al otro lado del corredor.

Ambos galoparon hacia el origen del ruido y giraron por una galería cubierta.

Allí, justo al final, vieron cómo dos soldados de la Unión caían bajo las hachuelas de otros nox.

Se desplomaron con un golpe seco, los ojos abiertos en una expresión congelada de terror.

Los nox se volvieron hacia ellos y los miraron con absoluta ira.

—¡Maldita sea! —masculló Daric mientras pegaba la espalda al muro—. ¡No dejes que te alcancen! ¡Un golpe de esos brutos y te dejarán hecho trizas!

Una corriente de vigor recorrió su cuerpo.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia uno de los enemigos con precisión despiadada e hizo silbar la espada en el aire.

El siniestro rechazó el primer tajo, pero él anticipó su movimiento, se volvió con la inercia y le clavó la hoja en el costado.

A unos pasos de distancia, su compañero luchaba contra el otro con destreza sobria.

Cada ataque suyo era controlado, cada defensa calculada.

No había nada heroico en sus gestos, solo eficacia adquirida a lo largo de muchos años y muchas heridas.

Aun así, el siniestro resistía con fiereza y se deslizaba entre golpes, con la furia desesperada de una bestia cercada.

Libre de su contrincante, se unió al capitán.

El bruto, enfrentado a ambos, no tardó en ceder.

Un corte limpio en la pierna, otro en el cuello, y el hombretón se desplomó al fin.

Los dos hombres se quedaron un instante callados, respirando hondo, rodeados de sangre y cuerpos. Se miraron.

—Tenemos que seguir —dijo Daric, que limpió la hoja contra el dobladillo de la capa sin ceremonia—. Kida nos necesita, y cada segundo cuenta.

Al volver la vista hacia los cadáveres, sintió un peso nuevo anudarse en su interior. No era miedo. Era la certeza, igual de dolorosa que inevitable, de que aquello no había hecho más que empezar.

Otra explosión sacudió el castillo con la violencia de una bestia encadenada.

El techo crujió y dio la impresión de que iba a ceder.

Una lluvia de polvo y fragmentos menudos descendió sobre ellos.

Se cubrieron de inmediato y se protegieron los ojos hasta que el estrépito se desvaneció en un zumbido agudo.

Un llamado, roto por el esfuerzo, resonó desde lo alto:

—¡Daric!

Era Egon, asomado al borde de un balcón en la planta superior. Estaba cubierto de hollín y el cabello se le pegaba a la frente por el sudor. Los ojos, encendidos de urgencia, parecían los de un hombre que acababa de mirar al abismo.

—¡Los nox han atravesado las defensas interiores! ¡Necesitamos refuerzos en el salón, ya!

Sin esperar respuesta, Egon se esfumó, sus pasos retumbaron sobre la madera y se perdieron entre corredores. Daric apretó los dientes y tensó la mandíbula mientras su mano se cerraba con más fuerza sobre la empuñadura de la espada.

—Ya lo has oído —dijo con gravedad—. Tenemos que darnos prisa.

Sintió el vigor abrirse paso de nuevo por su cuerpo. Aunque su mente seguía siendo un torbellino de confusión, sus músculos se tensaron, listos para la acción.

Ambos echaron a correr. El castillo, antaño silencioso y solemne, era ahora un hervidero de gritos, estampidas, acero y fuego.

Las antorchas parpadeaban en las paredes, titilando al borde de extinguirse bajo la violencia que las rodeaba.

A medida que avanzaban, el humo se espesaba y el aire olía a muerte.

Al doblar una esquina, se detuvieron de golpe.

Un rugido, más profundo que una caverna, sacudió el corredor.

Desde el extremo oscuro del pasillo emergió una figura.

Más que un hombre, parecía un vestigio surgido de las tinieblas.

Su armadura, del color de la sangre vieja, cargaba en sí la impronta lóbrega de alguna fragua maldita.

Frente a él, solitario y plantado, un soldado hiclariota le hacía frente, un roble en mitad de una tormenta.

Su uniforme, más elegante y ligero que el de los demás, estaba desgarrado por múltiples cortes y manchado de rojo.

Pero su porte era el de un luchador que aún no había caído.

Empuñaba una espada larga que reflejaba el brillo de las brasas.

—Pero qué demonios es eso... —musitó Daric, y en su voz tembla ba el eco de una pesadilla.

Los dos combatientes chocaron sin preámbulo.

Bajo el yelmo del guerrero marcado por la desolación ardían unos ojos con una luz cruel.

Atacaba con una violencia que hacía vibrar el aire, su hacha trazaba arcos lo bastante grandes como para partir columnas.

El soldado hiclariota, pese a estar en evidente desventaja física, se movía con una diligencia y una resolución extraordinarias.

Sorteaba con precisión a la vez que devolvía estocadas en los huecos de la armadura. Daric fue claro:

—Esta no es una lucha que podamos ganar. Tenemos que marcharnos.

El hacha del guerrero nox descendió con una trayectoria implacable, amenazando con partir en dos al soldado. Pero, en el último segundo, el soldado se volvió y esquivó el golpe.

Aprovechando el momento de desequilibrio de su oponente, el soldado clavó su espada en una abertura de la armadura de su adversario.

Se hundió con un chasquido viscoso. El siniestro emitió un bramido gutural, y una sangre oscura y espesa manchó la piel de animal que cubría sus hombros.

Tambaleante, cayó de rodillas. El efectivo hiclariota no dudó.

Con un grito breve, hundió la hoja por segunda vez y atravesó el cuello de su enemigo.

La armadura retumbó al desplomarse, y su eco áspero arrastró un funesto augurio.

El soldado se quedó de pie, temblando, jadeando de forma pesada pero victorioso.

Sus miradas se cruzaron, y pudo ver el agotamiento y el alivio en los ojos del valiente campeón.

Pero el momento de triunfo fue efímero.

Dos destellos cruzaron el aire con la rapidez de un rayo.

Por un instante, no entendió lo que había pasado.

Luego vio las hachas de mano, clavadas hasta el fondo en el pecho del soldado.

Este bajó la vista, incapaz de dar crédito a la muerte que se le había incrustado en el cuerpo.

Un momento después, cayó de bruces, sin emitir un solo sonido.

Se volvieron con brusquedad hacia el origen de los proyectiles. Al fondo del pasillo, apenas visibles entre las sombras, tres brutos sacaban otras hachas de su cinto.

—¡Malditos cobardes! —rugió Daric, roto por la rabia.

Los asesinos se percataron de su presencia. Daric no esperó. Le agarró del brazo y lo empujó hacia el corredor opuesto.

—¡Vamos! —dijo, escupiendo las palabras—. ¡Muévete!

Corrieron. Atravesaron pasillos llenos de humo y sortearon a su paso escombros, cadáveres y sangre.

—Ese era Hecaril, un arconte del destacamento especial de Kida — dijo Daric mientras corrían, sin volverse.

—¿Un arconte?

—Un guerrero de artes ancestrales.

De pronto, las puertas de roble que conducían al salón se alzaron como centinelas vencidos.

—Nos superan demasiado en número. Me temo lo peor...

Empujaron al unísono, esperando encontrar el último reducto de resistencia.

Pero el salón estaba vacío. Las largas mesas habían sido volcadas; sillas rotas yacían esparcidas, restos mudos de una carnicería reciente.

Las estancias, antaño nobles, presentaban un aspecto desolador.

Estandartes rotos colgaban de las paredes, ondeando por la corriente de aire, y en el ambiente flotaba un olor denso a ceniza y tela quemada.

—No hay nadie... —dijo Daric con un gesto serio mientras escudriñaba cada rincón, en la tensa espera de que las sombras le respondieran.

Miró a su alrededor. El lugar no había sido escenario de una batalla, sino de una retirada. Una salida rápida... o una huida desesperada.

Daric se pasó una mano por el cabello, y una mancha negra quedó en la sien. Endurecido por la preocupación, se mostraba más envejecido que justo antes de entrar en el salón.

—Los túneles... —murmuró, más para sí que para él—. Si Kida ha evacuado, debió de hacerlo por los túneles secretos.

—¿Túneles secretos? —repitió, intrigado.

—Sí. La mayoría de las fortalezas en Dasteura fueron construidas sobre redes subterráneas.

Escapes ocultos, rutas de aprovisionamiento —respondió Daric, que se movía por la sala, palpando con dedos veloces el contorno de una pared ennegrecida—.

Kida conocía estos pasadizos. Si percibió que la situación era insostenible, habrá guiado a los suyos hacia uno de ellos.

Los nox la quieren viva, pero... Si descubren que ha escapado, no dudarán en reducir este castillo a cenizas.

Un nuevo estruendo hizo vibrar las columnas. Esta vez el temblor les recorrió las piernas con la violencia de la tierra al desatarse. Se tambaleó; Daric se sostuvo contra el muro.

—No queda tiempo —dijo el capitán—. Tenemos que encontrar una salida antes de que todo el lugar se venga abajo.

Abandonaron el salón y cruzaron de nuevo el pasillo principal, sorteando pilares caídos, braseros volcados y cuerpos inertes. El aire era cada vez más compacto y cálido, impregnado de un calor profundo que revelaba un incendio oculto en las entrañas del castillo.

—Si no me falla la memoria, una de las entradas debe de estar al final de ese corredor —dijo Daric mientras señalaba un pasaje a la derecha.