El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1)
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Prólogo
Muy de mañana despierta a Eldava
El primer rayo de alba
Redoblan campanas por todo Illenard
Suena el río Veloagua
Sus ecos muchas veces son hierro
Otras veces dulces palabras
Y siempre será la llama de esta tierra su fricción
El alma de Eldava
—Acercaos, poned atención, pequeños. Suena hermoso, ¿verdad? El reposo de la ciudad, la armonía en el aire, las campanas del santuario... Pero no os equivoquéis: la calma cambia de tono como cambian las personas.
—¿Cambia de tono? —preguntó el pequeño rubito.
—Sí, mocosillo. Y mamá lo sabe bien. No siempre es la tierra quien decide cuándo el sosiego se quiebra. Se alimenta de buena fe, no vive en torres ni en palacios, pero es capaz de estar en todas partes a la vez... ¿Quién es capaz de hacer eso?
—¿Quién? —quiso saber la chiquilla pelirroja.
—¿Qué es? —continuó el hombre.
—¿Qué? —inquirió el mayor de los chavales.
—¿Cómo llegó hasta ahí?
—¿Cómo?
—Sshh. Dejádme terminar. Este ya no tan joven rimador os lo contará. Es una historia cruda y reciente, sobre virtud y vileza. Una desgracia en forma de hazaña, una tragedia hecha gesta.
—Vale, pero Dali, ¿hay bestias? —volvió a preguntar el mayor.
—¿Es que no te lo ha contado tu padre? —se extrañó—. Menudo parakon si no lo ha hecho...
El hombre se sentó con las piernas cruzadas, y la niñita de pelo bermejo corrió a acomodarse en su regazo.
—¡Venga, cuentanoslo, papá!
—Está bien... Esta historia habla de hombres, también de mujeres, y de un monstruo que todo lo devora...