El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 1 Despierta
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Capítulo 1 Despierta

Renek…

…Renek…

RENEK.

La realidad se recompuso en fragmentos, como un espejo roto que vuelve a ensamblarse a regañadientes.

Primero vino el sonido: un retumbar lejano, grave, cual paso de un coloso invisible.

Luego la luz, tenue y polvorienta, que se filtraba por una estrecha abertura en la piedra, sin querer perturbar el sueño.

Al final, el tacto: la aspereza de la madera astillada bajo su espalda, el latido irregular de su propio pulso.

Abrió los ojos con lentitud, unos ojos ámbar intenso, y parpadeó varias veces, como quien regresa de un lugar muy lejano, de un sueño recóndito.

Largos mechones de cabello, de un castaño cálido, le caían a ambos lados de la cara de forma descuidada, dificultando en parte su visión.

Se los acomodó hacia atrás con ambas manos, con un movimiento lento, todavía somnoliento, y dejó al descubierto un rostro firme y pálido por la falta de sol.

Estruendos profundos quebraban el silencio a lo lejos, pero su mente estaba envuelta en una espesa niebla, incapaz de recordar cómo había llegado a ese lugar desconocido.

Se incorporó con dificultad, tambaleante, y se apoyó contra la pared de piedra, húmeda y fría, cuyo contacto le erizó la piel.

Le dolía la cabeza. Un vértigo súbito lo obligó a cerrar los ojos por un instante y llevó los dedos de la mano derecha a la nariz.

Se apretó el tabique en un intento de expulsar el mareo y eliminar el dolor.

El simple hecho de erguirse era una afrenta al mundo que despertaba a su alrededor.

La habitación en la que se encontraba era sobria y ajada, semejante a un recuerdo mal conservado: apenas unos muebles de madera, una mesa coja, un jergón con la paja asomando por los costados.

El aire olía a moho y piedra vieja, a abandono.

Arrugó el entrecejo mientras escarbaba entre pensamientos ausentes, buscando una imagen perdida, una palabra, cualquier indicio de sí mismo.

Nada. La memoria era un páramo helado.

Un nuevo estallido, más próximo, rasgó el aire. Esta vez lo reconoció: el estampido sordo de un cañón. Su corazón se aceleró. ¿Una batalla? El desconcierto dio paso a la inquietud, y la inquietud, a una forma primitiva de miedo.

Miró hacia abajo y se descubrió casi desnudo: tan solo una camisa de lino basto y unos calzones largos protegían su cuerpo del aire frío que se colaba por los resquicios de piedra.

La tela le rozaba la piel con aspereza. Vulnerable.

Eso era: una hoja al viento, desarmada. Se llevó una mano al cabello y sintió los mechones enredados entre los dedos. Tragó saliva.

«¿Dónde diablos estoy?»

El estruendo volvió, más cercano aún, e hizo temblar el suelo.

La realidad de su situación comenzó a calar hondo.

Se dirigió con cautela hacia la ventana, eludiendo los muebles, con la sensación de que en cualquier momento podrían despertarse y delatarlo.

Al asomarse, lo recibió un viento gélido.

Abrió los ojos de par en par. Ante él se extendía un paisaje que no reconocía: un patio de armas rodeado de altas murallas de piedra, más allá de las cuales se podían ver las copas de los árboles mecidas por el viento.

«Un castillo», pensó, sorprendido por la claridad repentina de la idea.

Fue entonces cuando la puerta se abrió con urgencia.

Un hombre irrumpió en la estancia, jadeante, con el rostro tenso y el uniforme manchado de hollín.

Giró sobre sí mismo con torpeza, preparado para defenderse, pero los ojos del recién llegado lo frenaron: había allí una mezcla de alivio y temor que desarmaba cualquier instinto de violencia.

—¡Estás despierto! —exclamó el hombre, con una esperanza desesperada—. ¡Gracias a los Cinco! ¿Ya te encuentras bien?

Era de complexión robusta, pelo canoso en las sienes y un bigote recortado y peinado a la perfección.

Vestía un uniforme, otrora impecable: una casaca blanca de cuello alto, ceñida al torso con una fila de botones rígidos que brillaban con el reflejo incierto de la luz.

Sobre el hombro derecho caía una capa marrón oscuro, sujeta por un broche dorado en forma de estrella.

El cinturón, ancho y de cuero trabajado, le ceñía la cintura con autoridad, rematado por una hebilla circular que ostentaba el mismo emblema.

De su cinto pendía una espada de hoja corta, con el cuero de la vaina gastado por años de servicio.

—¿Quién eres? —preguntó con voz rasposa.

—Soy el capitán Daric. Dormía aquí, en la misma cámara que tú, aunque rara vez coincidíamos por los turnos de guardia —explicó mientras cruzaba la habitación con paso decidido—.

No hay tiempo para explicaciones detalladas.

Las fuerzas nox han penetrado en el castillo.

Debemos movernos, tenemos que encontrar a Kida antes de que lo hagan los siniestros.

Parpadeó mientras intentaba procesar la información.

—¿Las fuerzas nox? ¿Y quién es Kida?

—Kida es la comandante desplegada en Castillo Bruma.

Bueno, no es comandante como tal, pero es la líder de esta misión —respondió Daric mientras se dirigía hacia un armario viejo en la esquina de la habitación—.

Nuestra misión —dijo, marcando con intención el pronombre y señalando a ambos— es protegerla. Pase lo que pase.

El capitán se dirigió al viejo armario en la esquina, lo abrió de un tirón y sacó un puñado de prendas: pantalones gruesos, una camisa y algunas protecciones de cuero oscuro. Se las lanzó sin más ceremonias.

—Vístete. Tenemos que llegar al salón y ayudar a Kida.

Atrapó la ropa al vuelo, los músculos de los antebrazos se tensaron bajo la piel clara, marcada aquí y allá por cicatrices finas. Permaneció quieto un instante, tragando con dificultad.

—No recuerdo... no recuerdo nada —confesó, las sílabas arrastradas.

Daric se detuvo y lo miró largo rato. Buscó en su expresión una grieta, una señal de burla o una mentira. Pero no halló nada salvo verdad desnuda.

—Ambos juramos proteger a Hiclaria y a la Unión a toda costa. Toca honrar ese juramento.

Negó con la cabeza, y una oleada de pánico lo sacudió al descubrir que su memoria estaba vacía.

—Tu reputación te precede —añadió el capitán—. No me extraña que te escogieran para protegerla. —Endureció su semblante—. Pero espabila. Todo eso se queda en nada si luego no eres capaz de dar la talla cuando se te necesita. Somos soldados. Nos entrenan para esto.

Una nueva sacudida estremeció la habitación. Las paredes gimieron y una cornisa cayó con estrépito en el pasillo. Ambos quedaron ensordecidos por el golpe. Daric soltó una maldición, con un gruñido reprimido entre dientes.

—No tenemos tiempo para esto ahora —dijo el capitán con firmeza—. Vístete y sígueme.

Se vistió con rapidez. La ropa le quedaba un tanto holgada y estaba fría. Al ceñirse las protecciones de cuero, sintió por un instante que algo en su cuerpo sí recordaba lo que su mente había olvidado.

—¿Con qué voy a luchar?

Daric chasqueó la lengua con fastidio y se inclinó junto al lecho. Sacó una espada corta de hoja limpia y equilibrada, escondida bajo el jergón.

Se la entregó con solemnidad.

—Toma. Espero que al menos te acuerdes de cómo usarla.

Abrió la puerta y se asomó al corredor.

—Sígueme.

Dobló los dedos, largos y de nudillos marcados, alrededor de la empuñadura. Su postura, erguida pero suelta, delataba un cuerpo acostumbrado a manejar peso y reaccionar sin aviso.

Salieron al pasillo, que estaba sumido en una penumbra inquietante.

Antorchas dispersas luchaban por mantener a raya la oscuridad.

El olor a humo se mezclaba con el de la piedra vieja.

Gritos y choques de metal contra metal resonaban por todo el castillo y generaban una cacofonía de guerra que aturdía los sentidos.

Tres soldados irrumpieron a toda velocidad por el corredor en dirección contraria, con uniformes similares al de Daric. El tejido estaba empapado de sudor, y sus rasgos contraídos por el esfuerzo y el miedo. Entre ellos destacaba un varón de porte firme, ojos acerados y mandíbula tensa.

—¡Los nox avanzan demasiado rápido! —gritó al pasar, sin detenerse—. ¡Daos prisa, no podremos resistir mucho más!

Su apremio fue una chispa encendida que impregnó el aire. Daric asintió con gravedad a la vez que observaba a los demás efectivos desaparecer tras la curva del pasillo.

—Ese era Egon Kallari —dijo con rapidez—. Ingeniero brillante y uno de nuestros mejores tiradores. Ha visto más batallas que todos nosotros juntos. Si él dice que la situación es crítica, debemos darnos prisa para encontrar a Kida.

Aceleraron el paso. A cada tramo, el eco del combate se hacía más próximo, y al tufo acre de la pólvora se le unía la peste áspera de sangre vertida.

Un alarido desgarrador, cercano, los hizo detenerse en seco.

Al doblar la esquina, se encontraron con una escena de pesadilla: un soldado yacía desplomado en el suelo de piedra, su cuerpo casi dividido en dos por una fuerza brutal que lo había partido de un solo golpe.

A su lado, dos hombres de talla descomunal y con la cabeza rapada, con brazos como troncos y la faz desencajada por una furia primitiva.

—¡Siniestros! —bramó Daric, que desenvainó la espada en un solo gesto—. ¡Prepárate!

No hubo tiempo para pensar. La espada ya estaba en su mano, llamada por un instinto más veloz que el pensamiento. Una extraña serenidad se apoderó de él, mientras los siniestros cargaban con las hachas en alto y la violencia de un incendio incontenible.

Daric se abalanzó sobre el primero con decisión. Su hoja describía arcos letales en el aire. Él, por su parte, esquivó el filo del otro casi por instinto.